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KING- KONG Y LOS NIÑOS DE HOY MELCHOR RODRÍGUEZ GARCÍA Los niños de hoy han sentido compasión por King- Kong cuando es ametrallado por los aviones. No han aplaudido, como aplaudimos nosotros, ese final del gorila gigante. Don Melchor Rodríguez García con una compañera y su hija, que resultaron heridas durante un bombardeo de la guerra civil, en la d r a m á t i c a noche del 14- VIII- 1937. L A represión freudiana del orangután King- Kong consecuencia de su condición de célibe al ser solitario superviviente antediluviano, pretende ser desviada por el hombre, en su propia defensa y beneficio, hacia esa forma de satisfacción oral que es el relamer y devorar doncellas en su más puro sentido gastronómico. Les hombres aplacan la furia del monstruo poniendo al alcance de sus dentelladas el pasto de candidas muchachas en flor Es esta una vieja argucia de una humanidad tan abundante en oferentes de víctimas carnales como en sacrificantes king- kones Pero le sirven un día a King- Kong harto de carnaza negra, a la joven blanca de los cabellos de oro y se enamora- -de otra forma no podría ser- -con el más platónico de los arrobamientos. La intención discriminatoria racial resulta tan estólida e inconsciente como la negrofagia que, cuarenta años después del estreno de la de la película, siguen padeciendo tantos norteamericanos. King- Kong es una máquina ideal para devorar negros y deificar blancos, creada por el subconsciente de un pueblo. Pero no es este el aspecto que nos interesa destacar de la reciente reposición televisiva de la película King- Kong sino el fenómeno evolutivo de la sensibilidad de los niños de hoy, contrastada con la de quienes fuimos niños y espectadores del filme cuando éste se estrenó en España. Porque los niños de hoy han sentido compasión por King- Kong sobre todo cuando es ametrallado per los aviones sobre la cúpula del rascacielos neoyorquino. ¡Pobrecito King- Kong ha sido rúbrica y expresión infantil oída en casi todos los hogares. Sí; los niños de hoy no han aplaudido, como aplaudimos nosotros, ese final del gorila gigante abatido en desigual batalla. Demasiados muros se han alzado, en poco más de un cuarto de siglo, entre aquellos niños que aplaudimos la muerte de KingKong y los que hoy la han compadecido: nuestra guerra civil y la segunda mundial; las gratuitas hecatombes- hecatombes ha dictado a la máquina mi subconsciente- -de Hiroshima y Nagasaki; el reinado poético de un Walt Disney que tan cerca debe estar de la diesfera de Dios Padre; la depreciación de la moneda venatoria y el mito de Caperueita la rebeldía, más que el empalago, contra el desarrollo de nuestra capacidad técnica y su apocalíptico poder de destrucción. No es válido del todo el argumento de que la naturaleza infantil posee su propio carácter en cada época para razonar el que los niños de hoy hayan hecho causa común en favor del humanitarismo antropoide de King- Kong y en contra de la bestialidad del hombre supertecnificado. Con relación a la precedente, cada vez existirá menos la generación en salto de rana, sino la generación áspid, que se revuelve desafiante, enfrentadora Y es que eso que llamamos rebeldía juvenil no es otra cosa que la savia de las secretas raíces vivificadoras de la Humanidad, más visible en tiempos de retoños. Según ese antiguo principio de filosofía de la historia llamado de las tres edades- -la divina, la heroica y la humana- -es posible que estemos dejando atrás una fase heroica y adentrándonos en una humana. Nos lo acaban de decir nuestros hijos al término del King- Kong servido por la televisión, en clara prueba de que son merecedores de un mundo mejor del que les estamos fabricando. José Luis ACQUARONI H A muerto don Melchor Rodríguez García, en un hospital del Estado; muchos de sus presos como él nos llamaba, nos enteramos de su fallecimiento después de haberse efectuado su entierro, por lo que no pudimos acompañarle a su última morada; pero todos hemos rezado por su alma, aun teniendo el convencimiento de que Dios lo tendrá a su lado, sobre todo por el gran amor que tuvo a su prójimo. Melchor, conocido en toda España por ser quien había terminado con las espantosas sacas de las cárceles rojas, hizo muchas más cosas por los presos en la guerra. No sólo no se repitieron aquellos amaneceres trágicos, en los que helados no sólo por el frío físico y falta de abrigo, sino por el temor a ser nombrados desde el siniestro rastrillo por el miliciano de turno- -anuncio de muerte en cualquier cuneta o descampado- -rogábamos egoístamente no ser los elegidos; sino que, además, nos devolvió nuestra condición humana, de la que en algunos momentos habíamos llegado a olvidarnos en aquel infierno que fueron bis cárceles rojas hasta la llegada de aquel hombre providencial. Las comunicaciones fueron restablecidas, ordinarias y extraordinarias, que él otorgaba con largueza. Volvieron los paquetes, tan necesarios tanto por la comida, que ya escaseaba, como por la ropa, que la mayoría teníamos en un estado lamentable. Más de una vez tiró personalmente las gavetas de algarrobas con carne por considerarlo alimento impropio para personas. Las enfermerías de las cárceles llegaron a tener los privilegies de cualquier hospital del Gobierno, etc. etc. En su despacho de la Dirección recibía a las familias de los presos procurando atenderles en sus peticiones. Sobre su sillín, en un marco sencillo destacaba una poesía suya sobre anarquismo, su amada utopía, que por la bondad de sentimientos que denotaba tranquilizaba e impresionaba favorablemente a los visitantes. Además, si alguien al ser puesto en libertad se dirigía a él en demanda de ayuda, le ayudaba hasta donde le era posible. Su actuación influyó en los que le siguieron en el cargo de tal modo que ya no volvieron los tiempos antiguos y los asesinatos terminaron, al menos en las cárceles dependientes de la Dirección de Prisiones. Y cuando, la guerra próxima a terminar, reinaban el desorden y el caos en las calles de Madrid, cuando las autoridades rojas lo dejaron a su suerte, fue Melchor, de acuerdo con miembros de la quinta columna, quien se hizo cargo de la situación, reponiendo a funcionarios y policías de derechas, a quienes llamó por la Radio. Una vez instaurado el orden sale al encuentro de las gloriosas tropas nacionales, quienes le piden que siga al frente del Ayuntamiento hasta que llegue la persona nombrada por el Caudillo. Esta es en síntesis la historia de un periodo de la vida de don Melchor Rodríguez García, nada menos que todo un hombre bueno. L. VERA SOLANO