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Noche de insomnio, el cielo amenaza tormenta, ¿cómo encontrar mañana una salida? Nos hacemos la ilusión de que esto es aventura, un presunto safari si ¡4 h (pmas. Amanece, por fin, y despejado. Un ruido como de trote: ¡El jabalí, el jafcalí! Uno echaba mano de un cuchillo; otro del hacha; todos del pánico. Tres segundos más, ya avanza hasta nosotros... un mozo montado en hermosa muía. ¿No han visto por aquí algunas vacas? Pues no, de vacas o cosa semejante no habías ni visto ni oído nada. El mozo, Cefsrino Valbuena, nacido y criado en Primajas, llevaba cabalgando lo transcurrido de mañana en busca de su vacada. Emprendemos la costosa subida no muy seguros de a dónde iríamos a parar. Huelga decir que no debe compararse una ascensión así con la última de Pérez de Tudela al Aconcagua. Para no alpinistas ha de reconocerse, sin embargo, que aquello resultaba muy penoso. Luego, bajar a la ribera del Esla, por el pueblín de Corniero y por Crímenes. Alguien cai gj contra el agobio de la subida, esta canción: Soy de Vegamián, -de la Villa más guapa. -Soy de Vegamián, -donde más corre el agua... Ya- -triste es discrepar de la copla- -no corra el agua en Vegamián; Vegamián es un guijarro más bajo el agua. Cierta vez, en vísperas del éxodo total y el desalojo, un nonagenario de aquel pueblo dijo a un reportero que él no creía fuese vsrdad la construcción del pantano. Que él, de ser eso cierto, marcharía a vivir a Pardomino. ¿Vivirá aún; dónde estará el anciano? Una más que rebatida tradición rezaba que la batalla de Lutos, ganada por Alfonso n el Casto- -finales del siglo VIH- -a las tropas de Hixén II, que volvían de razziar Asturias, se libró en la señalada Collada Muertos. El padre agustino Cafjl no García, autor de un sustancioso memorial de la comarca, argumenta sólidamente su mentís a esa leyenda. Es muy probable que en época romana los invasores beneficiaran en Pardomino algunos yacimientos de hierro. Todavía sigue un Camino de la herrería utilizado para el acarreo, al menos desde la Edad Media. Ordoño II concedió a muchas comunidades monásticas la posesión de fincas de labrantío y pastos, en Pardomino y terrenos aledaños. Proliferaron los monasterios, sobre todo a lo largo del siglo X. Alfonso IX mandó destruir un castillo que detentaba Alfonso v m de Castilla, alzado en la cota más elevada de Peñaramil. Los monjes de Sahagún y de Eslonza, propietarios de fundos en Cofiñal, Tronisco, etcétera, atravesaban los altos de Pardomino con dirección a un sanatorio sta blecido en Mampodre para uso particular. Las gentes de lugares próximos se ponían al amparo de estos monasterios, cuando las temidas incursiones de Almanzor. En el siglo XIII, un tal señor Gonzalo Fernández robó y atropello en las pertenencias de Pardomino. Se le hizo después restituir enteramente el botín obtenido. Es curioso: en los documentos que hacen inventario del saqueo, las cabezas de ganado y los aperos figuran citados antes que las personas raptadas o lesionadas. Por la misma época, el desplazamiento de los refugiados al Norte hacia tierras definitivamente conquistadas despuebla reservas como la de Pardomino. Se descuida el cultivo de sus antes feraces laderas. De aquella floración monacal se han perdido hasta las piedras. ¿Podrían unas concienzudas excavaciones poner reliquia al descubierto? Gonzalo GARCIVAL (Fotos de López Campos) estupendo fotógrafo; Miguel Ángel G. Fernández, Félix Pérez, A. Luis Rodríguez y el que relata- -emprendimos la excursión. Nuestros guías, dos hombres de la tierra, naturales de Boñar, hospitalarios y buenos cazadores: Paco 3 aray y Macario AIvarez del Río. Dejando a juestra izquierda el pantano del Porma nos adentramos en el valle. Dijeron, lo primero, que es cuestión de maña atrapar las truchas del riachuelo, escondidas bajo las piedras. Sobrepasamos un par de caserones, pajares o refugios, y ya empezamos a subir al valle San Pedro; desde su remate se domina todo el acceso a Pardomino. Allí, por cierto, se encuentran unas pocas piedras de lo que fuera atalaya, o el monasterio de aquella advocación. Sobre la roqueda que está atrás, de telón, evidencias de que habitan pájaros rapaces. 1 primer susto: una culebra se interpone en el camino; Luis intenta retratarla, sujetada con un palo, pero se escurre. Damos vista al embalse. En su centro, una teleta que, con mayor o menor fundamento, llaman isla de los faisanes Se hace inexcusable, para contemplar la legendaria Peña Susarón, descender hasta el agua. Paco Garay nos lleva, luego, al pueblo de Grandoso, a su bodega, El Trubonero que es cosa insólita. Está cavada en esa clase de arena silícea, blanca, empleada en la construcción, junto a una cantera de lo mismo. Como si la hubieran logrado con un molde, porque las paredes son muy mantecosas. Es una cripta de carácter pagano que haría las delicias de un goliardo. El vino se conserva de manera ideal, alojadas las botellas en hue- cos a su propio tamaño. Al atardecer, se nos hace tarde para retornar al monte. Así pues, plantamos nuestra tienda en un pinar de Adrados precioso observatorio de Boñar. Bancales y bancales con pinos recientes: El jeep va escalando con esfuerzo, hasta que no puede más. Un panorama impresionante orla los 360 grados. Al Norte, los picos del Mampodre, el macizo central de los Picos de Europa, sus estribaciones meridionales- -el Yordas, de Riaño, Picomoro y Peñacorada hacia Sabero- y el páramo extendiéndose por abajo. A sesenta kilómetros, y apenas si necesitamos de prismáticos gracias á la luz estival, notamos las agujas de la Pulchra Leonina Cresteando los collados, siempre con la alertada guía de Macarlo, tropezamos bandadas de codornices; deben de estar saboreando arándonos. Esto es Collada Muertos, eso Pico Mular, aquello Pico Piedras; abajo está Riolera, encuentro de dos aguas. Iniciada la tarde, el guía ha de desandar el camino, y seguimos los cinco, desafiando a la espesura y al temor de una desorientación. El descenso es interminable. Sólo sabemos que si se respeta el curso de lo que en la invernada será riachuelo daremos con el río capital. Lo primero, al tener el agua, y antes de bebería, es aliviarse los arañazos del acebo, todos los trazallos del ramaje. Buscamos un buen sitio para acampar la tienda, el camino y el río; el agua corre helada. Tenemos leña seca en abundancia. Los dos Luises caen en la corriente, y acuden, empapados, a la hoguera.