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quer? Vequer Becker Bécquer una voz que evoluciona. Pero es su quinto apellido. Se podría, en un esqueje de árbol, localizar de esta manera: LA CONQUISTA DE MADRID Martin Bécquer Mcncía Antcnlo Domínguez José Domínguez Insausti Mencía Antonio José Gustavo Adolfo (Guttavo Adolfo Domínguez Bastida Insaustl Vargas y Béequer) Úrsula Diez de Tejada Julián Dominguez María Insaustl Joaquina Bastida y Vargas Cierto: el apellido quinto. Y ¿le llamaríamos Domínguez? -Mira, es inútil. Tú nunca serás pintor... Triste, los brazos caídos, Gustavo Adolfo abandona el taller. ¿No se la ha tropezado? Casi inmediatamente, la madrina entra en el estudio. LAS POTENCIAS SOBRE SU CABEZA ¿Has oído? -No. -Se lo he dicho. Pero que muy claro. Ahora... Puede que llegue a ser un literato. ¡Qué locura! Su camino está en lo práctico. Yo sólo vivo para ayudarle. Es un chiquillo. Es eso, y no sabe lo que quiere. -Lo que quiere es Madrid. ¿Madrid? -Irse. El muchacho sueña con la poesía. ¿Ves? Ahí tienes lo que pintó: Ofelia. ¿Qué dices? -Ofelia. Un personaje de tu biblioteca. ¡Personaje! Ya será alguna... modistilla de barrio. -Oye: esa mujer... existe y no existe. Como que es la Poesía. Ya se lo he dicho: nunca serás un pintor. ¡Pero tampoco yo quiero que lo sea! Pintor, pintor... ¡Si yo lo quiero comerciante! A LA CONQUISTA DE MADRID -Toma. ¿Te habrás despedido? -No quiso ni verme. ¿La madrina? ¡Ni verme! r- ¡Vaya! Es quien te podía ayudar. Lo que es yo... En fin, aquí tienes; son todos mis posibles. colgar. -y otra vez con el ala i sus cristales, -jugando, llamarán. Otoño en Madrid. Sesenta pesetas se las llevó la diligencia: las casi cien leguas del viaje. T i e n e dieciocho años y dieciocho duros. Poco es el bolsillo. ¿El cofre? Un baúl de la madrina y unos peros en el baulito; recios peros olorosos de la sierra Alta, de Aracena. Ha renunciado al lienzo. ¿Pintar? Cuando haya de pintar, pintará en prosa. Se ha alojado en una fonda, a pensión, de la calle de Hortaleza; su dormitorio da al patio. Le cobran seis reales. Todo es plebeyamente pobre: catre, mesa, la jofaina de rameados lila, una silla, la palmatoria de hierro... Parte del día y las noches por entero callejea Madrid. Va de periódico en periódico; visita- ¿para que? -a los editores. Y en Madrid se triunfa. Es innegable: triunfan García Gutiérrez, Rivas, Zorrilla... Bueno es el mundo, bueno, bueno escribe- -y es lema del Canto a Teresa de Espronceda- -Miguel de los Santos Alvarez. Se hará familiar esta frase, indiscutido e s t e concepto: Hay dos escrito- res a quienes en la vida i ha oído hablar mal de nadi El uno, Bécquer; el otro i Miguel de los Santos Alv ¡rez. Claro está: Manzanares n es Betis. Tampoco es Bécqut el que fue; dista ya mucho aquel Bécquer de Sevilla, quien Julio Nombela viei así: Un muchacho seri ingenuo, soñador, romántico pero, sobre todo, sincero y a t i s t a... Aunque tampoc Bécquer se hallaba en su el mentó en su ciudad natal pe más que, afable y bondad so, aceptaba las chanzas c sus amigos, siempre de bue humor, como perfectos and. luces. Los dieciocho duros de s tío, ¡cuánto ha! se agotaroi Anda el poeta de pensión e pensión. Principia la caza c paisanos. Una noche duerrr en cama de piedra, bajo le falsos castaños del Prado. U día adolece. Gravemente. Ha sostente una tremenda lucha, ha resii tido casi dos años. Ha perd do la alegría. No ha aprend do ni a desesperar. El biógrz fo, ¿qué dice? Reacción como un sauce. Y ESTE ES UN CESANTE Ya en las últimas, intervienen los amigos. Ramón Rodríguez Correa le gestiona una plaza de temporero en la Dirección de Bienes: tres mil reales por unas horas de oficina. Y por qué se acuerda? ¿A qué se le ocurre, ahora? La e s c e n a es conocida. Era una mañana como todas las mañanas. Sus compañeros de oficina le rodean, silenciosos; de rato en rato, celebran uno de sus dibujos; a veces, le animan. Gustavo ha tomado un mazo de papel. En los crujientes pliegos, de oficio, va diseñando personajes de Shakespeare, sueños de adolescencia, mujeres de Romeo, de Ótelo, Macías, el Tetrarca: Julietas, Ofelias. De pronto, los compañeros se retiran. Ni se da cuenta; dibuja; siente, sí, que alguien, sobre au cabeza le sigue, mira; exclama: -Esta es Ofelia. Hay un s i l e n c i o dense Gustavo alza los ojos. Api ñas cree en la realidad; 1 está contemplando un ser ex traño, erguido, ostentoso; u desconocido que le toma tono de sus palabras y en u remedo, lentamente, sílaba silaba, decreta: -Y éste, un cesante. No se enfurece, el poeti El director, que le observa ba, y le cesaba, no le sobre coge más de lo inmediat Incluso, de poder alegrara Gustavo Adolfo se alegrarte Había aceptado un destín que no le era propio. Habí sometido sus horas, por sol delicadeza; por no atrevers a desencantar al amigo qu le procurara el empleo. Aque director general era un hom bre sin imaginación. ¡Tío! -Y a ser un hombre. No olvides la tierra. No te me pierdas... ¡Ay, siempre lo he dicho: literato! Eran treinta d u r o s y, el año, 1854. Gustavo saltó a la diligencia: a la conquista de Madrid. En adelante, aquella corta vida no conocería el reposo. Cada escrito- -se ha verificado- -representa Q una necesidad material o el pago de una receta. La conquista de Madrid! ¡Cruel íntima epopeya! Primero, una alcoba. ¿Dónde estarán, Guadalquivir de henchida vena, las aguas verdes, la r i b e r a en flor? ¿Dónde aquella casa de cal, apretada y limpia, calle Conde de Barajas, con el número 26? Al andar de los años, puede que en esa fachada resalte una lápida; sobre la clara piedra, un nombre. (Los muros se alhajaron de recuerdos. Vivía en la casa Antonio Fuentes y se le apodó el torero de las golondrinas por su amor, mucho, a la memoria del poeta de los balcones y las madreselvas) Volverán las oscuras golondrinas- -en tu balcón sus nidos a Volverán las tupidas madreselvas. Las palabras, al oído de la amada... Sueña, sí, un museo en la casa de- su niñez. Ya de catorce años, en Sevilla, se veía en bronce y piedra, como hecho para siempre. Dijo: -Soñaba que la ciudad que me vio nacer se enorgulleciese de mi nombre, añadiéndolo al brillante catálogo de sus ilustres h i j o s y cuando la muerte pusiera su término a mi existencia, me colocase, para dormir el sueño de oro de la inmortalidad, a la orilla del Betis, al que yo habría cantado en odas magnificas. Y en aquel mismo punto adonde iba tantas veces a oír el suave murmullo de sus ondas. Una piedra blanca, con uiía cruz y mi nombre, serían todo el monumento... Crecida el alma de ilusiones; la imaginación, poblada de fábulas del mundo clásico; Rioja, Herrera, sevillanos, hablándole de Betis, el majestuoso, río de las ninfas, las náyades y poetas, tranquilo al Océano, escapando de su ánfora de cristal coronada de espadañas y laureles. Bécquer niño, a la sombra de los álamos. Soñando. Pero... la vida no es una novela; no, mucho menos, una rima de nor La vida LOS PESARES Y LOS DÍAS Ofelia, suicida, le obsesiona. Es c o m o la dramática historia del cesante, pensativo de Ofelia. Tal Holderlin, o Charles- Louis Philippe- -se ha dicho- Bécquer vuelve el rostro sobre su vida íntima. Mientras, da a la otra, de hombre, sus trabajos de hombre. Se imagina el Chateaubriand de los templos de España. Y acepta unos reales, urgido a pintar anónimamente, negro de un pintor de paredes, el p a l a c i o de los marqueses de Remisa. No ve el mayor de sus pe ligros: el periodismo; no s previene; antes bien, acude la cita; se arroja, impávido al gran riesgo; insiste. Píen sa un monumento literario a espíritu cristiano: cada cate dral, c a d a monasterio, ui canto del poema. Y entretie ne la vida haciendo traduc ciones, artículos de agricultu ra, a diez reales columna. ¡Fatal sino! Le abre el pe riódico sus puertas, i se 1 (traga! ¿Habrá leído en la colecciones un artículo come