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M Madrid ha sido inaugurado un monumento ecuestre a Simón Bolívar. Ha transcurrido CPSÍ medio siglo desde la fecha en que el general Primo de Rivera, presidente del Gobierno, y el conde de Vallellano, a la sazón alcalde de la capital, presidian, en acto solemne, la colocación de la primera piedra de un monumento que había de erigirse al Libertador, por especial deseo del Rey Don Alfonso X m El proyecto no llegó a realizarse. Quedó en suspenso- -en primera piedra. -sin causa ni motivo especiales que justificasen el aplazamiento; se postergó, día tras día, por exigencias, sin duda, de otros acontecimientos más urgentes e ineludibles. Ahora, en el breve espacio de unos meses, tres efigies de Bolívar se hallarán emplazadas en lugares dispersos de la geografía española: Tenerife, Zaragoza y Madrid. El subteniente Simón Bolívar llegó a España, por primera vez, en la primavera de 1799. Era un criollo joven y rico. de modales aristocráticos y porte distinguido. Le trajo desde la otra orilla del Atlántico el vapor San Ildefonso incorporado a un convoy que mandaba el almirante Alcalá Galiano. Desembarcó en Santoña, pasó unos días en Bilbao y siguió viaje a Madrid, para instalarse en la calle de Jardines. Más tarde viviría también en las del Príncipe y Atocha. Venía a instruirse bajo la dirección del marqués de Uztaris, magnate americanoespañol, inteligente y audaz, muy bien acogido en los circuios políticos e intelectuales madrileños. En la casa de Uztaris- -número 8 de la calle de Atocha- -vivía Bolívar cuando conoció a su futura esposa, María Teresa Rodríguez del Toro y Alaysa, cuya muerte, en plena juventud, influyó decisivamente en muchos acontecimientos clave de la historia de Sudamérica: Si no hubiera enviudado- -dijo Bolívar en cierta ocasión- quizá mi vida hubiese sido otra; no sería el general Bolívar, ni el Libertador, aunque convengo en que mi genio no era para ser alcalde de San Mateo. El 26 de mayo de 1802 se celebró la ceremonia nupcial en la parroquia madrileña de San José, antigua iglesia de los Flamencos. Diecinueve años tenía Bolívar y veintiuno escasos su mujer cuando se unieron en matrimonio. Poco tiempo después partían para Venezuela, con el propósito de vivir privadamente en sus posesiones. La doble raíz española y criolla del joven oficial destacaba en toda su persona. Dotado de un genio vivaz, lleno de distinción y con una cultura básicamente adquirida en el estudio, poseía aptitudes verdaderamente extraordinarias. Muere Teresa poco tiempo después de su llegada a América, y este final súbito y doloroso, que cortó en flor la vida de su esposa, arrastró a Bolívar por arrebatados y turbulentos caminos. En su mente había prendido el noble afán de luchar por la independencia de su país. Sin la muerte de mi mujer- -insistió una vez más- -mi vida hubiera sido otra... No hubiese hecho mi segundo viaje a Europa y es de creer que en Caracas o en San Mateo no me habrían nacido las ideas que adquirí en mis viajes... Mi cabeza sólo estaba llena de los ensueños del más violento amor y no de ideas políticas... Atraído por el recuerdo de su esposa volvió a España, donde quiso rememorar la época de su feliz estancia en Madrid. Hablaba Bolívar tiernamente de la entrevista con su suegro, a quien sólo podía ofrecer ahora tristes y cordiales recuerdos de Teresa. Cercanos estaban aún los días en que visitaba a su prometida en el número 2 de la calle de Fuencarral. al otro lado de la Puerta del Sol airosamente embozado en la capa española o vistiendo el uniforme azul de subteniente... De Ma- MONUMENTO Á SIMÓN BOLÍVAR Estatua ecuestre del Libertador, obra del escultor t- aiz Campos. panoamericana. Alguna vez se ha dicho que la comprensión plena entre los hispanos se producirá cuando el subconsciente de cada americano sienta orgullo al estudiar las figuras de los conquistadores que dieron sus vidas a los nuevos países, infundiéndoles conciencia y destino nació nales, y el subconsciente de cada español estime como un héroe propio a cada uno de los emancipadores. Esta visión trascendente del problema hallará la fórmula para su encauzamiento definitivo y permanente. Francisco RODRÍGUEZ BATLLORI drid pasó a Francia, donde asistió a los actos celebrados con motivo de la coronación de Bonaparte. Este hecho le produjo un gran desencanto y perdió la devoción casi mística que Napoleón le inspiraba. Marchó a Italia, y al evocar las glorias de la República romana formó el propósito de fundar en su país una república independiente. En el Monte Aventino Juró dedicar todos sus esfuerzos a esta idea. El tiempo transcurrido desde entonces, permite f ff ar con sereno juicio unos acontecimientos históricos que encuentran la fórmula de su madurez en la afirmación de sentimientos de fraternidad his-