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crónica semanal de las letras CALDOS: L cincuentenario de su muerte encuentra a Caldos en la plenitud de su fama, tras los avatares sufridos a raíz de 1920. El hombre moría glorioso, nimbado en un aura multitudinaria, pero su obra quedaba casi ignorada por la generación entonces amaneciente. Contra lo que se ha dicho no le fueron hostiles los del 98; estuvieron a su lado cuando el estreno de Electra y en 1904 se le tomó como padrino de Alma Española la revista donde cuajó aquel grupo de escritores. derto es que tos modernistas te hablan poco menos que execrado, si tomamos como portavoz a uno de los poetas que forman el séquito de Max. Estrella en Luces de Bohemia ahí se le nombra Don Benito el Garbancero La retórica modernista- -no hablemos de su vacuidad conceptual- -era incompatible con el fuerte realismo galdosiano. En 1923 la Bevista de Occidente -por boca de un colaborador joven- -le dedicaba algunas fintas polémicas; no despertó la curiosidad de la generación de 1927 en su revista La Gaceta Literaria Luego precisaremos más fases de su fortuna postuma. Pero el hecho es que cuando murió Galdós- -el 4 de enero de 1920- con sus setenta y siete años- el abuelo -como se le llamaba, parecía literariamente más viejo y remoto de lo que era. Parecía un triste sobreviviente de si mismo. Por el hecho de haber reflejado con tanta fidelidad y hondura todo el siglo XX era fatal que los comienzos del XX te fueran adversos. Quedaba, en apariencia, indisolublemente atado a esa centuria, sin visible atadero con lo actual Los admiradores que se congregaron en su torno, después de 1920, aquellos amigos de Galdos aquellos castizos de capa, saineteros y costumbristas, poco le favorecieron, no le ganaron lectores. Me reveo- -colegial evadido de las clases- -una mañana inverniza, cuando se inauguró en el Paseo de Coches del Retiro la estatua sedente de Galdós por Victorio Macho. Lo emocionante allí no era la ingenua pompa municipal, ni los discursos de circunstancias, sino contemplar el doble vivo de la estatua, el maestro sentado en un sillón, con las piernas envueltas en una manta. Otra imagen en mis recuerdos infantiles se sitúa en el teatro Lara, durante una de las representaciones de Sor Simona era emocionante ver aparecer a Galdós, alto, imponente en su ceguera, apoyado en los brazos de los actores. Los tres o cuatro libros que en la década del XX se publicaron sobre Galdós no contribuyeron a aproximárnoslo. P e r t e necían a esa especie de critica ritualmente apologética que no contribuye a abrir perspectivas sobre un autor o bien se limitaban a contar el argumento de las obras galdosianas, según sucede en los libros de Gutiérrez Gamero. En el cortejo de sus admiradores apenas podían adosarse más VICISITUDES DE SU FAMA E que dos nombres: Gregorio Mar anón y Ramón Pérez de Ayala. Del último siempre recordaremos esta frase que no tiene nada de excesiva y hace plenamente diana: Cervantes y Galdós son como dos altas montañas, fronteras y mellizas, separadas por un hueco de tres siglos. Entre los comentarios inmediatos a la muerte de Gados son memorables cuatro artículos de Unamuno. No es que constitu- yeran propiamente un ataque o una desvalorización, pero se cometía en ellos el error de confundir a Galdós con su época, con los años de la Restauración y la Regencia, época de una pobreza intelectual y moral que pone espanto Sin duda, pero con tan menguados elementos acertó Galdós a levantar una arquitectura genial. La vuelta a Galdós tarda en producirse. En otro lugar (un capítulo de Del 98 al Barroco he analizado sus fases. En una revista del malhadado 1936 se advierten los primeros síntomas del retorno. Cierto es que entonces, bajo la influencia del clima bélico, la atención se fijaba preferentemente en las páginas de algunos Episodios nacionales Sólo a partir de 1943 y de la relectura a que gustosamente obligó el centenario de su nacimiento es cuando se le comienza a ser leído y estudiado a fondo por las nuevas generaciones y aparecen algunos libros importantes. Abre la marcha Ángel del Rio, se continúa Joaquín Casalduel y culmina con Ricardo Gullón; su libro se llama sin inexactitud Galdós, novelista moderno Aparte otros numerosos estudios sueltos un factor de que no puede menospreciarse, y contribuyó a la expansión de sus libros, fue la reedición con nuevas vestiduras más sugestivas. Hay que anotar asimismo la aparición de 3 a primera biografía completa sobre Galdós, debida a un jprofesor norteamericano, H. Chonon Berkowitz, titulada Ttoe s p a n l s h liberal crusader No es perfecta, pero carece de equivalentes en español. Otras aportaciones debidas a hispanistas extranjeros son las de Pattison y Eoff. Con todos los libros mencionados se inaugura una nueva estimativa de las novelas galdosianas. Quedan en segundo plano aquellas TR -m rtas de tesis o que el autor designó como de la primera época y pasa a primer término todo el dele de las novelas contemporáneas a partir de La desheredada es decir, los libros que van desde liSSl hasta 1895. Una veintena de novelas- -algunas en varios tomos- -donde figuran sus obras maestras, las más perdurables, como Fortunata y Jacinta Ángel Guerra Los Torquemada Misericordia Galdós está hoy vivo. No se trata ahora, de (postular ninguna vuelta, de estimular lo mimético, sino simplemente de tomarle como un ejemplo de creador, ya que no pueda dictar normas, pues los modos narrativos han variado sustancialmente. Al margen de consagraciones suecas (sería triste contar ¡por lo menudo la lamentable ¡historia del frustrado Premio Nobel) Galdós es el novelista español de máxima dimensión internacional, el único cuyo mundo imaginativo puede equipararse con los de otros grandes maestros del siglo XtX, Balzac y Dickens, Dostoievski y Tolstoi. El ejemplo que en último caso pudiera derivarse de la vida, la obra y la acción de Galdós sería de otra naturaleza: residiría en su liberalismo inclaudieable. He ahí, por cierto, no un mito ni un retroceso, sino una meta siempre actual todavía en algunos países. No es que la historia se repita; es que hay ciertas historias ue no han acabado. Guillermo DE TORRE Benito Pérez Galdós