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A LAS 5 DE LA TARDE encontraba en la casa paterna fuera utilizada por mí, en su dia, sin fines lucrativos ni de propaganda. Fiel a este ruego paterno he guardado silencio a partir de la fecha de su muerte. Y si lo rompo hoy, bien a pesar mío, es, como indiqué al principio, por deber profesional. La verdad es Inmutable para un periodista y se han dicho y hecho en estas fechas del cincuentenario cosas contrarias a las manifestaciones verbales y escritas de mi padre. No voy a reproducir el articulo apar e c i d o en ABC el dia 15 de m a y o de 1955. Existe un archivo, además de los ejemplares que yo poseo que pueden atestiguar que, cuanto afirmé en él, coincide totalmente con los textos que he seleccionado en fotocopia y que son de puño y letra de mi padre. Joselito no llamó a Mascarell. José Gómez Ortega profirió una frase por el callejón, camino de la enfermería: ¡Ay Blanquito me ha echao las tripas fuera! En la enfermería, m e d i ó arrumbado por el colapso y el dolor, sólo musitó sin fuerzas: ¡Dejadme! Mi padre no estaba de guardia en la enfermería, sino que fue avisado con urgencia, llegando en el momento en que un médico no talaverano, ni de la terna de los que componían le guardia, sino espectador y, según creo, amigo de Joselitc pronunciaba la famosa f r a s e que ha corrido, tergiversado, por numerosas publicaciones. ¡Qué llamen a Mascarell, para que practique una laparotomía! Cuando esto sucedía, el forense, familiarizado con los rostros de la muerte y la agonía y que a la cabacera del herido le examinaba, dijo: tristemente -Es inútil, vean ustedes el estado general. Joselito estaba muerto. La tragedia había terminado- -escribe este testigo de excepción- duró el acto treinta y cinco minutos. Que Dios comprenda mi duda antes de publicar estos documentos y textos manuscritos. La lucha entablada entre mi afecto filial a un padre cuyo recuerdo venero y mi deber profesional, ha inclinado la balanza hacia este lado. Como corolario sólo me resta lamentar públicamente el hecho de que sin mi consentimiento ni permiso, la mesa de operaciones donde murió; Joselito se haya convertido en vitrina pública en estas fechas del cincuentenario, esperando que vuelva donde la tuvo mi padre y a mí me la otorgó en propiedad, a su casa, a su rincón Ignorado, de donde nunca debió salir. Quedan en depósito y bajo mi custodia una serie de textos sobre hechos y sucesos allí ocurridos. Por eso pido sinceramente a cuantos intenten hacer refritos en materia tan grave como la que hoy me veo obligada a abordar que el temario está agotado por la voluntad expresa del hombre que abrió el vientre de Joselito muerto para informar al mundo entero, y en especial al médico, de que su muerte era inevitable. Desde aquí, sencillamente, doy mi adiós a un torero, a un hombre muerto hace cincuenta años. Y pido a mi padre amparo desde su eterno reposo por haber escrito una vez más sobre un asunto que él consideraba vedado por una cristiana razón: Joselito estaba muerto. Y ahora mi padre también. Paz a los dos. María FERNANDEZ- SANGUINO Y MORALES y T ¿i S J -Á- ¿W td -fe