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Bajo la piel de Tonuca Amparo Pamplona acaba de revelarse como una gran actriz. El tiempo la consagrará pero, sigamos: en el centro de la escena hay una luz sobre la cama. En los cinematógrafos de Francia se estrena con gran éxito Orfeo de Jean Cocteau; William Faulkner recibe el premio Nobel de Literatura, y como en aquel año de 1949 los chinos comunistas acaban de tomar Pekín, Chiang- Kai- Chek ha de retirarse con sus fuerzas a Formosa en diciembre. Truman anuncia que la U. R. S. S. acaba de hacer explotar su primera bomba atómica; se crea el OTAN y la República Federal Alemana, y nace en el barrio de Chamberí una chiquilla, única mujer de tres hermanos, a quien bautizan con el nombre de Amparo. Hereda el patronímico de Pamplona y, andando el tiempo, veinte años más, pondría sus ciento sesenta y ocho centímetros de estatura sobre las tablas del teatro Bellas Artes de Madrid para encarnar el papel de protagonista femenino de la obra de Torcuato Luca de Tena Hay una luz sobre la cama Amparo, que tiene los ojos castaño oscuro como el nogal, comienza el bachillerato en el Instituto Lope de Vega, y por aquello de que su padre, Clemente Pamplona, se atreve a dirigir algunas películas, Amparo hace algún papel Claro que por entonces ni siquiera pensaba en ser actriz. Aunque no traga la Historia termina cuarto y reválida y anun- Veinte años, uno sesenta y ocho de estatura, ojos castaño oscuro oomo el nogal: he aquí la juventud de Amparo Pamplona, actriz por devoción y vocación, en el marco del Retiro madrileño, en un descanso de su paseo o solícita ante la avería de su ooche. Amparo Pamplona es la más joven primera aotriz que pisa las tablas de un teatro madrileño. Obtuvo el premio Lucrecia Arana 1967 de interpretación y hace meses se casó con Alberto Gozalves (a la derecha) L teatro, entre bastidores, hay que observarlo en zapatillas, con la palabra en las manos y la retina despierta. Á mí me admira la paciencia de esos objetos rebuscados, esos silencios sin cabeza, el trallazo sorpresivo de los timbres, la muerte temprana de los cigarros que nacen ya colillas, la modestia de esas gentes ignoradas que figuran siempre en un reparto tan secreto como eficaz. Es un ser sin estar, un mundo de ciegos habilidosamente despiertos, donde ni siquiera pervive la voz lejana del traspunte. Más allá de los bastidores, más acá del público, asoma la encarnación del cerebro, portavoz, presencia física y gesto, que luego serán objeto del plebiscito final. Sigamos una escena en el teatro Bellas Artes: las paredes, como el rostro de las viudas recientes, están cubiertas de gasa negra. Los altavoces gritan la partitura de Cristóbal Halffter, mientras una luz espectral cae sobre ese coro de recuerdos que el autor ha puesto en pie. ¿Quién dijo que el teatro no era a veces un perfecto espectáculo de luz y sonido? Ahora el eco: ¡No puedo recordar su cara! ¡no puedo recordar su cara! ¡no puedo r e c o r d a r su cara! Luego Jaime, después Orozco, al fin la voz de Tonuca, despectiva, firme, muy segura: j Los únicos que ponen pisos a las chicas de Madrid son los señores de Bilbao o de Murcia! A una amiga mía la ha retirado un murciano 42 E