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DON MIGUEL DE UNAMUNO Y LOS GITANOS UDO mucho que nuestro genial Unamuno haya sido capaz de hacer las declaraciones que el académico francés Jerónimo Tharaud le atribuye en su libro titulado La cruelle Espagns Realmente, no me lo explico. Dichas declaraciones están hechas en el mes de diciembre de 1936, pocos días antes de su fallecimiento en Salamanca. En una especie de interrogatorio, el señor Tharaud se dirige a don Miguel preguntándole: -En este furor sanguíneo que arrastra tan extremadamente a España, ¿no hay algo de todo lo que pueda quedar en ella de árabe o de beréber? -Es posible- -contesta TJnamuno- pero otra sangre corre también en nuestras venas, be ésta no se habla nunca. Pero para mi tiene una gran importancia en la formación- de nuestra raza y de nuestra mentalidad; es la sangre de los gitanos, esa población errante de herreros, paragüeros, mercaderes de caballos, cesteros y adivinadoras Que se encuentra por todas partes en nuestro país, incluso en el pueblo más pequeño. Estos gitanos tienen instintos primitivos, inhumanos, antisociales, y e s t o y pensando que es por ellos, sobre todo, por los que una herencia cruel se ha introducido en nosotros. Repito que es realmente inexplicable cómo nuestro genial escritor pudo incurrir en tan lamentable error. 31 la raza gitana se conserva tan pura, tan inconfundible, es debido precisamente a que no se mezcla con ninguna otra, ni aquí ni en ningún país. La característica más acusada de la raza gitana es su indiferencia y desdén por cualquiera otra que no sea la suya. Es posible que corra por nuestras venas una gran mescolanza de sangres: mora, judia, romana, etc. pero de lo que estoy seguro es que de sangre gitana no tenesmos ni una gota. Desde luego que no se me oculta que existen rarísimos casos llamados cuchichis, o sean citanos unidos- a payos, como, por ejemplo, la familia de la señora Gabriela, madre de los famosos Joselíto y Rafael El Gallo unida a un payo; pero son casos tan raros, que no cuentan para nada. Es una raza única, y esta convicción me trae el recuerdo de un episodio que, por coincidir con mi criterio, voy a referir: caminando por una carretera de Castilla, me quedé sin gasolina y acerté a detenerme delante de un cuartelillo de la Guardia Civil. El sargento, hombre afable y simpático, solucionó el caso enviando en seguida a un muchacho con un bidón a una gasolinera cercana y entretanto nos pusimos a charlar. La simpatía que me produjo creció, dada mi vanidad, al fijarme que en la pared de su modesto despacho tenía colgado, entre otras fotos de sus familiares, un cuadro con la reproducción de un fragmento de mi Retablo del mar Acuciado por la curiosidad y confiando desvirtuase una, para mí, falsa leyenda, me atreví a preguntarle: ¿Cómo es posible que dentro del Cuerpo de la Guardia Civil, donde seguramente habrá muchos de apariencia tan sencillos y humanos orno usted, sientan esa inquina contra los pobres gitanos? Oír estas palabras y demudársele el rostro fue instantáneo. -Mire usted- -me dijo temblándole la mandíbula inferior- fuese usted en esta carretera que no se Je ve el fin; pues en D cuanto allá lejos, en el horizonte, aparece una manchita me digo: Ese agitanea y no me equivoco nunca, porque no hay ser humano que se parezca a un gitano más que otro gitano. ¡Hasta el borrico que llevan coge su aire y, la verdad, en cuanto llega a mi lado tengo que reprimirme para dejarle pasar de largo, porque si no la hizo entonces, la hará, téngalo usted por seguro. Se me vino entonces al recuerdo una copla que escuché a un gitano de CSiiclana en la famosa venta de Vargas, camino de Cádiz: ¿Qué pensará aquel civil, que está mirando al borrico y aiuego me mira a mí? Dejando aparte este manifiesto error de la consanguinidad, ¿por qué Unamuno les cuelga a tos pobres gitanos ese sambenito de sus instintos inhumanos y crueles? No pretendo erigirme en defensor de la gitanería andante, pero no es justo cargarles con más defectos de los que, por desgracia, padecen. Ni decir que son crueles y sanguinarios. ¿Cuándo se na visto que ningún gitano haya sMo capaz del secuestro de un niño ni de otros crímenes abominables que cometen diariamente los payos en los pueblos más civilizados? Los gitanos dirimen entre ellos sus contiendas a tiros y a puñaladas, cara a cara, por celos, venganzas, riñendo o borrachos, pero nunca con premeditación ni por lucro. Debido al trato y constante convivencia con ellos, soy la primera victima de sus mentiras, viéndome obligado a recurrir a mil argucias para defenderme de sus trucos y falsedades. Ante el temor de que me falten dejándome la obra sin terminar, apelo al viejo truco de entregarles la mitad de un billete, ofreciéndoles de regalo la otra mitad al rematar la obra. Pues ayer mismo vino una gitana muy agraciada que encontré en el Pozo del Tío Raumundo diciéndome: -Mire usted, San Sebastián, vengo de parte de mi marío para venderle en veinte duros la mitad del billete que usted me ha dado. Es el caso que se ha enterao que me quiere usté escultura con los brazos desnúos y me ha pegao una paliza dejándome amoratao too el cuerpo. Y la verdá es que llevo ya echaos cuatro crios al mundo y ésta es la fecha que el pobrecico no me ha visto en carnes entoavía por falta de espacio. En cuanto a su humanidad, lamento no poder referir varios casos. Lo haré en el próximo articulo, limitándome hoy a transcribir la patética y emocionante escena que mi querido amigo Alvaro Domecq presenció en la romería del Bocio. En una tarde de septiembre pasado, a la salida de una de las corridas de la Vendimia, tuve ocasión de escuchar el relato en los jardines de su lujosa mansión jerezana, en torno a una mesa colmada de exquisitas viandas y en compañía de amigos y aficionados de toda España. Fue entonces cuando, dirigiéndose a mí, me dijo: -Parece mentira; tantos años anteándote para que vengas a la romería del Ro- cío, y tú, sin hacerme caso. ¡Menúa harta de gitanos te ibas a dar! -Bien lo siento, querido Alvaro -le dije- pero el peso de mis años me obliga a renunciar a tantas cosas de tan gran interés para mí. Pero me han dicho que famosa romería dura varios días de jaleo y copeo y, la verdad que ya no estoy para esos trotes. -Pues mira- -continuó Alvaro- la última vez que estuve me acordé mucho de ti. Era un sábado anterior a Pentecostés y entré en la pequeña ermita a saludar a la Blanca Paloma, Patrona de las Marismas. Fui poco a poco abriéndome paso a través de una hacinada muchedumbre de enfervorizados rocíeros de toda esta maravillosa Andalucía. Contenué avanzando, pese a las dificultades, para poder contemplar a mi sabor la diversidad de tipos ausentes de todo lo que les rodeaba y entregados totalmente a sus ruegos y oraciones a la Virgen. En esto oí a mi lado como un murmullo. Volví la cabeza y me encuentro cor. un grupo de gitanos arrodillados, padre e hija, que no intento describirte, porque era menester que los vieses. Tendría la gitaiülla como unos doce años. El fervor de aquel hombre chicoleando a la Virgen por lo bajo, con palabras apenas audibles; la niña, de enfermizo aspecto, adherida a su padre, vuelta su cabecita, bajo cuyas greñas dos enormes ojos febriles se movían en torno suyo llenos de pavor, y en tanto el padre continuaba susurrando: ¡Qué bonita eres! ¡Viva la B l a n c a Paloma! Dime, ¿me la vas a curar? ¡Ole, qué bonita eres! ¿Me la vas a poner buena? Es mi vida, es mi ilusión... ¡Qué bonita eres! Después de un prolongado silencio, con voz más emocionada y temblorosa, dijo: Si no puedes curármela, llévatela, que quizá contigo estará mejor. Blanca Paloma... ¡Qué bonita eres! Sebastián MIRANDA (ilustración de Antonio Casero.