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LA PRINCESA DOÑA SOFÍA Y O hay asistente habitual a los conciertos madrileños que desconozca el entusiasmo, el fervor, la constancia y la ejemplar actitud que, por puntualidad y capacidad permanente de atención al arte y los artistas, observa S. A. R. la Princesa Doña Sofía. Todos hemos podido verla desde hace años en el Palacio de la Música, el Monumental Cinema, el salón de actos del Ministerio de Información y Turismo, el del Instituto dé Previsión, el teatro de la Zarzuela, el Real, ahora centro de nuestra vida sinfónica. También fuera de Madrid, en la Decena, de Toledo; el Palau barcelonés; el flamante Auditorium. de Palma... Por su talante y sensibilidad filarmónica, su puntualidad y silencio, su contagiosa forma de aplaudir y el gesto delicadísimo de saludar a los artistas después del concierto, en los camarines, Doña Sofía preside- -no sólo por la jerarquía de su rango, sino por la espiritual de su devoción- -las cada vez más nutridas filas de melómanos. Sé bien de la gratitud, el respeto y la simpatía que de los músicos merece, y me consta cómo, con qué gentilísima sencillez, recibió a la centuria de profesores de la Orquesta Nacional cuando, hace años, actuaron en Grecia, su país natal. N El critico se honra con esta visita a la Princesa y le agradece la forma de someterse a la tiranía del interrogatorio. Ante las palabras de disculpa. Doña Sofía le hizo destinatario de su comprensión cordial y sonriente, al tiempo que planteaba una reserva: -Pero, ¿usted sabe que yo no soy sino ana aficionada, eso sí, muy aficionada, si bien con base que cada vez me parece más corta? Es en ese aspecto, justamente, como deseo entrevistar a la Princesa para los lectores de A B C. Se lo digo, y formulo mi primera pregunta: ¿Cómo nació su afición? -Por tradición familiar, desde muy niña. Mi padre tocaba el piano. Tenía la misma profesora que después formó a mi hermana Irene y me dio a mí algunas lecciones: Gina Bacbauer. Porque yo las recibí, hasta que por el matrimonio abandoné los estudios. De entonces viene el afianzamiento de mi afición. De entonces y de la etapa en Alemania, en la que formé parte de un coro... Los conciertos son para mí la más bella experiencia y constituyen el mejor regalo espiritual DESEARÍA QUE SE FOMENTASE LA BUENA MÚSICA EN LAS IGLESIAS Y EN LAS ESCUELAS UNA EJEMPLAR AFICIONADA, INCANSABLE A LAS MANIFESTACIONES ARTÍSTICAS DE MAS RELIEVE -Sí; cantaba en él como contralto; en la escuela de Salem, de Bondesee, en donde estuve desde 1951 a 1955. Recuerdo bien nuestras actuaciones en El Mesías de Haendel; en el Réquiem de Mozart; en obras de Telemann y de Bach... ¡Qué música maravillosa! Pero todo aquello está lejano. Sirvió, en todo caso, para que ahora disfrute más como oyente. Mi hermana, en cambio, ha trabajado más y más cada vez, y como sabe, ha realizado ya su presentación profesional en cinco conciertos por América, en los que tocó los para dos pianos de Bach y Mozart, con Gina Bachauer, su profesora, de compañera, y en el London Festival Hall. ¿Cómo juzgaría a la Princesa Irene, pianista?