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EDITADO PRENSA M A D POR ESPAÑOLA, R I D REDA CC I 0 N, ADMINISTRACIÓN Y TAL L E RES: SERRANO, 61- MADRID SOCIEDAD ANÓNIMA FUNDADO EN 1906 POR DON TORCtMTO LUCA DE TENA H E aquí dos conceptos m u y e m p a r e ntados, pero que se prestan a confusiones. A aclararlas se endereza este artículo. El animal no vive como un vegetal, confinado a un trozo de tierra o de agua y nutriéndose de él, sino dotado de una facultad locomotriz o ambulatoria que se desarrolla en los animales superiores por su aparato muscular, estimulada por el sistema nervioso. Ahora bien, esta locomoción supone una sensibilidad y hasta una doble sensibilidad del movimiento muscular ante todo, y de su objetivo después. De hecho los animales patentizan tener esta sensibilidad y el hombre es plenamente consciente de ella. Con ello aparece ya el dualismo de lo vital y lo psicológico. Considerémosle ante todo en el orden de la locomoción. Su aspecto vital radica en la contigüidad anatómica del aparato nervioso con el muscular. Cuando falta esta contigüidad se da la parálisis o inmovilidad del aparato muscular, parálisis hemipléjica de la mitad del cuerpo, con cruzamiento, o sea, de lado inverso al de la lesión nerviosa o cerebral. El aspecto consciente de la locomoción estriba en la sensibilidad llamada anestésica, y ella estática o de la postura del órgano locomotor, o dinámica de su moción, caracterizada por su dirección, su dimensión, su rapidez y su energía. A ello se agrega la confianza en la posibilidad de realizar tal movimiento. Ahora bien, este movimiento se realiza, precisamente, conforme a su idea preconcebida y la confianza que la anima: la eficacia de esta confianza es tan patente que sin ella se dan las parálisis llamadas funcionales, pese a la integridad anatómica del sistema neuromuscular. La conciencia de su utilización condiciona el movimiento. Pero esa conciencia puede ser denominada todavía una conciencia vital y no psicológica, porque todo lo psicológico es consciente, pero nó todo l consciente es psicológico. La psicología supone una reflexión sobre la conciencia propia (o sobre la ajena) que registra pero no comporta la creencia en su eficacia. El psicólogo se inhibe de profesarla, ni la afirma ni la niega, ni siquiera duda de ella; se limita a constatarla como un hecho de conciencia, a lo sumo correlativo con el hecho de la locomoción, pero sin sentirla como eficaz, como la siente el hombre cuando no hace psicología: ve moverse su brazo por fuera y lo siente moverse por dentro. Cabe inducir a alguien a adquirir la confianza en el llamado poder dinamógeno de las ideas de una forma aún carente de ella, pero esta psicotecnia no es tampoco psicología. Además de la motricidad se da la conciencia de la objetividad a que esta motricidad se dirige y la psicología a ella consiguiente. Durante mucho tiempo la psicología ha venido reducida a caracterizar la conciencia como un tejido- de hechos o contenidos de conciencia- -sensaciones, imá LO VITAL Y LO PSICOLÓGICO genes y sentimientos- -asociados entre sí con vínculos de semejanza o de coexistencia y sucesión. Pero la fenomenología ha venido a mostrar la deficiencia de esta descripción, registrando en la conciencia el triple aspecto de su subjetividad, su actividad y su objetividad: es siempre un alguien que tiene conciencia de algo. Pero en orden a la objetividad es de señalar el carácter puramente inmanente o trascendente de ella. Cuando yo digo tengo frío o me duele la cabeza afirmo un hecho como puramente inmanente a mi conciencia y del cual soy yo el único testigo posible. Pero si yo afirmo que hace frío, o que el dolor de cabeza se cura con una aspirina, mi afirmación tiene ya un carácter trascendente supongo que se da una realidad más allá de mi conciencia y que yo registro en ella: tengo la convicción de esa realidad, creo en ella. Nuestros juicios son, en general, afirmativos o negativos de una realidad ulterior a nuestra conciencia. Esta realidad es, ante todo, el mundo físico, que afirman como un hecho regido por leyes que formulan la ciencia física, la química, la biológica y la astronómica. Es asimismo el mundo social, o sea, el de la corporeidad ajena que interpretamos como animada de una conciencia 6 emejante a la propia, a través de la conducta y del lenguaje en que se menifiesta; aquí se dan ya dos grados de trascendental: el de estos movimientos corporales de conducta y de lenguaje, y el de la conciencia que reflejan. Cuando significamos este doble mundo como real empleamos el verbo ser; esto es así para designar su esencia, y el verbo existir para significar su existencia: existe el Sol y en su torno gira la Tierra. Pero aquí empiezan ya a complicarse las cosas. Porque en el ejemplo anterior, la Tierra no aparece girando alrededor del Sol, sino al revés, el Sol girando alrededor de la Tierra. Este contraste del ser con el parecer nos hace pensar en la posibilidad de una ilusión, o sea, una apariencia engañosa. Pero cabe también PATRONES FRANCESES E ITALIANOS GELTRA emplear el verbo parecer incluso en orden a la apariencia de una realidad auténtica: me parece que ha caído un rayo, me parece que está tronando; me parece que cuando truena es porque ha caído antes un rayo. Todas las convicciones humanas se nos dan así como pare- ceres entre hechos o relaciones entre hechos, y pareceres que no se contraponen a los seres, sino que reflejan su aspecto inmanente a nuestra conciencia, así como los seres reflejan el aspecto trascendente. Al decir yo que dos y dos son cuatro significo algo trascendente a mi conciencia, que no se desmiente con decir me parece que dos y dos son cuatro Es verdad que el verbo parecer se emplea también en sentido de probabilidad- me parece que va a llover esta tarde pero tampoco excluye la certeza: me parece que está lloviendo, podemos decir ante la lluvia que vemos caer. Ahora bien, aquí radica el gran contraste de la conciencia vital y la conciencia psicológica; es un contraste de actitud. La conciencia vital es la del hombre que se entrega, digamos así, a la trascendencia de su afirmación: la hace con certeza de su verdad, que cree motivada por la evidencia de esta verdad. Pero el psicólogo se abstiene de profesar esta trascendencia: ni la afirma ni la niega, ni siquiera duda de ella; se inhibe de profesarla y se limita a considerarla como un hecho de conciencia, explicable ya que no justificable por óteos hechos que pudieran no constituir una auténtica comprobación de aquél; en cuyo caso la psicología induciría a una duda al que adoptara una actitud vital, o sea, convencida de la verdad por su supuesta evidencia. He aquí el gran contraste entre lo vital y lo psicológico, sobre todo de una psicología puramente asociacionista, dentro de la propia conciencia. La apelación a la subconsciencia y a la psicofisiología para la explicación de las convicciones infundadas, constituye el mentís de la psicología para la conciencia vitaL. Esta pretende justificarse por la lóeica y la razón cuando éstas funcionan con una plena evidencia, que da lugar a una certeza absoluta (tal es el caso de las afirmaciones matemáticas) pero no cuando esta evidencia es más o menos deficiente, e integrada de factores psicológicos o alógicos, abocada, a lo sumo, a una certeza moral o de una simple probabilidad, significada por la palabra creencia. Fácil es advertir la importancia de los problemas filosóficos tocantes a la teoría del conocimiento que se derivan de estos contrastes y que afectan a lo más hondo de la vida humana, cifrada en buena parte en convicciones sobre los seres, y los valores. ¿Son o no auténticamente como los creemos y nos padecen ser, o somos víctimas de una apariencia posí s blemente falaz? El control de todo ello se impone en la vida, pero mi propósito no es abordarlo en este artículo. Juan ZARAGÜETA