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NUESTRAS CRITICAS Ediciones Literoy. Madrid. SI HUBIÉRAMOS SABIDO... De Francisco UMBRAL Por Guillermo DIAZ- PLAJA De la Real Academia Española A NTES. -El título completo ya es insólito: Si hubiéramos sabido que el amor era eso... Un texto publicitario asevera en el libro que ha nacido- -dice- -de la necesidad de hacer una novela de amor frente a la invasión actual de novelas de sexo Todo actúa, pues, para empezar, en el plano de ¡a sorpresa. Francisco Umbral, excelente hombre de letras, no puede asumir aquí una actitud ingenua; una actitud de ida Veamos lo que nos ofrece. CALEIDOSCOPIO. -La novela no respon al tono irónico del titulo completo: es, por el contrario, un largo y hondo movimiento; un distendido, trémulo, prolongado idilio, visto a través de las reacciones de dos muchachos. La dinámica de estos personajes es mínima: pasan horas en un café; salen al campo; divagan a la sombra de El Escorial... Pero la dinámica se produce, frenética, en el caleidoscopio interminable y sucesivo que se advierte a través de las pupilas, de los oídos, del olfato, del tacto de los protagonistas. La novela está concebida como un atento y vertiginoso registro de sensaciones, en una sucesión infatigable. Construye, pues, el novelista una realidad fluida, gomosa, como de gelatina, que se extiende, se adelgaza, se ilumina y se destruye. En torno a sus criaturas de ficción. -él, ella- -un mundillo de homúnculos, de rumores, de luces, de vahos, de palabras prendidas en el aire. Durante más de doscientas páginas nada acontece; pero el novelista consigue embarcarnos en su carrusel de sensaciones, en el que las imágenes se desdoblan y se tripUcán, y se alzan, y se escurren, porque la realidad no puede reducirse a síntesis, sino que las cosas en torno se producen múltiples y brillantes, confusas y contradictorias en nuestro derredor. Asi, por ejemplo, el mundo tumultuoso del café- madrileño descrito en una motril sucesión de planos, en los que se producen las imágenes sin contornos, deshilachadas, en lento movimiento circular de extraño tiovivo, de tipos humanos y de pequeños objetos intrascendentes. Todo ello, insisto, a ¡a manera de un líquido esmerilado en el que flotan los objetos, como infusorios, que los personajes registran con sus pupilas semiadormecidas. Otras veces este espectáculo giratorio viene ordenado por la música, en el sotanillo donde se baila. Sólo la trompeta de jazz puede romper todo eso, clavarle su estridencia, abrirlo en dos para siempre, penetrar el gran cuerpo gris de la propia vida que no gusta, para que entre por el tajo una vena de agua fresca, de música nueva, de sabores frescos, rebeldes; o la guitarra eléctrica, como un rítmico moscardón que hace de la vida un solo y nunca vivido verano, eterno y entero, hermoso, ubre a la sombra de cuya luz inexistente bailan siete parejas, ocho o diez parejas, de nueve a nueve y media, de diez a diez y media de la noche, como ella y él bailaban, queriéndose dar un presente que se les huía, en tanto que el pasado de uno y el pasado del otro yacían, inermes, frente a frente. (Págs. 32 33. LA CIUDAD. -El dúo amoroso se produce en todo el relato como un doble estado de conciencia, que se formula por el cauce del monólogo interior en el que lo trascendente y lo banal se mezclan indiscriminadamente con un constante ejercicio de ternura, del que emerge la ima- versadora, y que la capital de esa nación asiste al repentino enmudecimiento de su corazón parlanchín y coloquial, de ese provisional corazón del mundo, que por unos momentos ha sido el café- sotanillo para un hombre y una mujer cuando estaba naciendo no un amor platónico, sino un amor aristotélico, como son todos los verdaderos amores, que tienden siempre a centrar el círculo, a polarizar los vientestva convertirse en su rosa efímera y mortal. ¿Nos quedamos otro rato? (Pag. 11. EL PAISAJE. -Análoga meditación crítica nos sugieren las anotaciones de paisajes que aparecen en los episodios finales del libro. Se diría que la hipersensibilidad amorosa de los personajes se trasfunde a una percepción de la Naturaleza, cuya acuidad nos sorprende, como si el paisaje pudiera penetrar en los poros hasta adentrarse muy hondo. Ella renunció a su condición de guia y decidió tumbarse en una rampa con hierba, entre dos árboles bajos y retorcidos; él se sentó a su lado y, con las rodillas en pico y los codos sobre éstas, estuvo contemplando la lejanía, las sucesivas gradaciones del infinito, mientras deshacía una mata de algo entre los dedos y se le humedecían las manos de un jugo verde y ácido, de una sangre fresca y silvestre. La rosa de los vientos le soplaba en el revuelto cabello. Pasó un tren a lo lejos, oculto por las rocas y la distancia, estableciendo un corte vertical en el paisaje, un silbido que fue rodeando, como una cinta de sonido, la vastedad de la sierra, hasta dejarla, luego, en el silencio, más sujeta al horizonte. (Pág. 195) DINÁMICA. -La capacidad amorosa de los protagonistas, su condición de estudiantes, de pequeños humanistas, da a todos los registros emotivos y sensoriales una extremada calidad. Toda la novela- -en la que nada acontece- -está acribillada, vibrante, de notaciones líricas, de una tal dinamicidad que el lector se siente como arrastrado por el movimiento interior, como si se tratara de una fuga musical. Lo que más atrae y encanta de este libro es su condición poemática, su sostenida voluntad fie crear a través de la imagen (a veces al modo de la greguería) o de la metáfora; a través de una técnica de cámara lenta, de estirpe proustiana; a través, en suma, de una visión personalisima del autor, la panorámica del pequeño mundo en que se mueven las almas enamoradas, con la especial traslación de todo este mundo poético, en el que se mezclan fluidamente la emotividad sentimental con el otro pequeño mundo de ¡os filósofos o de los clásicos griegos que constituyen la vivencia intelectual de los personajes. El libro es, pues, una pequeña gran hazaña estética, en la medida de que el soporte de una mínima armazón sentimental sostiene un vivo, tierno y hondo relato. Francisco Umbral gen entrañable de la figura femenina adolescente que imanta el sentimiento del personaje- autor. Es en todo caso él análisis de un suceso filosófico- sentimental inpierso en la barahúnda de una ciudad trepidante. Esta ciudad es Madrid. Francisco Umbral ha escrito un libro profundamente madrileño, sin necesidad de pintoresqquismos ni de anécdotas. El, como sus personajes, siente centrado su universo en la Villa y Corte que palpita en seres, decires y costumbres, como sin proponérselo, -en cada página. Si este sotanillo con rumor de conversaciones ha sido por unos cuartos dé hora el centro de Madrid, si Madrid ha sido alguna vez el centro dé una nación y tomamos esa nación- -podemos tomar cualquier otra- -como centro geográfico del planeta y tomamos este rodante y ruidoso planeta por centro aristotélico del universo, resulta que el universo se ha quedado de sobra, sin su planeta clave; resulta que nuestro lujuriante y salitroso planeta ha perdido del mapa su nación más vociferante y con-