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cían al mar en recuerdo de los pescadores muertos durante el año. Le apodaban, por eso, jardinero del mar El mismo me lo contó a poco de caer rendido en esta pieza, una. pizca antes de que la tierra lo reclamara para sí. Abuela- -le dije yo- fue ayer cuando vi al raquero que usted llama rapaz en el paseo de Pereda, a muchas teguas de aquí. ¿Cómo, en tan poco espacio de tiempo, pudo convertirse en historia, luego de llegar hasta aquí? Mira, hijo- -me replicó con firmeza la anciana- estas historias no tienen fecha. Mas si te parece enojoso creerlo, será mejor que me dejes en paz y te embutas en ese cacharro ruidoso que trajiste a estos parajes nacidos mejor para el silencio y la fe. Sí, sí, la fe en cuanto pasó, en lo qué ha de pasar y, sobre todo, en lo que pudo pasar. Aquí todo aquello que se alcanza a conocer en el término insignificante de una hora, por ejemplo, apenas cuenta. Llenos de la luz profunda de cada momento, sabemos mirar hacia los entresijos de nuestros corazones y leer en los libros que nunca fueron escritos y que, a pesar de ello, están ordenados de la A a la Z en las estanterías de la esperanza. ¿Logras entenderme, hijo? Sí que le entiendo, abuela. Mas si usted me echa una mano, tal vez llegue más cerca de su sentir. Como te digo, así fue. Hasta aquí llegó corriendo sin ¡parar. ¿Ves ese regato que bordea las retamas? Pues al alivio de su frescor derramó el rapaz su cansancio, y antes de dormir, porque morir es dormir, me vio de lejos y me llamó con la mano, cual si ésta fuera pétalo último de una flor batida por el viento. Abuela, siembre aquí estas semillas que traigo- -me rogó- -y habrá flores nuevas en estos prados el año que viene... ¡Prométamelo, abuela, prométamelo, que para eso las robé el otro día en el paseo de Pereda, cerca del mar. (La viejina lloraba sin descomponer al semblante. ¡Como feay Dios- -prosiguió con fuerza- como hay Dios que así fue, aunque tú no quieras créelo! (Callé y, por hacer algo, acaricié la hierba con la mano. Es suave- -pensé- -como sería, a lo mejor, el pelo del rapaz Luego- -prosiguió la viejina- -ocurrió aquello que convenía que aconteciera. Se abrió la puerta; sí, se abrió. Como dos manos que rezan y, por obra del amor, cobran forma de cuna... El rapaz se arrellanó en el hueco... y la tierra volvió a cerrarse... ¡Vaya usted y véalo! Allí, al borde del gato, junto al clamor amarillo de las retamas. ¡Abuela, abuela... ¡Se lo juro! Creo en su historia... El año que viene será cosa de venir a verlo y vendré! -le grité con el corazón. (La viejina apenas reparó en mí. Ven y, acaso, Flor de Acebo ya no se llamará así. ¿Y cuál será su nombre? (Miró larga y penetrantemente para mi intención. Me pareces de buen talante- -sentenció- Ve, anda, y en el amarillo inmenso de la tierra seca, donde el trigo nace muriendo, encontrarás una posada. En ella llorará una criatura. Pedirás de comer sopa de ma r, que es de donde vino el rapaz; carne de cordero, porque es animal limpio y representativo de la mansedumbre, y nada de postre. Guardarás ayuno a este repecto. Al marchar dejarás con Dios a las gentes que te hayan servido, pase lo que pase. Pues bien, con la última palabra del nombre de este lugar y las primeras que dijo el rapaz antes de morir formarás el nuevo nombre de nuestro pueblo. Será obligación grave tuya lograr que la mudanza del actual se haga sin problemas y pronto. Castilla, el páramo áspero y magnífico, se iba abriendo al correr de mi paso. Las lomas lejanas buscaban un horizonte imposible que sólo existe en el mar. Un horizonte igual que (recibe al sol que nace y al que declina con la cortesía absoluta de la línea recta. Allí, en Castilla, el ondulado sucesivo de las tierras viejas, madres de mil trigos, la línea no lograba ser absolutamente horizontal, porque el sol la había henchido con su calor y los fríos recios de las noches silenciosas y grandes la habían cuajado de golpe. Mansilla de las Muías Primeras horas de la tarde... Una estación de servicio. -Habrá de comer aquí cerca? pregunté al de la manguera. El tintineo gorgoteante del antiestético artilugio abastecedor de alimento para mi vehículo era contraste fiel entre la tierra y el aparatoso manómetro de la gasolinera. -Pasado el puente hay un hostal. Luego, más. Ahora no es como antes. El hostal era una orgía de gallardetes. (Aquí no puede ser, me dije. Seguí. Varias veces paré el andar mecánico, porque me atraía el deambular por entre los trigos y el confundirme en la ardiente quietud de la hora. Muy pronto, una llamativa tertulia de camiones me recomendó parada y fonda. Paso al comedor decía al fondo del bar que haoía de zaguán del restorán Una mujer, seca de gesto como la tierra de afuera, me dijo telegráficamente: -Aquí, en esta mesa, puede ser. Hay sopa de pescado, cocido, guisado de cordero, chuletas de cabrito y postres. Mordiendo vorazmente en las últimas sílabas de su gastronómico enunciado, al modo de las viejas en el rosario vespertino, le pedí: -Sopa de mar... cordero... ¡Por favor, me dirá cómo se llama este pueblo? -Matallana de ValmadrigaL. ¿Quiere vino? -Valmadirigal... Vaünadrigal... ¿Qué? Sí, sí, quiero vino, una jarra... -Sólo tenemos medias botellas... -Valmadrigral... flores nuevas... Bueno, traiga lo que acostumbre. Gracias. Mi fantasía pedía vez. Con el nombre de un pueblo (su última palabra) y las que dijo el rapaz... Pero, ¿el niño? Me faltaba una criatura. Un niño que llorara. A mi lado- -espalda encorvada sobre el plato, brazos tostados por los soles de Dios sabe cuántos asfaltos- -un camionero hizo de punto final. -María, el niño ha llorado. Sin alterar el quehacer de servirme, María replicó: -No ha llorado. -Bueno, como quieras- -comentó el tostado- pero ha llorado y llorará más, porque tiene hambre. ¿Tú qué sabes? -rubricó la seca. ¡Ya lo tenía todo! Sopa de mar... cordero... un niño que llora... Ya se iba para la cocina la mujer. -María- -le pedí, como si de alguien de mi familia se tratara- dijo usted que el pueblo se llama... El camioneiro, huyendo, por urbanidad, de sus propias palabras, me advirtió mientras María volvía la cabeza, ya camino de su refugio cocineril: -Oiga, a lo mejor usted va a decir que no me meta en lo que no me importa. Bueno. No gastes confianzas con la jefa Su mando es un celoso... Mire, ya viene para aquí... Era magro de carnes el marido de la seca de gesto. Magro y disminuido por unos anteojos de montura estrepitosa en su apariencia que le disminuían la cabeza. ¿Qué desea usted? -preguntó a nadie, mirándome. -Sopa de pescado, cordero, etc. etc. No se dio por enterado. Me miraba ya de hito en hito. -También quiero vino y nada de postre... El tostado se lo estaba pasando muy bien. ¿Quién le ha dicho que mi mujer se llama María? -estalló al fin el marido. -Tu crío llora porque tiene hambre... y él (por mí) también... -concluyó mi valedor. Sí, sí, ¡Ya lo tenía! Valmadrigal de las Plores Nuevas Sonreía mi vecino de mesa abiertamente. Sonreiría también la viejina en la circunstancia inventada de tni cuento. Sonreía yo. Poco rato después, Valladolid. Y con Valladolid, la realidad tremenda de una ciudad imperial venida a menos porque un rey se llevó a Madrid la difícil corona de la capitalidad de España, gaba con el paisaje a contraluces cruzados. El sol, colorín colorado al atardecer, jugada con el paisaje a contraluces cruzados. Jesús María de ZU 1O AGA 37