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nacimiento eunnom bn Por Jesús María de ZULOAGA A moza. aquella estaba todavía aquí ¿Para quién y para qué las querría? para brincar en una romería cualMuy de mañana- -Oviedo apenas me requiera (San Pedro de Ramales, la tuvo el tiempo de un compromiso andaBien Aparecida, en Ampuero; Santiago, en riego- -buscaba ya las estribaciones de Palos dos Colindres, el de Arriba y el de Aba- jares, porque Valladolid me urgía. jo... pero el chico aquel, un raquerillo Ahora las flores eran concurrencia amadel puerto, se le fue de las manos como rilla de retamas que resbalaban del monte una mariposa que parece presa segura. hasta el ribazo (mismo de la carretera. Al término de un repecho apareció el Poco antes el raquero había estado nombre de un pueblo, real y verdadero, que allí mismo sin manifestar su ya próxima removía la esencia de mi largo recordar: intención de robar. Flor de Acebo (Miraba y remiraba tranquilamente, como Paré en seco a la vera de una tasca. todos los niños que gustan de admirar esPedí de beber y pregunté: caparates porque sí, porque es bonito saberse cerca de la ilusión colorín colorada- -Por favor, ¿sabría decirme usted por y soñar con tos ojos abiertos de par en par. qué se llama así este pueblo? -Yo no lo sé- -me respondió la mujer Sin embargo, el raquerillo del paseo de Pereda, en la luminosa y transparente que servía tras el alto mostrador de azuSantander de un atardecer de julio, no ad- lejos empalidecidos por el tiempo. Luego, dirigiéndose a uno que leía la miraba juguetes o inventos para entretener. Miraba y remiraba flores, muchas flo- Nueva España de Oviedo indagó: -Oye, Tonio... creo yo que será porque res apretadas en vasos provisionales de vidrio verde, rojo, amarillo, anaranjado... había aquí mucho acebo y aún lo hay... Tonio suspendió de mala gana la lecFlores buscadas con ansia mercantil y, a la vez, con pena de amor por el jardi- tura para rematar: ¡Claro! ¿Por qué iba a ser si no? nero que luego las vendería, porque de ¡Mor de Acebo! algo hay que vivir mas sintiendo al venderlas como si entregara doncellas cristiaSonaba el nombre a ¡poética ocurrencia nas a reyes moros. Flores domesticadas en de los hijos del Sol Naciente. O a sencilla jardincillos escasos que son como celdas inspiración de pastor indígena. de condenados a la última pena. Eché a andar caserío arriba. ¡Flor de Acebo empezaba en curva y El raquerillo contaba los ramos, echaba cuentas y, sin duda, sentía en el hon- terminaba también en curva. Como un ciedón de sus ojos, allí donde nacía su mirar go recorrí con la yema de los dedos, sobre limpio, la caricia indefinible de los colores. el letrero de Obras Públicas, la redacción A la moza se le fue el raquero para en relieve del nombre: FfÉflllor dddeee las sombras de la catedral. Llevaba el niño -jyo lo vi- cogidos al vuelo de un En estas, llamó mi atención el campano tenderete metálico, dos o tres sobres de de una vaca que hacía equilibrios en el semillas en la mano izquierda, mientras corte mismo de un ¡prado mordido por la que, con la derecha, parecía bogar en el carretera. Sonaban más campanos adenaire. tro. La vaca, llevada por el apetito, pisa- ¡Chico, espera! ¡Chico, ven aquí! ba ya el borde. Una voz detuvo su aparenTerminó pronto la carrera de la moza. te insensatez. Era una voz cascada y débil. ¡Vaca! ¡Vaca! Ya de regreso a la tienda, dijo para si, pero en voz alta: No sé por qué remonté el desnivel. ¡Bah! l o mismo pensó que eran A pocos metros, apoyada en un pliegue anises del terreno, descubrí la quieta figura de una anciana. Nos miramos un instante. Yo quedé plantado donde estaba y ella volvió ¿A dónde iría? ¿Para quién y para qué querría las se- sobre sí misma, como si quisiera pensar a solas. millas? Recorrí con avidez su silueta. La fantaUnas tímidas manchas rojas y verdes en un balcón alto, a ras del amplio alero, sía se me apoderaba de los últimos rincones me dejaron imaginar el fácil cuento de del pensamiento. Acaso- -me dije- acaso esta viejina una anciana- -chai de punto negro, pelo de plata peinado liso para atrás, rematado en guarda en su memoria celosamente los epiun moñete pequeño y redondo- -hasta la sodios de la historia que mi deseo quiere que llegaría alborozado el chico, con los construir conj ugando raquerülo ladrón, sobres en alto, dando voces cada vez más flores nuevas y nombre de pueblo. Y así, mientras medía indiscretamente el sonoras: ¡Abuela... abuela! Este año tendre- perfil de la anciana, y, después, cuando proseguí la marcha carretera adelante, creí mos flores nuevas... (Demasiado simple, me dije. M motivo escuchar de ella el relato que ahora os cuento yo. debió ser otro. Hasta aquí llegó corriendo, corriendo, ¿Para quién y para qué las querría? el rapaz del paseo de Pereda, de Santan der. ¡Era asturiano, (hijo y nieto de astuAl día siguiente las flores del camino en- rianos, que bajaron hasta el mar para bustre Santander y Oviedo me herían con la car un mejor vivir. Se crió en los muelles. Y los días decimosextos de julio, cuando insistencia de la pregunta insatisfecha. Y en Oviedo, más flores en los cruces la festividad de la Virgen del Carmen, nade las calles, en las macetas de las terra- daba en la bahía para recoger las flores r I que, desde el barco de las autoridades, ofre- L I zas de los bares, en todas partes. L i- y Oí. -1