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obra y gracia de Fréron- -se dedicó a repartir frivolamente sus favores entre los mas bizarros. Claro que Bonaparte estaba al quite y ya había decidido que su elección recayese en un joven y aguerrido ayudante: Víctor Manuel Leclerc. Leclerc contaba por aquel entonces veinticinco años. Era hijo de un adinerado molinero del OPontoise y había recibido una sólida educación hasta el punto que sus compañeros de armas le reputaban como el más culto e instruido del batallón. Napoleón era su ídolo; por él estaba dispuesto a consumar cualquier hazaña. El Corso lo sabía y le pediría llevar a cabo una de calibre considerable: aceptar a la descarada Paulina por esposa. Pero la proposición no fue hecha directamente; con su astucia habitual, el futuro emperador de los franceses preparó una mise en scéne digna del mejor de los escenógrafos. Un día, LecJerc es requerido urgentemente en el despacho de su superior. Al presentarse halla la estancia vacía. Espera. Súbitamente se abre una püfertecilla y aparece, como por casualidad, la linda Paulina. Viste una vaporosa túnica... Coquetea durante un buen rato con Víctor, pero el muchacho es tímido con las mujeres y no acaba de decidirse a asaltar esa trinchera, tan diferente a las que está acostumbrado a conquistar. Paulina se impacienta y se deja en remilgos. -Anda bésame- -le dice. Y, suspirando, se deja caer estudiadamente en un canapé, a modo de invitación. Todo ser humano tiene un límite y Leclerc no es una excepción: ante la joven se olvida de todo... De repente, un fuerte grito sobresalta a la entretenida pareja. Napoleón, en el umbral, parece consternado. Hace una escena: ¡Aquí, en mi propio despacho... ¡Qué deshonra... El ayudante, pálido, implora disculpas. Farfulla: Yo sabré reparar... Yo... cumpliré... Napoleón ataja rápido: ¡Así lo espero, buena pieza! -e intercambia una mirada cómplice con la azarada Paulina. La boda tendrá lugar tres semanas más tarde. INTERMEDIO ANTILLANO E L golpe de Estado del 18 de Brumamario llevó a Napoleón Bonaparte hasta la más alta magistratura de la nación. Desde entonces el ya Primer Cónsul, nepotista incorregible, se dedicaría a conseguir pingües empleos para sus familiares. Leclerc fue nombrado, a finales de 1801, capitán general de la isla de Santo Domingo, con la expresa misión de apaciguar las levantiscas colonias francesas de ultramar. Paulina, al enterarse, se desespera. ¡Cambiar París por una selva da negros ¡Verse obligada a abandonar las fastuosas fiestas del Consulado, en donde era admirada por todos... Finalmente, deberá ceder, enjugando una lagrimita. Dieciocho meses después tendrá que llorar de veras. La revolución, acaudillada por ToussaintLouverture, estalla ¡por fin en el Caribe; pero quien realmente vence y diezma a los ejércitos de la República es la espantosa epidemia de fiebre amarilla, que, en pocas semanas, provoca una cifra espeluznante de bajas: murieron 1.500 oficiales, 25.000 soldados, 8.000 marinos, 2.000 ¡funcionarios civiles y 750 médicos militares. Ai frente de la macabra relación, como queriendo comandar sus tropas perdidas para siempre: el general Víctor Manuel Leclerc. La afrancesada Paulina deja entonces paso a la corsa Paoletta: gritos desgarradores y sollozos ¡histéricos se entremezclan con prácticas devotas y fanatismos paganos; hasta en un arranque de generosidad se corta su negro y espeso cabello y lo esparce por el ataúd, sobre el cadáver, mientras exclama: ¡Tu viuda! ¡Tu viuda desconsolada para siempre! Ya conocemos el peculiar significado de los para siempre de Paulina. De regreso a París, durante los pomposos funerales por el malogrado militar, el Primer Cónsul comprobará personalmente la sensación causada entre la selecta concurrencia por la ya sosegadísima viuda de veintidós años, más incitante que nunca envuelta en sus negros lutos y con el cabello cortado como un efebo de la Grecia clásica... A los pocos días, el nuevo y original peinado se convertirá en le dernier cri de la moda parisiense. LOS DIAMANTES DEL PRINCIPE BORGHESE S I la bella Paulina no hubiera tenido aquella noche la ocurrencia de presentarse de improvisto en un banquete celebrado en casa de su hermano José, es probable que su futuro hubiera sido menos esplendoroso, aunque quizá más feliz. El festín se había organizado para agasajar al príncipe Camilo Borgháse, guapo aristócrata de veintiocho años, soltero y poseedor de una de las mayores fortunas de toda Italia. Paulina había oído hablar de él a varias de sus amigas; sabe también de los espléndidos diamantes familiares, que pasarán a poder de la mujer que consiga engatusarlo. Han transcurrido apenas seis meses desde la muerte de su primer marido, pero la tentación de lucir las costosísimas joyas es demasiado fuerte... Decididamente: se casará con él. A Napoleón y a José les fascinará la idea. ¡Una auténtica princesa en la familia! Inmediatamente reclaman los buenos oficios del legado pontificio, cardenal Caprara, para insistir cerca de Borghése sobre El palacio Borghése, en Roma.