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El bicentenario del nacimiento de Napoleón ha traído a la actualidad a muchas de las figuras de una época durante la que se transformaron radicalmente las estructuras políticas y sociales de Europa. Paulina Bonaparte, hermana del Emperador, es una de las mujeres más sugerentes, atractivas e interesantes de aquellos años revolucionarios y convulsos. A ella dedica su estudio histórico, esta semana, Juan Balansó. P ROBABLEMENTE, aquella PaolettaM a r í a de Bonaparte, nacida en Ajaccio el 20 de octubre de 1780, nunca imaginó, ni aun en sus más fantásticos ensueños, el fulgurante destino que la aguardaba. Frivola, sensual, coqueta, fue la única, entre las imperiales hermanas de Napoleón, que no andaría atosigándole en demanda constante de títulos y prebendas. Ella se conformó con ser la reina de la belleza de su época, la auténtica Venus de la corte francesa. No quiso convertirse en una agria mujer de Estado, como sil hermana Elisa, ni en ambiciosa intrigante, al igual que Carolina; tan sólo deseó durante toda su vida ser, simplemente, una mujer... NIÑA PRECOZ, MUCHACHA DESCARADA compromiso con Napoleón y casada con el general Bernadotte- -compartiría con éste el trono más estable de Suecia, fundando una dinastía que aún perdura. La grata atmósfera creada por tales idilios, ejerció una precoz influencia sobre Paulina. A los catorce años (poseía un cuerpo espléndidamente formado y un rostro atrayente. Estanislao Fréron, ex convencional enviado en misión política a Marsella, no tardaría en percatarse de ello. Este, apodado por sus contemporáneos el más bello bruto de la Revolución deslumbre a la niña, que se entregaría a él. Las apasionadas epístolas se sucedían: Te amo, mi hermoso ídolo. Mi corazón arde por ti. Te quiero más que a mí misma. Sabes que cuentas para toda la vida con tu fiel amante, P. B. El romántico para toda la vida duraría escasamente unos meses. Napoleón iniciaba su brillante carrera militar, sus victorias se sucedían en Italia con rapidez pasmosa y el triunfador, mimado por el Directorio, no deseaba para marido de su hermana a aquel hombre maduro y excesivamente comprometido con los revolucionarios. Sin ambages, ordenó que la muchacha acudiera a reunírsele en su cuartel general de Lombardía. Allí los oficiales rondaron asiduamente a la hermana pre- dilecta del comandante supremo y e l l a -despertada su precoz sensualidad p o r V P AULINA contaba cuatro años cuando murió su padre, Carlos Bonaparte, dejando a su numerosa familia en situación bien precaria. De los 13 hijos que le había dado Leticia, Ramolino, cinco habían fallecido en corta edad; así, pues, a ella y a los dos mayores, José y Napoleón, tocaría responsabilidad de una verdadera tribu de corsos. Fieles a Francia durante las luchas insulares por la independencia, los Buonaparte se verían obligados a trasladarse al continente en 1793, instalándose en Marsella, en calidad de patriotas refugiados. La miserable pensión concedida por el Gobierno de la República indujo a Leticia y sus hijas a emplearse como lavanderas de burgueses acomodados, y precisamente los Clary. ricos comerciantes de la ciudad, se convertirían en protectores de la desvalida familia. Les cordiales lazos existentes se reforzarían muy pronto. En agosto de 1794, José casaría con la buena, dulce y feúcha Julia Clary, que aportaría una dote considerable; Napoleón, por su parte, se comprometería con la vivaracha Desirée, otra de las lujas de uno de sus benefactores. Ambas ceñirían, años ¡más tarde, relumbrantes coronas: Julia reinó en España, aunque efímeramente; Desirée- -roto su Arriba, de izquierda a derecha, Paulina, que luce los famosos diamantes Borghése (fragmento de un cuadro de David) Víctor Manuel Leclerc, su primer marido; el húsar Julio de Canouville, amante de la princesa Borghése; a la derecha, el príncipe Camilo Borghése, segundo marido de la hermana de Napoleón, y en la última de las imágenes aparece la propia Paulina ante un busto del Emperador.