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tos extranjeros. El presidente no entra en el despacho ovalado de la Casa Blanca con libertad para crear, basándose en sus propias ideas y opiniones, una nueva estructura de relaciones con otros países. Existen tratados previamente firmados que, debido a que la comunidad mundial está basada en la confianza, debe respetar. Existen compromisos con o t r a s naciones- -políticos, económicos y militares- -que tiene que cumplir. Existen acontecimientos en el m u n d o- -diplomáticos, ideológicos y científicos- -a los que tiene que responder. Existen realidades en la patria- -políticas y económi- cas- -que limitan o amplían su gama de elecciones. Por último, existen unas realidades universales que dan forma al mundo que ve desde Despacho Ovalado. Una de ellas es la posesión de armas nucleares por cinco naciones por lo menos. Otra es la carrera por escapar de la trampa malthusiana. Una tercera es la exisencia de un poder comunista totalitario en gran parte del continente euroasiático, poder que amenaza continuamente con romper el orden que el mundo ha conseguido alcanzar. Todas estas cosas son parte de las condiciones con que se enfrenta cualquier presidente moderno cuando empieza el desempeño de su mandato. EL PODER DE LA FUERZA NO ES ILIMITADO Q UIZA la lección singular más grande que aprende un presidente es la de que el poder de Norteamérica para controlar los acontecimientos internacionales es limitado. Debido a que en nuestro arsenal nuclear poseemos el poder para des- truir el mundo, algunos han sido inducidos al error de creer que podemos conformar el mundo a nuestros deseos y forzar a los demás pueblos a la cooperación y al respeto. La verdad es que ni nuestro poder nuclear ni aéreo, n ¡nuestra gran riqueza y economía productiva pueden forzar a los acontecimientos a adoptar la forma de nuestro molde. Nuestra potencia nuclear puede disuadir a n u e s t r o s enemigos de la agresión masiva y del asalto nuclear. Nuestros recursos pueden ayudar a otras naciones a desarrollar su propia defensa. Nuestros diplomáticos, respaldados por la fuerza de nuestra nación y guiados por nuestro compromiso con el orden en las relaciones entre los Estados, pueden ayudar a forjar acuerdos que reduzcan la amenaza de g u e r r a Pero nuestro poder no puede cambiar a los hombres que están determinados a satisfacer viejos odios o nuevas ambiciones. Puede ayudar a limitar la extensión de un conflicto que ya haya empezado, como ocurrió en el Medio Oriente en junio de 1967; pero no puede impedir que surja el conflicto. Al mismo t i e m p o que aprende estas lecciones sobre las limitaciones del poder, un n u e v o presidente aprende a vivir con la idea de que el poder nortéame- A ricano, cualesquiera que sean 1 OODROW Wilson dijo en cierta ocasión que a cada nuevo presidente le gustaría escribir su propia crónica desde el comienzo sobre una hoja de papel en blanco. Pero no puede. Cada presidente tiene que empezar a escribir entre las líneas de lo que han escrito los presidentes anteriores. Los logros, los compromisos, las Iniciativas y equivocaciones de sus predecesores constituyen el material con el que debe empezar. E s t o es particularmente cierto en el caso de los asun- W Las tropas americanas llegan a París el 3 de julio de 1917. Fuimos a la guerra de 1914- -escribe el ex presidente Johnson- -sin darnos ouenta de todo lo que estaba en juego. Nuestros lemas recorrieron la nación para combatir la tiranía y para hacer del mundo un lugar seguro para la demooraoia. Pero en realidad estábamos luohando para proteger un interés nacional que la mayoría de los norteamericanos de aquella época no comprendieron: nuestro interés en el equilibrio de fuerzas. Basta comparar este mapa correspondiente a la Europa de 1914 con el aotual para comprender hasta qué punto han sido gigantesoas las transformaciones experimentadas en sólo oincuenta años. Abajo, las tropas norteamericanas desfilan en 1917 por las oallles de París.