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3 CABALLOS MADRILEÑOS OR las calles madrileñas es raro el día jue al volver de una ausencia, más b i e n corta- -tipo minifalda- -que larga, no nos salga al paso un solar que indica restos que son nostalgias de un edificio noble o un cine popular. Restosnostalgias en esas mismas calles que ya no marcan el paso cansino o alegre, el paso de todo un variopinto desfile de caballos. Desfile de caballos para marciales húsares en parada o de percherones de carros de mudanzas, caballos de jinetes elegantes en ejercicio deportivo en los anchos andenes de la Castellana. Caballos bien cuidados para la parada en las garitas de noches invernales en que el Guadarrama mandaba el fino cierzo encendiendo pulmonías que todavía una penicilina por inventar no dejaban apagar, pulmonías que eran el impacto directo de una sepultura en las sacramentales de más allá de nuestro Manzanares, que andaba, poco más o menos, como ahora de aprendiz. Por las mañanas o por las tardes, todo un desfilar de caballos, de aire triste y cansino, que querían tener un aire funambulesco con sus penachos negros o blancos en los mas tristes todavía entierros infantiles, llevando a su costado un servidor vestido a la federica. Detrás, una larga fila caballar tirando de berlinas o mañuelas en las que sus ocupantes hablaban poco del muerto, y a veces, pues... y las más y lo más, del último estreno de Benavente en la Princesa, de la Raquel y sus canciones picaras y de don Santiago Bernabéu, jugador del Real Madrid. Larga fila caballar tirando de mañuelas el invierno, cuando el cochero, en su pescante, se envolvía en una manta; por el verano era el simón en las berlinas con escudo o letras entrelazadas en la portezuela, las conversaciones eran igua- P les y un poquito de Bolsa. Caballos los de aquellas que parecían pedir un pienso o un encuarte para atacar la cuesta de San Isidro o de Santa María; otros lustrosos y relucientes como la grupa del potro lorquiano, po parecían exigir nada y subían al trote. Gritos y latigazos en el ir y venir de las calles madrileñas sobre las ancas de Melitón de Lucero y de Iánda y de todos los nombres que una imaginación larga y fecunda había bautizado por las viejas calles. Un mundo de calles más bien chico que se acababa por un lado en uno de caballos elegantes, el del hipódromo de la Castellana. Allí llegaban de manos de mozos de cuadra, vistiendo éstos alguna prenda inglesa que fuera de sus dueños. Llegaban temprano- -tempranísimo- -cuando, la verdad sea dicha, ningún madrileño entraba a trabajar. Por el otro lado de la ciudad, camino de la plaza de toros, pencos que fueron bellos y- hasta ilustres- -sin llegar a Babieca camino de la muerte. Ellos, para ir hacia ella, no tenían que llegar a la plaza de la Alegría donde los jamelgos funerarios emprendían, alegres, el trote de la cuesta abajo que marcaba el fin de la etapa de ida. Caballos de simones que conocían todo un itinerario de tascas con torrijas y de garitos para jugar un duro al monte caballos parcherones de carros de mudanzas que habían nacido en Suiza o Alemania; los de los carros de mudanzas, que de vez en cuando salían retratados en los periódicos, como sus compañeros del hipódromo. Ahora que éstos venían en lugares de honor, con su dueño, muy de sombrero de copa, llevándoles de las riendas, en la otra mano una dorada copa de premio, y éstos quedaban relegados a una plana publicitaria de la casa que hacía los traslados de domicilio. Era un tiempo aquél en que mudarse de casa era casi tan corriente como cambiarse no diré de camisa, pero sí de traje. Caballos de mudanzas con su saquito de avena al cuello mientras los mozos bajaban las grandes consolas, los inmensos espejos, los retratos de señoras de largo traje, los sofás amarillos, verdes y azules de los grandes salones; todo un mobiliario, en el que no faltaban los tomos de La Ilustración Española y Americana y las cajas de plata, recuerdo de unos fieles subordinados Caballitos l i g e r o s de la madrugada- -bueno, sobre las ocho, no más- -de una ciudad, repito, en que todos, salvo excepciones, trabajaban más tarde; caballitos con las cántaras de leche al costado y un mozo que parecía entrenaba a sus jacas para hacer carreras con el triunfador Ruban y luego, en este ramo alimenticio, los grandes percherones de una granja que tuvo fama, tirando de unos carromatos, como ellos, pesados; carromatos con un aire de las modernas roulottes que hoy corren por el mundo. Toda una teoría de caballos en las mañanas, ya avanzadas éstas, de la Castellana; damas y caballeros jinetes en buenos alazanes de fina pierna jr sillas de cuero bienoliente. Jinetes y caballos en los días lejanos, cuando también pasaban, llevados de la brida por los mozos, de un lado a otro de la ciudad, camino de la Casa de Campo, donde allí esperaban los dueños. Y para que nada faltase en días de revueltas o huelgas, caballos de las patrullas de la Guardia Civil, patrullas de las madrugadas, poniendo un signo de desvelo. Teda una larga- -inmensa- -fila ds caballos, que vuelve ahora, en la nostalgia y recuerdo, a las calles de una ciudad que muy de tarde en tarde los ve pasar. Juan SAMPELAYO