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La mesa de cuartillas escritaajvellas Jas. manos de pin, tras una vida ln entregada a la literatupai En este artículo se propugna una política cultural nueva en favor del oficio y misión del escritor. I UAN Rulfo decía, en el pasado Encuentro de Escritores en Santiago, que el escritor hispanoamericano es un cobarde, un hombre dual, y ello se debe a que en nuestros países es muy difícil decir la verdad. Por muy honesto que sea el escritor- -seguía acusando Rulfo- -no se atreve a decir la verdad, y entonces los críticos lo toman como que el escritor no ha querido comprometerse El pesimismo de Rulfo, compartido por otros escritores, es una de las muchas flores del mal hispanoamericano. Pero donde Rulfo cargaba más las dosis de su virulencia y de su pesimismo fue en aquella confesión: El escritor en Iberoamérica no puede ser dirigente de nada. En estas confesiones de Rulfo hechas en público se encierran muchas horas de destierro, muchos prolongados silencios y muchas renuncias dolorosas. Los largos viacrucis del escritor hispanoamericano en el exilio con los bolsillos vacíos, la mirada en su patria, lejana, y la cabeza llena de cuentos y novelas sin vida literaria. El mismo Rulfo especificaba con punzante ironía que en Méjico se daba la paradoja de que el presidente de la República inauguraba una exposición de Siqueiros mientras a Siqueiros lo tenían preso La alusión rulfiana a la persecución de la obra hecha en la persona del escritor por regímenes o seudodemócratas era clara y mordaz. Yo pensaba, al oír tan quemantes declaraciones, en Miguel Ángel Asturias y en la motivación y gestación de su Señor Presidente Pero si las palabras de Rulfo, tan sangrientas y quemantes en su sinceridad, son verdaderas para algunos países hispanoamericanos, no lo son para todos. Es decir, no tienen una aplicación continental. No tiene derecho Rulfo a acusar de inhibidos y cobardes a todos J los escritores hispanoamericanos. Escritores ha habido, y los hay todavía, a quienes no se les ha cortado la mano de su libertad ni forzado al exilio por haberse comprometido con sus obras a decir la verdad y describir la realidad amarga social y política de sus respectivos países. Yo creo que el riesgo constante del escritor en hispanoamérica es otro: el de ocultar la verdad bajo el poncho de un ismo ideológico de intención política. Es decir, que el tan cacareado compromiso del escritor sea comprometerse demasiado con una ideología cultural o política de un color o de otro, y que el escritor pierda así insensiblemente el don precioso de su independencia intelectual. Y esta afirmación la hacemos en esta hora veinticinco de tanta tentación de compromiso social y político como se proponen y se presentan al escritor para que firme su pliego de peticiones con su última novela de protesta o su antinovela Yo creo más acertada la posición de Camilo José Cela al declarar con intención monitoria el peligro grave del conformismo artístico que acecha al escritor. El escritor que llega a estar conforme con su obra está irremisiblemente perdido. Esta amonestación moralizadora de Cela es toda una norma de conducta para el escritor frente a su responsabilidad creadora en lo personal y en lo social. Y también puede ser el signo o señalización de la luz verde en las rutas de su independencia de espíritu, por donde debe transitar libremente el escritor mirando a l mundo. Pero mucho me temo que haya escritores que tengan la vista hecha a los guiños constantes de la luz roja y se den a la tarea de enrojecer a todos tes panoramas y las rutas de este Continente entre la libertad y el miedo de perderla. No creo que todos los exilios y las in- hibiciones creadoras de los escritores hispanoamericanos hayan sido impuestos por la manía persecutoria de la voluntad de un hombre o de un régimen. Al lado del exiliado está el autoexiliado en busca de mejores climas culturales y económicos. Al lado del cobarde está el valiente que merece la máxima condecoración: el codiciado Nobel. Al lado del que da triunfalmente la vuelta al día en ochenta mundos está el que vive sus Cien años de soledad consagrado por el boom y bien remunerado. Y si algunos ilustres, como Sábato, prefieren ocultar su condición de escritor cuando viajan, al decir: Yo prefiero declarar que soy rentista y no escritor aunque las rentas de un escritor sean bien pocas, hay otros que ostentan su noble oficio de escritor como las credenciales mejores de un embajador del arte o de la cultura. Martínez Moreno, el brillante escritor uruguayo, ponía el dedo en la llaga de la incomprensión hispanoamericana cuando decía: El escritor debería vivir de su creación o de su obra y no tener que recurrir a otros medios para subsistir. Cuando esto ocurre el escritor es acomodaticio y hace una literatura sin valor de compromiso o testimonio. Y el escritor hispanoamericano no puede vivir de lo que escribe. Esta si que considero una confesión dolorosa y cierta y que obliga a todos a una meditación profunda sobre la suerte del escritor y a un propósito de enmienda de los altos personajes del mundo de los negocios, de la política y del espíritu. Es decir, la meditación empezaría por la preocupación de una política cultural nueva que fuera propicia al oficio y misión del escritor. Alonso ESCALADA Santiago de Chile. 17