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p Este tema, lógicamente, preocupó a los iniciadores del arte de torear. Paquiro se preocupó de la cuestión. Soyas son las palabras que reproducimos. Para conocer la edad de este animal se atenderá a los dientes y a las astas, pues no son siempre exactos los estados que para apoyar la venta presentan los criadores. Los primeros dientes de delante se le caen a los diez meses, y en su logar le nacen otros más aneaos, pero más blancos; a los dieciséis meses se le caen los dientes inmediatos a los de en medio, y nacen otros al momento, y a los tees anos se renuevan todos los incisivos, que son entonces iguales, largos y blancos. Permanecen en este estado hasta los seas o siete años, que empiezan a amarillear y ponerse negros. Las astas dan señales más fijas para conocer la edad, pues a la de tres años se separa del pitón una lámina muy delgada ue casi no tiene el grueso del papel coman, la que se hiende en toda su longitud y cae a la menor frotación: de este modo de exfoliación del asta se forma una especie de rodete que sje advierte en la parte inferior del cuerno, que en algunas partes se Dama la mazorca, y el coal maestra tener ya el toro sobre tres años; en cada ano de los siguientes se observa otro nuevo rodete debajo del primero, de modo que para saber la edad de cualquier res no es menester más, sino contar el número de anillos, dando al primero tres años y a los demás ano. De este modo tan sencillo se averigua la edad del toro, con la diferencia únicamente de algunos meses, pues es casi inútil advertir que la Naturaleza, en ésta como en todas sos operaciones, se adelanta o atrasa según infinitas circunstancias que no podemos apreciar, burlándose así de nuestros cálculos y reglas. Paquiro el gran Paquiro sale pronto al paso de los fraudes. describe puntualmente el sistema para conocer con gran aproximación la edad de los toros. Pero la Naturaleza y los hombres encuentran medios para soslayar tales normas. Esperemos que con las disposiciones en vigor actualmente, dentro de unos años sea prácticamente i m p o s i b l e urdir nuevas trampas. ¿QUE ES LA BRAVURA? En más de una ocasión hemos traído a estas páginas la palabra docta y persuasiva de Cesáreo Sanz Egaña, un competente veterinario que ha estudiado a fondo a les toros. Hoy le interrogamos acerca de la bravura, y su respuesta es sencilla. ¿Qué es la bravura? Podemos contestar: un instinto defensivo. Mejor, un instinto de liberación. Con estas respuestas nemes adelantado muy poco en el conocimiento de la bravura, seguimos encerrados en un círculo del que sólo podemos salir con otra interrogante: ¿Qué es el instinto de liberación? Hace muchos siglos, Aristóteles, en su Anatomía dejó escrito que los toros y los jabalíes son tan furiosos e iracundos porque su sangre es extremadamente rica en fibras, porque la de los toros se coagula con más rapidez que la de cualquier otro animal Traigo esta cita porque representa el primer conato de explicación fisiológica de la bravura del toro. Hoy sabemos algo más de fisiología animal y sabemos que la bravura depende, en primer término, del sistema nervioso, influenciado íntimamente por el quimismo de la sangre. Analizada con un criterio objetivista, único permitido en la psicología animal, la bravura representa un hábito específico, una función profesional con todas las características de un reflejo condicional, según la escuela de Pawlov, que mantiene la unidad estrecha entre el sistema nervioso y el movimiento reaccional, reflejo innato y adecuado a un fin egoísta, defensa del individuo, con ignorancia del fin en la acción. Sin embargo, el toro es un animal instintivamente tímido. Corresponde al ganadero hacer la adecuada selección y sentar las bases de una buena crianza. Y así conseguirá que el toro embista siempre, que sea estimulada la bravura. Habrá que pensar que la falta de bravura es entonces consecuencia de la impropia selección del ganado y también de la inadecuada crianza. El tanto de culpa hay que pasárselo, n consecuencia, al escaso rigor de los criadores. TOREROS DE PUEBLO Ramón Gómez de la Serna, madrileño universal, dedicó un bello libro a José Gutiérrez Solana, artista también universal. Solana gustaba de recrear con el inimitable arte de sus pinceles escenas taurinas. Gutiérrez Sclana describió capeas y trazó los perfiles del torero de pueblo. Y Gómez de la Serna escribía así: En las capeas y corridas celebradas- en las plazas de España no es lo importante ver cómo todos los aldeanos, raudos, bailarines, con las blusas henchidas del viento de la huida- -como si fuesen pequeñcs globos corretones- azuzan a los novillos. No hay vocación de torería en ninguno de ellos, pues son huideros más que toreros. Los toreros de pueblo son cómicos de la legua del toreo, y a veces desaparecen antes de la corrida, sin que puedan concitarles las trompetas de la plaza, que tocan a concentración, a hora de las cuadrillas, a pura guerrilla. Claudicaron para siempre esos toreros prófugos que han temido estos toros cornilargos, en cuya negrura no se sabe qué rayo se esconde. Los que quedan son unos valientes. Se juegan la vida por el jornal de un bracero y ofrecen las carnes al puñal que hiere envainado, con vaina de cuerno. Espejuelos que proyectan sobre el pueblo luce mayores como espejitos de los niños que reflejan en las paredes lejanas una lentejuela de sol. Todo el toreo vive en esos toreros del pueblo que ciegan de capotazos al toro, toreros llenos de miedos, porque saben dónde habrían de ser curados y temen más al boticario que al novillo. Todavía ruedan por esas plazas de Dios hombres- -toreros- -como los que describe Gómez de la Serna. Allí, como diría Díaz- Cañabate, se 1 hacen hombres. Luego, en las novilladas, se harán toreros. Pero si no se pasa aquella sagrada prueba del fuego...