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LA FIESTA Nia i! HOY A LAS 5 DE LA TARDE ME L M ÍJ 3 MPORADA tratar aquí de este punto. No hay tiempo ni espacio para más. Suena el clarín. La plaza está despejada. Sale el toro. Acude a las llamadas que le hacen desde los burladeros. Normalmente su diligencia obtiene a cambio un testarazo contra las tablas. Al fin, hay un peón que le debía y, excepcionalmente, alguno que le corre por derecho a una mano. E- l matador de turno no se preocupa de nada. Procura recogerle con su capote. Si lo consigue, bien. Si el toro se va, pues que se vaya. Ya están los del castoreño en la arena. Están allí donde quieren ponerse, sea o no bueno el terreno. Quien dirige la lidia nada les dice de su colocación, probablemente por ignorancia. El montado se apoltrona contra la barrera y espera de costado la embestida. No, asi no. A los toros hay que irlos siempre de frente. El bicho se acerca a ver qué es aquello. Ya está, un picotazo. A veces empuja un poco y caballo y caballero dan con sus huesos en el suelo. No hay un capote al quite. Ese bello y competido torneo de galanuras que tiene como escenario el tercio de varas e ha olvidado casi por completo. Ha sido desterrado, posiblemente por comedidad. En ocasiones lo vemos y no hay que decir que nos satisface. Pero no es frecuente. ¡Lo normal es que se sucedan las idas y venidas al caballo, por rutina. Y nos quedamos sin saber nada acerca de la bravura o mansedumbre del toro. Llaman a banderillas. Los de turno colocan los palos como y donde pueden. Pocas vecas bien. El maestro, normalmente, sigue sin querer saber nada del asunto. Incluso da la espalda a lo que en el ruedo sucede, ocupado en la operación de hacer gárgaras. Todo esto es, naturalments, un caso extremo. O no tan extremo. Ce nuevo resuena el clarín. El matador coge los- trastos. Y la montera. Pidamos que no brinde al ¡público. Titubea. No, no lo hace. Brinda a la presidencia. Se respeta muy poco el brindis. Y, sin embargo, es algo muy serio. Es un ofrecimiento que debe cumplirse, no una fórmula para ganarse unas palmas, escasas y desganadas. Allá va el torero hacia el toro. Pero el diestro, que no ha lidiado, que no conoce a los teros, no puede hacer con la muleta en la mano otra cosa que esa faena estereotipada, consagrada por la rutina. Medios pases, toreo de perfil, adornos que parecen volatines circenses. Nada, de cargar la suerte; mucho de pisar terrenos que no deben pisarse. El interés se centra en alargar la faena. Sin embargo, cada toro tiene un determinado numero de pases y el torero debería darse cuenta de ello. Al no apercibirse camina normalmente hacia el fracaso. El epílogo es la estocada habilidosa, afortunada, que mata pronto. La estocada es la consumación del sacrificio, la culminación del rito. Es suerte que ha de ejecutarse a conciencia Pero muy pocos lo hacen hoy así. La corrida ha terminado. Mejor hablariamos de caricatura de corrida. Pero, ¿no es verdad que muchas veces la que hemos presenciado es ¡precisamente lo que aquí he descrito? El público sale de la plaza como lo haría del circo. Y el torero... Creo que se marcha sin haber aprendido nada. ¡Qué lástima! Andrés TRAViESI A obligada terminación de la temperada taurina, una larga temporada que se inició tímida y dispersamente apenas el año había nacido, nos fuerza a poner punto final por ahora a estos comentarios. Quizá, pasados unos unos meses, volvamos sobre el tema. Ahora el mundo taurino entra en una órbita de tranquilidad, de sosegado reposo. Incluso puede ser bueno este tiempo para hacer balance; para la reflexión profunda, para la meditación sincera. Y de este examen de conciencia bien pudiera ocurrir que saliera un firme propósito de la enmienda, subsiguiente al leal conocimiento de los vickts de que adolece nuestra fiesta, algunos de los cuales- -que no todos- -hemos puesto de relieve en estas (páginas. La mayoría de los toreros de hoy no saben ver a los toros de hoy. Y el encuentro de ambos resulta las más de las veces artificioso. Existen pocos lidiadores auténticos, de esos que saben ocupar su sitio en el ruedo, que llevan a los bichos a los terrenos más convenientes, que evitan el truco facilón de los poseídos. No hay apenas toreros que salgan a la plaza con el estoque de verdad en la mano. Parecerá mentira, pero detalle tan nimio en apariencia es fuente de muchos sinsabores, porque el tora que está igualado para morir debe ser muerto en ese preciso instante, y con el trueque de espada se pierden unos segundos preciosos: el toro se descoloca y la suerte suprema gana en dificultad. Sobre el desgobierno que se advierte en nuestros ixiedos se podrían escribir, se han escrito libros. Muy por encima vamos a