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pleno agosto el precoz pero implacable término del veraneo cantábrico. Desde la caliza eminencia se domina el extenso y lineal paisaje de la mar. Ichasuac adarric es No hay ramas, ni árboles en el océano, dice el viejo proverbio. El Golfo de Vizcaya, dos paredes del frontón atlántico, tiende su infinita alfombra verdiazul en la tarde serena de agosto. El rumor de las olas tiene algo de cantilena fatalista como el eco perdido del tiempo. Cuando el hombre mira al mar se interroga sobre su propio destino. La Creación empezó, según la Escritura, con el espíritu de Dios, aleteando sobre las aguas. Todavía ahora, después de millones de años, se oye a veces en el silencio de la noche el divino revoloteo sobre la fluctuante inmensidad. La mar fascina y subyuga al hombre que contempla en ella el origen de toda vida que ascendió rampante del océano hacia el suelo y al vuelo, en el curso de los milenios. El suero fisiológico es el recuerdo salino que llevamos en nuestra sangre, de nuestra etapa marina en el proceso evolutivo. La costa de un país es como la branquia del pez, órgano de respiración exterior. España toma su aliento por la perimetría de sus acantilados, de sus rías y de sus puertos. La tierra vasca se asoma al mundo por la mar. Del brazo de los vascos, firmes en el timón, se hicieron en las naos hispanas singladuras históricas, descubrimientos, viajes, batallas, empresas mercantiles, aventuras sin cuento. Puede decirse que, simbólicamente, la nave hizo universales a los navegantes. Son destinos que se fundieron en uno sólo, el de la Patria común. Yo me siento vasco, no por los cuatro costados, pero sí por tres cuando menos, de mi progenie. Mi españolidad se siente reforzada con esa proporción. Ni la historia, ni el paisaje, ni el sentimiento, ni la pasión política, ni la cultura, ni la solidaridad humana, pueden llevarme a otro desenlace que éste: Soy español incondicional de sangre y de espíritu. La comunidad vascongada de la que procedo, es parte integrante de la colectividad hispana. Su papel en la forja secular de la nacionalidad no fue anodino sino relevante, dada la pobreza del suelo y la reducida proporción de los pobladores. Los vascos eran pocos e indigentes, y a pesar de ello estuvieron egregiamente presentes en toda alta ocasión. Su arcaísmo lingüístico es el testimonio vivo de la España prerromana, una imperecedera prueba de su antiquísimo enraizamiento en las tierras peninsulares. La España primitiva es la España vasca y la de sus culturas paralelas, luego extinguidas. El contexto social y geográfico vascongado lo empujaba a mantenerse en la línea tradicional en materia de formas de vida y gobierno. Al entrar en España- -por imperativo histórico- las corrientes austríacas y borgoñonas, se cuartearon las libertades y las Cortes, las castellanas, primero, y las de Aragón más tarde. Con Felipe de Anjou se aniquilaron las voluntades políticas del Principado catalán. Las P r o v i n c i a s- -p o r antonomasia- -sobrenadaron a la avasalladora corriente que después el centralismo napoleónica transmitió a Europa entera, con renovados ímpetus. Dos guerras civiles en que una gran parte del país se inclinó por el Pretendiente vencido, liquidaron el residuo foral en menos de un siglo. La herida fue aquí más profunda que en el resto de España porque e! sistema antiguo duró más tiempo, te- nía más arraigo, y destruirlo costó más La costa de un país es como la branquia del pez, órgano de respiración exterior. España toma su aliento por la perimetría de sus acantilados, de sus rías y de sus puertos. Un paisaje bueno y duro para la forja de hombres de bien. sangre. Los desvíos empezaron a partir de ese momento. No hay un solo testimonio serio de secesionismo popular anterior a las rupturas de la convivencia tradicional y a la desaparición de las estructuras de la España antigua. Quien no analice ese proceso histórico y político y se deje llevar por la arrebatada pasión caerá en la simplicidad del fanatismo, tan negativo e inútil en cualquiera de sus contrarias versiones, siempre abrevadas en el pozo común de la violencia. Examinar las concausas de un clima de opinión no presupone poder eliminarlas radicalmente, y menos cuando se trata, como aquí, de un largo camino ya irrevocablemente recorrido. ¿Resurrecciones arqueológicas? Seamos realistas, amigos, y pensemos en grande. Pensemos en los problemas de hoy y de mañana, con el lenguaje y los instrumentos modernos. Miremos a lo esencial, a lo que está vivo en la conciencia de hogaño. Ni folklore a todo pasto como proponen algunos; ni tecnocracia regional en frigorífico, como sueñan otros. El problema vasco es ni más ni menos que el problema de España. Es decir, el de encontrar los caminos, las formas, las ideas, los sistemas mejores y más convenientes para organizar democráticamente, bajo el imperio de la ley, la pacífica convi- vencia de los españoles en este fin de siglo. Anochece. En el cielo ha dejado su rúbrica de vapor blanco un reactor cuyo piloto, desde su altura, otea seguramente Pirineo y Guadarrama de modo simultáneo. Por el lado de Francia empiezan los guiños del faro de Igueldo y el haz luminoso que despliega el Cabo de Higuer, mojón de la P a t r i a Desciendo del promontorio por los empinados escalones, bajo las estrellas y de espaldas al mar, como en la estrofa de Maragall. El viento terral, suave como una caricia, huele a pino, a heno recién segado y al humo de la leña verde. Por el Oriente se adivina ahora una gran claridad serena que asciende por momentos. Durante milenios fue esta luz muerta- ilargia -la norma de la vida nocturna del pueblo vasco, que veía en la Luna la deidad que regía cosechas, temporales, fecundidad y destino. Hollada por el hombre, ¿subsistirá mucho tiempo su influjo popular? Y ¿seremos acaso más felices a medida que la ciencia vaya vaciando los mitos tradicionales y analice su contenido en los laboratorios del progreso material? José María de AREILZA 19