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síls El empresario industrial es un símbolo de Vizcaya. Millares de ellos han levantado industrias grandes y pequeñas contra viento y marea. A l gunos se sienten muy perjudicados por un obsesivo criterio liberalizador en las importaciones, criterio que, según JirelIza, difícilmente se explica salvo: por las- copiosas ventajas comerciales conseguidas por las firmas importadoras, muchas veces formadas por improvisados jovencitos b i en situados, por lo visto, en la capital. EL INDUSTRIAL T IENE este joven capitán de industria cuarenta años apenas cumplidos. Su padre era trabajador manual, de especialización artesana y fabril. En la villa donde nació, que tiene antigua historia de ferrónos y cerrajeros, y por ello renombre nacional, cursó primeras letras y pasó al aprendizaje de oficio. Eran los tiempos difíciles y escasos de nuestra posguerra, agravada por la segunda mundial. Los talleres no daban abasto para suplir la demanda, pero todo eran problemas, carencias, intervenciones y dificultades. En este caso la situación se complicaba por la filiación de la familia, inequívocamente socialista. Dos hermanos se exilaron; otro murió en la campaña del Norte. El padre falleció a poco de terminarse la contienda. Quedó este adolescente cómo único soporte de su madre viviendo en su hogar, un modesto tercer piso que daba al río. Un río sucio, turbulento, sin pesca, que atraviesa el eje de la villa y que en los tormentones de invierno amenaza los bajos del edificio con el ímpetu de su corriente. El trabajador se emancipó un buen día, a sus veintidós años recién cumplidos, y se estableció por su cuenta con tres compañeros más. Un Banco les prestó lo ne- cesario para arrancar. La intuición, el empeño tesonero, la honestidad en el cumplimiento, el ingenio artesano, colaboraron al éxito. En 1960, el taller minúsculo era ya una fábrica de dos plantas y trescientos hombres. La facturación desbordaba el centenar de millones. La publicidad inunda ahora con el anagrama de los tres nombres las pantallas televisivas. Mi amigo es el gerente de la importante industria. En veinte años mal contados se hizo el milagro. ¿Milagro? Yo diría que casos análogos de distinto volumen, plazo y fortuna, pero semejantes al fin, se producen en el país vasco con notable reiteración. El industrial brota en estas hondonadas como los perrechicos después de las lluvias primaverales. Es un producto del trasfondo económico y social. Es ésta tierra de empresarios, de capitanes de empresa. El diccionario de la Lengua define a la empresa así: Acción ardua y dificultosa que valerosamente se comienza. ¿Cabe mayor propiedad en la definición? No parece sino que estuvo presente el industrial moderno en el ánimo de los académicos redactores. Arduo y difícil es, en efecto, el camino emprendido. Valor extraordinario requiere el empresario para lanzarse a la aventura. El empresario es una de las fuerzas vivas de la sociedad libre, acaso la más importante dentro del dinamismo del Estado industrial moderno. ¿Cómo se desenvuelve este joven y exi- toso empresario? ¿Cuáles- son sus preocupaciones, sus problemas? Me dice ante todo de qué modo logró auparse al nivel presente, con su palpito del mercado y de las indefinidas posibilidades que la industriosa habilidad de sus paisanos ofrece. Unos cuantos viajes a Francia, Alemania, Gran Bretaña, a la Feria da Leipzig completaron las ideas para pasar del taller reducido a la fábrica grande. Porque este gerente autodidacto vive en estrecha simbiosis con Europa, con el Continente industrial vecino, del que recibe inspiración técnica, patentes, nuevos puntos de vista sobre la organización y una bocanada de aire fresco que orea de cuando en cuando la climática cerrada de los balbuceos autárquicos y de los concursos de inventores locales. El hecho de ser europeísta práctico no le impide aspirar a un mínimo de proteccionismo estatal que requiere su industria como todas las del mundo. De ello se queja mi interlocutor. El obsesivo criterio liberalizador lo ha dejado, en efecto, ya dos veces al borde de la ruina ante la invasión competitiva, que difícilmente se explica salvo por las copiosas ventajas comerciales conseguidas por las firmas importadoras, muchas veces formadas por improvisados jovencitos bien situados, por lo visto, en la capital. La confusión fiscal y el embrollo laboral son sus otras dos lagunas decisivas. Contra ellas batalla cotidianamente para asentar r su empresa sobre base firme y esperanza 1 de futuro sobre todo. 17