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y poesía, cada día Renombrada figura de la poesía hispanoamericana, Leopoldo Lugones ocupa un primerisimo lugar en el modernismo. Nació en Rio Seco (Argentina) en 1874, y su muerte, en 1938, fue llorada por todo el mundo. Artista del verso, dotado de una facilidad asombrosa, en su Sbra destacan Lunario sentimentaV Odas seculares y Los poemas solariegos Reproducimos un amplio fragmento de su largo poema El solterón LEOPOLDO LUGONES SOLTERÓN Largas brumas violetas flotan sobre el río gris, y allá en las dársenas quietas sueñan oscuras goletas con un lejano país. El arrabal solitario tiene la noche a sus pies, y tiembla su campanario en el vapor visionario de ese paisaje holandés. El crepúsculo perplejo entra a una alcoba glacial, en cuyo empañado espejo con soslayado reflejo turba el agua del cristal. El lecho blanco se hiela junto al siniestro baúl, y en su herrumbrada tachuela envejece ana acuarela cuadrada de felpa azul. En la percha del testp. ro, el crucificado frac exhala un fenol severo, y sobre el vasto tintero piensa un busto de Balzac. La brisa de las campañas, con su aliento de clavel, agita las telarañas, que son inmensas pestañas del desusado cancel. Allá por las nubes rosas las golondrinas, en pos de invisibles mariposas, trazan letras misteriosas como escribiendo un adiós. En la alcoba solitaria, sobre un raído sofá de cretona centenaria, junto a su estufa precaria, meditando un hombre está. Tendido en postura inerte masca su pipa de boj, y en aquella calma advierto ¡qué cercana está la muerte del silencio del reloj! En su garganta reseca gruñe una biliosa hez, y bajo su frente hueca la verdinegra jaqueca maniobra un largo ajedrea. ¡Ni un gorjeo de alegrías! jNi un clamor de tempestad! Como en las cuevas sombrías, en el, fondo de sus días l osteza la soledad. Y con vértigos extraños, en su confusa visión de insípidos desengaños, ve llegar los grandes años con sus cargas de algodón. Y al dar a la niña inquieta la reconquistada flor en la persiana discreta, sintióse héroe y poeta por la gracia del amor. Epitalamios de flores la dicha escribió a sus pies, y las tardes de colores supieron de esos amores celestiales... Y después... Ahora, una vaga espina ¡e punza en el corazón, si su coqueta vecina saca la breve botina por los hierros del balcón. ¡Cuan triste era su mirada, cuan luminosa su fe y cuan leve su pisada! ¿Por qué la dejó olvidada? ¡Si ya no sabe por qué!