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MIRADOR lames Joyce Maree I Proust Pa ra comprobarlo basta advertii- el entusiasmo que algunos muestran hacia ciertas fcrmas poéticas rigurosamente incomprensibles para los de más edad, tales como la pessía letrista y concretista, según se manifiesta hoy- -por citar ejemplos americanos- -en las revistas Posto de Río de Janeiro y Diagonal de La Plata. Así también el caso de las íormas novelísticas que antes que nuevas yo llamaría experimentales. Pero aquí acontece un hecho sobremanera curioso. Es que, salvo excepciones, sólo encuentran más apologistas que lectores. Recuerdo a este propósito la confidencia que el director de las Editions de Minuit me hizo hace poco en París, rafiriéndese a sus poulains o sea a los autores del nouveau román Son los escritores de quienes más se habla y aquellos t ue paradójicamente menos se venden... ¿Per qué sucede asi? Tal pregunta exigiría la respuesta a una cuestión previa. ¿Es riguresamente posible una novela experimental? La poesía puede escribirse para unos pocos. La pintura, la escultura, aun en los casos abstractos o no figurativos de mayor incomunicabilidad, pueden tener sus admiradores y compradores. Pero la novela debe escribirse fatalmente, en el sentido de necesariamente, siempre cara al lector y no dándole la espalda. Los ejercicios o experimentos- -no nos engañemos- -únicamente suelen ofrecer interés para un número de lectores qeu tanto podemos llamar estragados como superevolucionados... ¿Quiere ello decir que lá novela, género de actos cumplidos más que de intenciones o proyectismos, deba estar condenada a una ilegibilidad absoluta o. al menos, a ser pasto de unas minorías inverosímilmente exiguas? La eliminación radical, en muchos casos, de los elementos que canónicamente se consideran de modo imprescindible novelescos: la psicología, los caracteres, la trama orgánica, suele ocasionar a la novela muy graves quebrantos. A quien le interese conocer objeciones de detalle sobre las nuevas formas narrativas yo le remitiría a ciertas páginas de Ernesto Sábato en El escritor y sus fantasmas o bien, como testimonio más reciente, al libro conjunto Coloquio sobre la novela publicado en México, o finalmente al artículo de Ignacio Iglesias Novelas y novelistas de hoy inserto en él número 28, París, octubre de 1968. de Mundo Nuevo Podríamos plantear de otro modo la cuestión hablando de la pugna violenta entre minerías y- masas, al observar inquietante contraste que se advierte entre la extensión cada día mayor de los mass- media y el estrechamiento de la accesibilidad en ciertas formas de arte minoritarias. Lo popular, y aún lo populachero, parece invadir las técnicas enfocadas haeia el gran público. Y, en el plano opuesto, también parece advertirse una rarefacción en las obras de mínima amplitud pública. ¿Qué solución tendrá, al cabo, este dualismo, este dramático enírentamiento entre conceptos tan antagónicos? Entiendo que será menester esperar aún algunos años para asistir a la desembocadura final. Pero en cualquier caso, y por lo que se refiere al género que ahora nos ocupa. la narrativa, bien puede augurarse que el poderío de la novela -per decirlo con el título de un libro de Eduardo Mallea- -no perderá terreno fácilmente, pues responde, en suma, a un apetito incoercible por parte del lector para rebasar las lindes del mundo cotidiano: no tanto a una evasión de la realidad como a un afán de concentración en su más auténtica verdad, traducida imaginativamente. Guillermo de TORRE