Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
¿rw. Carta de Maroel Proust a la condesa de Noaille, en 1905. FORMAS DE LA CRISIS EN LA NOVELA S E habla cuantiosamente de la decadencia de la novela. ¿Decadencia? Decadencia tanto como transición son dos términos multívocos, si no más bien inexpresivos al cabo, que, por mi parte, mirando la historia de la literatw- a con perspectiva de siglos, siempre me resisto a emplear. ¿Por qué? En primer término, porque ninguna de las dos voces puede nunca asumir un valor absoluto. Deben relativaijee y pAierse entre paréntesis dubitativos. Bízantinismo, Alejandrinismo. f u e r o n épccas no estériles, antes bien- muy colmadas, a semejanza de las que en nuestros días han representado todos los ismos de vanguardia, a partir del futurismo, el expresionismo y Dada. Las épocas áureas de plenitud apenas existen, miradas de cerca, con lupa, puesto que en ellas aparecen siempre desniveles muy sospechosos. En cuanto al término transición también es discutible, pues ¿qué época, por aislada que parezca, no marca un punto de enlace o continuidad entre la anterior y la subsiguiente? Acercándonos ahora con apuntaciones muy sintéticas a la novela de los últimos lustros, la cualificación del estado que le corresponde es la de crisis. Esto es, ser uno de tantos productos o expresiones de una crisis en todos los órdenes de la vida y de la cultura donde se debate el mundo desde hace años. Si en la novela parece hoy más visible y extensa que en otros órdenes, ello se debe al hecho de que había sido el género inmune a las subversiones que otros géneros literarios experimentaron desde las primeras décadas del siglo. No haya dudas sobre este punto. Recuérdese simplemente que todas las transformaciones más radicales, a partir del romanticismo, tuvieron expresión en la poesía. O, dicho más exactamente, fueron las artes plásticas las que adelantaron el paso. Y lo que hace la novela es adaptar ahora, o llevar a un piano de divulgación, procedimientos y cambios de linaje poético. Un antecedente curioso en este aspecto- -y en. el cual hasta ahora no parece haberse reparado- -está en el influjo del futurismo que, por momentos, se advierte en el Ulises de James Joyce, cosa nada extraña al cabo, pues su autor vivía a la sazón cuando compuso el libro, en Trieste, y allí pudo leer al día proclamas y libros marinettianos. Habría, pues, que proceder con mucha cautela al intentar averiguar la presunta originalidad de la llamada nueva novela vista en su filiación y enlaces. Del mismo modo, sería necesario actuar con. rigurosa medida crítica en la valoración que tales obras nos susciten. Negarse abiertamente mié ellas es tan inocuo, a la postre, como aceptarlas sin más, y, sobre todo, incurrir en las apologías fáciles que algunos le rinden o los propios autores se prodigan mutuamente. Habría que buscar su motivación última en un fenómeno que rebasa el plano de lo literario. Y es el avance arrollador ds las nuevas generaciones de productores y consumidores de todo el mundo. Porque indudablemente hay una apetencia de originalidad en el universo. Así como antes se rechazaba sistemáticamente todo lo que ofreciera perfiles insólitos, ahora se acoge y celebra sin tasa. Julián Marías lia señalado, con el tino que siempre le distingue, el avance incontenible de las juventudes, en proporciones antes no conocidas, motivado, en primer término, por lo que se llama la explosión demográfica y después por su disconformidad ante las actuales formas de vida y de la cultura. De ahí el fenómeno de los hippies y otros conexos, entre los cuales pudiera incluirse el gusto por todo lo nuevo o. al menos, por lo que difiere con radicalidad de lo inmediatamente anterior.