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Sinvavsky y Daniel, en el banquillo, por publicar en el extranjero. ta de su propia obra, sea admisible, es necesario que en ambas etapas de su obra- -cuando llamó blanco a lo que ahora llama negro o gris- -haya procedido con absoluta honestidad, de acuerdo con su conciencia, siendo leal consigo mismo. Porque, de lo contrario, en uno o en otro momento, o en ambos a la vez, nos encontraríamos con vulgares casos de venalidad que no merecen la más mínima consideración. Últimamente se está discutiendo el caso Kuznetsov ese escritor soviético que se ha refugiado en Londres por no estar de acuerdo con el régimen político de su país. Es comprensible, naturalmente, que el señor Kuznetsov esté en contra del régimen soviético y lo combata en la medida en que, a su juicio, atente contra los valores morales y materiales de su pueblo, y que si esa disconformidad no puede exteriorizarla, por la coacción del poder, dentro de sus fronteras, pretenda proclamarla más allá de ellas, para, de esa forma, li4 berar su conciencia y ser fiel a sí mismo y a sus gentes. Eso es lo que han hecho otros colegas y compatriotas suyos, tales como André Siniavski y Yuri Daniel, pero con la enorme diferencia a favor de éstos que tanto uno como otro aguantaron a pie firme sus consecuencias y fueron a parar a un campo de concentración, mientras que Kuznetsov no fue capaz de airear su protesta hasta econtrarse a salvo de cualquier represalia, tras un largo contubernio con el poder. No es eso sin embargo lo más grave, con serlo mucho, sino que Anatoli Kuznetsov haya dicho lo que sigue: Yo declaro solemnemente que Kuznetsov es un autor deshonesto, conformista y abandonado. Renuncio a ese n o m b r e Quiero ser un honesto escritor. Todo lo que ahora publicaré será firmado por A. Anatol. Anatoli Kuznetsov pudo hacer dos cosas: o seguir el ejemplo de Siniavski y Daniel o callarse, es decir, dejar de ser escritor para los demás, renunciar- -desde el principio y no ahora- -a los privilegios del status del escritor en la U. R. S. S. dacha distinciones y bienes materiales- -y ponerse a trabajar en cualquier otra actividad menos distinguida, como hacen millones de hombres en el mundo; escribir para sí y esperar, como seguramente hacen otros muchos escritores anónimos en su país. Pero Kuznetsov adoptó la postura más fácil y cómoda, la de venderse. Aceptó todo lo que le daban a cambio de prostituirse, así durante muchos años, y luego, cuando, valiéndose de las influencias que le valían su vilipendio y su degradación, pudo salir al extranjero, se quita la careta, si careta fue y no verdadero rostro, y canta la palinodia, sin riesgo personal y agravando la situación de quienes, más sinceros y consecuentes, dieron la cara y penan por ello. Kuznetsov no es un arrepentido. No es el hombre que, tras un riguroso examen de conciencia, se da cuenta de sus erro res y los confiesa valerosamente, contri viento y marea, pase lo que pase; no. Kuznetsov mintió, prevaricó y engañó a sabiendas de lo que hacia, consciente de la gravedad de sus actos. Claro que ahora promete enmendar su conducta- ¡no faltaba más! pero, ¿quién puede creer al hombre que durante tanto tiempo se profesionalizó en la venta de mentiras? ¿Cómo se puede confiar en quien dejó a sus compañeros en la estacada? ¿Mintió entonces o miente ahora, o sigue tejiendo una interminable cadena de mentiras? Entonces, ¿qué busca Kuznetsov con su fuga, su retractación y sus propósitos de enmienda? ¿Acaso ha vuelto a venderse al mejor postor? No es posible penetrar en el interior de su conciencia, pero aun concediéndole las mejores intenciones, aunque él pretenda matar a Kuznetsov en Londres, sus libros- -de los que reniega- -s e g u i r á n manteniéndolo vivo en la U. R. S. S. porque el escritor vive en sus libros y no en sus peripecias personales ni en su mezquindad física. Por otra parte, aunque honradamente busque tan sólo darnos un testimonio auténtico de lo que pasa en su país, resulta inútil su aventura, porque su testimonio nace con un vicio que lo invalida a los ojos de cualquier hombre honrado. Y esto si que es dramático: ser tránsfuga para nada.