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D LAJ crónica semanal de las letras Por Ángel María de LERA S EK escritor es responder a una intima llamada. Por consiguiente, no es escritor quien Quiere, sino quien puede, y, por la misma razón, no se puede obligar a nadie a serlo. Puede darse el caso de que al escritor no se le permita expresarse libremente con arreglo a los dictados de su conciencia. Ante esta limitación coactiva, el escritor puede optar por callarse o por escribir aquello que sin ser todo lo que piensa sea, al menos, parte de lo que piensa y que, sobre todo, no esté en pugna con lo que intimamente siente. Lo que resulta inadmisible, y sustancialmente deshonesto, es que un escritor escriba al dictado de otra persona- -sea ésta poder político, económico o religioso- -aquello con lo que disiente y contra lo cual clama, desde lo más hondo, su conciencia. El tipo que se presta a esta suplantación podrá ser cualquier cosa menos escritor, aunque su nombre figure en las enciclopedias, antologías e historias de la literatura oficiales. Ya sabemos que en todas las épocas el escritor es un elemento generalmente discordante del contexto social en que vive. Su inevitable postura criticista- -para decir que todo está bien no hacen falta escritores, sino jefes de relaciones públicas o técnicos de publicidad- -le hace estar chocando constantemente con el establecimiento porque toda sociedad, la que sea, aun la mejor intencionada, peca muchas veces por defecto o por exceso. Porque en toda sociedad se cometen injusticias y porque toda sociedad es susceptible de perfección, de evolución, de decantación. Naturalmente, el escritor molesta porque es la voz de la conciencia colectiva; a veces, un fiscal implacable que acusa y exige reparaciones, y, siempre, el tábano inoportuno que interrumpe el sesteo de los satisfechos. En todo caso se atrae los rayos de Júpiter. Ello quiere decir que el poder le vigila, lo mira con prevención y, en determinadas circunstancias, trata de quebrarlo o de corromperlo. Por otra parte, el escritor suele estar tan entrañablemente vinculado a su pueblo que, cuando se desprende de él, es cerno una cascara vacía. Claro que el escritor es falible y, de hecho, se equivoca muchas veces, pero en esa su actitud vigilante, en su simbiosis con el pueblo y en su condición de incorruptibilidad radican su fuerza y su razón de ser. También el escritor evoluciona como tal, en sus ideas y en su estética, y puede que al cabo de los años se avergüence de su obra anterior, como cualquier hombre puede arrepentirse de lo que considera errores pretéritos, sin que la última postura signifique, objetivamente, que se equivocó entonces y acertó después, ni tampoco lo contrario, porque se trata de reacciones meramente subjetivas. Pero para que tal posición, digamos revisionis- Pasternak con los suyos