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iutt J la pregunta del inglés pidiendo alguna aclaración contesta el mocito interrogado, en un andaluz cerrado, con fuga de eses, incomprensible ihasta para los de ola- as comarcas españolas. El coso madrileño enseñó a los provincianos el empleo de los engolados alguacilillos, con empaque austero y filipino. Al abrir ellos el desfile disparan los kodaks. Sale el primer toro, que, para regocijo de los turistas, les muestra una de sus gracias no anunciadas. Con soltura de concursante hípico, salta la barrera. Nueva descarga de aparatos fotográficos. Barrena el picador con su puya, que, aunque solitaria, vale por tres. Montera en mano, el matador implora compasión para la bestia. Fue él contratado para matar y su picador parece pretender reemplazarle. El banderillero de turno, para no superar al varilarguero, se contenta con prender medio par. De uno en uno llegamos a la suerte suprema, en la que el maestro nos compensa de aquella parquedad de tentativas, con múltiples pinchazos y desgraciados amagos de, descabello. La música no se hace rogar, y como los provincianos queremos sacar el máximo provecho de lo que nos nacen pagar, el espectáculo discurre entre (marchas y pasodobles, y, como sucede con el ritual actual de la misa, los ofi- ciantes no nos dejan un instante de sosiego para el recogimiento y la concentración. Hay un diestro portugués que todo lo hace bien; pero sin salero. Se parece a aquel príncipe que todo lo aprendió en los libros. Las chicas de ojos azul cobarde, que también estudiaron la tauromaquia en los folletos, agitan sus foulards multicolores, pidiendo la oreja para el matador. 1 presidente tiene consigna de complacer al turista y, sin resistencia, otorga el trofeo. El rico bombón helado, más duro que el turrón de almendra grita un vendedor ambulante, que busca un aliciente en la evocación. La empresa uniformó a los acomodadores con guayaberas de fina tela blanca, del más puro estilo filipino. Para darle sabor estival, el puntillero viste chaquetilla blanca y se cubre con gorra del mismo color; de las que usaban los automovilistas de la época heroica. Los extranjeros no han dispuesto (la corrida sólo dura una hora y cuarenta minutos) de tiempo bastante para cansarse, ni el choque de la emoción les ha llevado a sentirse mal, y, sin darse cuenta, aguantan toda la lidia. Es verdad que nos la sirvieron en dosis homeopáticas. El tercio, de los dos primeros tercios. Una sola puya. Una banderilla solitaria. Al entrar, como es de regla, en el mes de la cosecha, nos hicieron pagar 10 pesetas por cada almoha- dilla; el doble qus en el vilipendiado Madrid. Al salir, otro vendedor ofrece carteles, de media talla (como los toros) de viejas corridas, que los turistas enrollan como valiosos diplomas. Per fortuna, al abordar la flamantg carretera general, ancha y asfaltada, hay un semáforo, tal vez el primero y en período de prueba, al que el guardia de servicio desprecia, para imponer su criterio. Esta falsa autopista, sin luces de ordenación, faja lateral para los viandantes, ni pasos elevados o subterráneos para los pobres mortales que pretneden ir de un lado a otro, en la que los vehículos circulan a 100 kilómetros por ñora, ofrece más riesgo para los que la utilizan que el ruedo de la coquetona plaza turística, sin solera, para los toreros afamados. Gracias a los altos precios de sus localidades los toros aquí conservan uno de sus más destacados destellos: el rumbo. No puedo privarme de evocar aquella frase feliz que el agudo ingenio brasile u emplea al referirse a las cosas que se hacen para mostrarlas con alarde más que para disfrutarlas con gusto. Esta novísima plaza turística fue hecha no para recreo de los aficionados, sino para inglés ver CASA ROJAS