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EDITADO PRENSA SOCTED A D M A D R POR ESPAÑOLA, ANÓNIMA I D FUNDADO EN 1906 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA UANDO don Diego de Saavedra Fajardo U e g ó, en 1644, a Münster para la conferencia de paz general estaba el Congreso de la cristiandad, promovido por el nuncio apostólico, muy avanzado en sus largas e íntricadas sesiones. La ciudad era entonces de las más bellas de Westfalia, con sus fachadas triangulares escalonadas, sus torres agudas y sus góticos soportales. Se había convertido el viejo burgo monástico en hervidero de intrigas, de maquinaciones, de rivalidades, como acontece en el negocio de los arreglos internacionales. Anda la paz en las lenguas y la guerra en los corazones escribía don Diego a Felipe IV a poco de llegar. No sólo eran los plenipotenciarios como él quienes tomaban parte en las conferencias, sino los hombres de guerra más n o t a b l e s de los bandos contendientes: los Conde y los Turena, los Spínola y los Orange los que abandonaban durante un tiempo los campos de batalla y acudían a las antesalas del aula municipal en que las discusiones propiamente dichas tenían lugar. ABC REDA CCI 0 N, A D M I N I Í 5 TRACI ON Y T A L LE R E S SERRANO, 6 1- MADRID C EUROPA LOCA Don Diego frisaba en la sesentena y la memoria de sus años y gestiones como embajador volante de la Corona española por muchos países de Europa, le rezumaba en sabiduría política. No querría que se perdiesen conmigo las experiencias adquiridas en treinta y cuatro años diría para justificar la redacción de sus escritos memorables. Sus viajes constantes eran un ejemplo de lo que él mismo llamara trabajosa ociosidad En las posadas redactaba lo que pensaba en el camino, generalmente largo, incómodo, expuesto además en aquel tiempo a los azares de la guerra que iba ya para treinta añc: 3 duración o n su horrible cortejo habitual lc cií; nti incendios, de? brutalidad, de saivaji- r o y que eu Alemania era, por añadidura, guerra civil y religiosa a un tiempo. Guerreaban todos los príncipes cristianos entre sí, a despecho de parentescos cercanos. El Imperio y España contra Francia y sus aliados, entre éstos Holanda y Suecia como más importantes. Nuestra política entraba de lleno en los años dramáticos del hundimiento y de la decadencia. La inercia sostenía aún la apariencia de un poder que por dentro se hallaba carcomido en su entraña. Desde Rocroi, un año antes, la superioridad militar española quedó en entredicho. ¿Qué se podía hacer? ¿Qué se podía salvar? Don Diego Saavedra planeó un sistema que tenía dos puntos esenciales: que España hiciese con sas de la paz de Westfalia, el respeto que su figura imponía y la divertida amenidad de sus réplicas: En las negociacioHolanda la paz separada, reconociendo su nes- -escribe- -es muy conveniene mezindependencia. Y que el Imperio hiciese clar la dulzura con la gravedad y las burla paz con Suecia. De esa manera, la po- las con las veras. A su tiempo es gran tencia francesa se vería privada de sus prudencia interponer en los consejos algo dos más formidables palancas militares. de locura y, entonces, es sabiduría un desY se avendría con ello a firmar con Espropósito. Pero luego, en el silencio de paña el arreglo definitivo. su posada, cavilaba sobre la gran tragedra No era fácil ni grato negociar en Müns- de la cristiandad dividida y enzarzada en ter, donde todo era obstáculo para la re- guerras de rivalidad dinástica que acaconciliación verdadera: el protocolo, las barían siendo luchas nacionales siglo y envidias, la vanidad de los jefes militares, medio más tarde, después de la Revolula venalidad de. unps. y de otros. ¿No sa- ción Francesa y de su más ilustre viajanbía él, por experiencia, mejor que nadie te, Napoleón Bonaparte. de la fragilidad de los demás y de los Así nacieron en esta ciudad La cocaminos para allanarla? ¿No había escrito rona gótica y el opúsculo de las Locuhace poco en una de sus Empresas aquella estupenda definición: Los em- ras de Europa frutos literarios de las bajadores son espías públicos, y sin faltar horas de meditación de don Diego, entre a la ley divina ni al derecho de las gentes, sesiones del Congreso de Westfalia. Si pueden corromper con dádivas la fe de al Imperio alemán se le había perdido los ministros para descubrir lo que ma- el respeto dentro de las tierras propias, quinan contra su príncipe... La paz ¿cómo mantener allí la unidad entre separada con Holanda sí que la logró, príncipes y ciudades? Si el Imperio espaaunque no la firmara materialmente por ñol se venía abajo con estruendo en la haber regresado a Madrid, enfermo, para propia Península, en Italia, en Flandes, morir a poco. Pejro sus restantes ideas ¿cómo había de valerse r ira sujetar sus germinaron para cristalizar en la Paz de dominios allende el mar? ¿Por qué guelos Pirineos, quince años más tarde, des- rreaba Francia, gobernada por una mujer, pués de otra serie de batallas y desastres contra su propio hermano, el rey de España? Y tantas y tantas paradójica militares que parecían inacabables. cuestiones. Decididamente, Europa estaba En la Sala de la Paz, intacta, en la loca. Y de esta enajenación nada bueno Münster reconstruida de hoy, pueden podía venir, porque sin el concepto impeverse todavía los sillones de madera larial, nacido a pocas leguas de allí, en brada, como de coro catedralicio, que reAquisgrán, donde el trono blanco de Carcubren cojines de tapiz con las armas lomagno ya no servía para coronar a los bordadas de los países y ciudades presenemperadores, no podía haber, según su tes en la gran asamblea. Nuestro embacriterio, paz en la cristiandad. jador, ya reputado por sus obras literarias, Al atardecer, en los soportales de Münsfue desde que llegó un centro de interés ter, fluye hoy como una riada la joven humano inmediato por su vasta cultura. población germana que rehace su vida iespues de otras locuras de Europa, Cuentan las crónicas alemanas y írance- más tremebundas que las que conoció y criticó don Diego y que casi deshicieron por completo, entre otras cosas, la entera nación. Frente al Dom, solemne con su flecha agudísima apuntando al cielo, queda un trozo de la vieja edificación insertada entre las estilizadas fachadas nuevas. Una inscripción bajo la ventana en alemán arcaico reza así: Pido a Dios que conceda a cuantos conocí, lo mismo que ellos me dieron. Pienso que la vena irónica y escéptica de don Diego Saavedra Fajardo sonreiría para sí al leerla, cuando marchaba todos los días camino de la FrieMADRID, 2657802- BARCELONA. 2305838 densaal. VALENCIA, 272826- ZARAGOZA. 250862 Fábrica, Santiago de Compostela. José María de AREILZA