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A LAS 5 DE LA TARDE FIESTA DE TOROS EL ESPECTADOR rero? Y relata: íbamos- -a los cercadosde los toros- -unos cuantos, a la hora del latín o las matemáticas. Como quien deposita monedas acuñadas en la memoria, dice los nombres de los amigos, y luego sigue: También, de cuando en cuando, se nos añadía un gitano apodado la Negrita algo mayor que nosotros y que contaba con nuestra admiración por haberse tirado al ruedo en una novillada y terminado en la cárcel. La corrida, pues, es un sport un empeño rociado de gracia. Con el tiempo, la participación efectiva del contemplador va tornándose difícil: la asistencia masiva, la edad de las reses, la formalizaron del festejo... La intervención se realiza ahora por las vías de una implicación psicológica; hay un palpito tendido del toreador a las gentes de los tendidos. Torear es hacer geometría, si bien mane- jando unas líneas difíciles que están do- tadas de voluntad propia, de ordinario caprichosa, y sólo con alguna potencialidad para comportarse ordenadamente c o m o rectas, arcos de circunferencia... Pues bien: el público de toros entraba de lleno en el problema, ideaba sus propias figuras geométricas, no coincidentes a veces- ¡y de aquí la pasión! -con las que traza en la arena el lidiador. es aburrida puesto que carece de suspense, de misterio, excluye la participación activa del espectador que preconoce el desen ¿Y qué ocurre en el momento presente? lace. Pues que el público de toros se convierte en espectador puro, pasivizado en un todo. En cierta películo de Ingmar Bergman Va a asistir a la corrida predispuesto a, y exigiendo que se le brinde un espectácu- una mujer, -de corte- -anímico, obviamenlo perfecto. Este enfoque es importante: te- -característicamente sueco, dice al propuede radicar en él la etiología de la en- tagonista: Viejo sátiro, declarado bribón, fermedad de la fiesta. El espectador, pre- imperfecto: ¡pero tan humano! Sin exviamente a ponerse en camino hacia la tremar la nota, la observación rezuma fiplaza, ha configurado mentalmente el pa- losofía, aunque no sea ciertamente nueva. trón de una representación taurina proto- La imperfección no es divina, pero es muy típica. Cumpliendo exigencias del rito do- del hombre. Forma, en cualquier caso, el minical, este espectador ha elevado la ten- presupuesto y el escudero permanente de sión de sus arterias, y su exuberancia la- la aventura humana. Conseguido lo, pertina por tanto, con café y copa; el puro fecto ya no queda nada detrás- -desde nuesle adentra en un mundo ligeramente azul, tra perspectiva- sino el inmovilismo, el apenas mórbido, delicadamente impreciso: tedio, algo en suma muy similar a la lleva un clavel rojo o añil- ¿y por qué esta muerte. mixtificación? -en la solapa; y, a poder Y esto es, tal vez, lo que ocurre en el ser, el brazo de una mujer reptando en torno al suyo. El espectador se arrellana mundillo taurino. como en cualquier merEn en su localidad. Y comienza el festejo, una cado, esta fiesta, ley de la demanda. Por vez que el clarín ha calentado el cristal tanto, prevalece la o cambia actitud de una tarde diáfana. Y bien: ¡Dígale hoy que quedael espectador porvenir la la fiesdescrita de a ese ciudadano que es sensible a diario ta es opaco. El giro o elobligado: no se traes a la necesidad social de mejorar de auto- tará de asistir a un ballet repetido, de móvil, que tiene en circulación diez o quin- coreografía milimetrada y sabia, sino a una ce letras de cambio, que aspira a un cha- partida de ajedrez, o un puzzle imprevilet en El Plantío, que remonta el escalón que atender repetido de los expedientes administrati- sible. Habrá, en consecuencia, toro enigma. a la lidia que buscar el vos; dígale usted que participe en la co- Para lo cualy se requiere, nada más y nada rrida, que se implique en la lidia del ma- menos, que mudar al espectador en aficiotador, que tome posición y partido! Por favor, a mí déjeme de complicaciones. Yo nado- ¡como los soñadores chavales que describe Alberti! complicándose en la he venido a ver: a ver la faena soñada. incertidumbre de la corrida. Si piensa que Mañana será lunes. Me urge disfrutar. también en un toro entablerado, o manihuido, o bien que derrote alto Y lo curioso es que la faena soñada se fiestamente en la embestida hay posibilio se produce con frecuencia. En mi opinión, dades frene de diversión es que está en vías de nunca en la historia del toreo se ha logra- regeneración. supone do la actual perfección plástica, se ha di- ciento ochentaPero ello algo así un giro de grados; como aplibujado tan fácilmente el natural o el de car a la fiesta con su permiso señor pecho (sin forzar: otra cosa sería un es- Sarsaranch, el slogan deportivo contafuerzo) Y quizá nunca el toro haya sido tan cabalmente bravo, tan moldeable en mos contigo un todo a los proformas del matador. La Planteamiento muy sencillo en apariencorrida se muave, pues, por unos cénit Üe cia, pero tal vez irrealizable sin una amplia belleza- -diría, desde ahora que estática, pe- reconsideración de las bases que sustentan ro no anticipemos la trama- -insospecha- a la sociedad actual. dos en otras épocas. Y bien, ¿qué ocurre? Que esa perfección Santiago ARAUZ DE ROBLES LGO ocurre en el mundillo taurino. En los mundillos en cualquiera de ellos, siempre está acaeciendo alguna cosa: esos movimientos viscerales, ese jadear afanoso que soportan al espectáculo que se ofrece al público. Pero ahora- -pienso- -no se trata de la biología, sino de la patología. El cuadro clínico es ya sensible incluso al hombre de ia calle, que percibe indicios que le han sorprendido. El aforo de, las plazas no se cubre, y, en consecuencia, los tendidos aparecen flaccidos, con intersticios, cuando lo que les va es la prietud humana la amalgama cromática, el recocimiento de colores, calores y voces gra- to a los pintores impresionistas del talante de Roberto Domingo, Casero o Martínez de León. Los empresarios no dicen bien de- los toreros, ni éstos de aquéllos, ni los ganaderos- -quizá- -piensan lo mejor de unos ni de otros aunque rumien en silencio sus quejas, memoriales de sinrazones sufridas en la realidad o sn la imaginación. Palomo y Cordobés provocan un cisma, con lo que vuelven a mostrarse a la masa con la frescura sugestiva de los espontáneos. ¿Nostalgias de juventud? Y se buscan responsabilidades por tragedias pretéritas, cuando es el asta- -el asta sólo- -la que rompe el camino de la médula o abre en flores las arterias. Son muchos cabos sueltos, pero con cierta paradójica coherencia. Algo, a no dudar, no anda bien. ¿A qué, o mejor a quién, es imputable la crisis? Diría que al propio hombre de la calle en su condición de espectador, a pesar de que parece asombrarse de ella. Se admite ya como paradigma que nuestro tiempo ha producido un hombre abrumado no tanto de trabajo, con ser excesivo, como de ansias, en alienación, y que se mueve por ello entre las paralelas próximas del trastorno neurovegetativo y d l infarto de miocardio. Esta persona arriba al fin de semana con la necesidad sentida, y casi obsesiva, de divertirse. Es curioso tal sentimiento de la obligación de esparcimiento. Se tiene consciencia de haber logrado unas escasas horas volanderas, un tren- -vagones de verbena- -que no volverá a pasar hasta dentro de seis días. Por consiguiente, se vive una nueva angustia la del divertimiento, de cuyos segundos se es avaro. Tépico, ciertamente; pero, matizando, verdad tópica. El público de toros no ha de ser ajeno, obviamente, a esta generalizada actitud psicológica. La corrida comienza siendo una participación colectiva, una especie 4 e party arriesgado, siempre sangriento y, a veces, no sólo en un sentido. Es fiesta donde actor y testigos no están diferenciados; éstos casi sin salvedad, se precian de tomar parte en la función. Por ejemplo: Quevedo dedica un soneto al toro al que dio muerte el Rey Felipe IV. Todavía, en las capeas, los mozos corren al toro, o son corridos por él, lo que también sucede con frecuencia; y el público asistente- -desde carros, balcones o portales- que conoce a los protagonistas, se identifica en ellos y coparticipa de sus lances atrevidos o hilarantes. Rafael Alberti se pregunta, al describir su niñez en prosa: ¿Qué verdadero niño andaluz no ha soñado alguna vez en ser to- A