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A LAS 5 DE LA TARDE ONTEMPLABA yo a las invitadas de 1 mis hijas y mil pensamientos pasav ban por mi cerebro. No cabe duda que el nivel de vida de los españoles ha ido subiendo día por día hasta llegar a una altura nunca superada, pero quien más se beneficia de este aumento de nivel es la juventud. La juventud de hoy tiene las suficientes cosas a su alcancs para sentirse feliz. Si pudiesen comparar su situación con la generación anterior: juguetes de todas clases, baratos o caros, pero muy bien hechcs; dinero en abundancia, proporcionalments a su posición; viajes, coches suyos y ajenos, libros, televisión, etcétera. Yo recuerdo que todo mi haber en metálico hasta que terminé la carrera era una cantidad con la que tenía justo para transportes y el bocadillo de media mañana, y como yo, la inmensa mayoría de mis compañeros, salvo, claro está, algún que otro privilegiado. Las niñas estaban locas de contento con sus invitadas: dos japonesitas monísimas, compañeras en un pensionado, muy bien educadas, respetuosas y afables. -Papá. -decía mi hija mayor- tenemos que enseñarles todo lo que podamos de España, pues ellas dicen (las japonesas) que todo lo que han leído y oído de España les entusiasma y que en el Japón nuestra Patria está considerada como un país exótico y de ensueño. -No digas disparates- -terció la más pequeña de mis hijas- si toda la vida se ha considerado que el país exótico es el suyo. Nos echamos a reír la ocurrencia y se armó una gran discusión: unos querían que las lleváramos por el Sur; otros, el Norte, y todas hablaban a la vez. -Hablad como en las comedias- -dijo otra- unas a continuación de otras. Una vez que se restableció la calma les hice comprender que en un mes no se puede enseñar toda España y que era mejor que hiciéramos, con toda calma, una espscie de programa, seleccionando aquello más importante dentro de acción familiar. Le pedí a la mayor de mis hijas que les tradujera a las japonesitas, que no hablaban más que japonés e inglés, y a medida que se lo iba traduciendo sus rasgados ojos se abrían de entusiasmo y alegría. Cuando se tiene un país como España, tan lleno de riqueza monumental y de tan grande y variada belleza, se siente un orgullo y una satisfacción imposible de explicar, pero fácil de comprender para cualquiera que haya estado en caso parecido. Corrieron todo lo que se puede en tan peco tiempo: museos, El Escorial, Aranjuez, Valle de los Caídos, Segovia, Toledo, Burgos, Córdoba, Sevilla, Granada, Jaén, cortijos y, ¡cómo no! su corrida ds toros en la plaza de Madrid. Las jóvenes japonesas estaban entusiasmadas y tan agradecidas que llegaron a besarme como mis hijas, cosa que al parecer no es costumbre en su país. Todo marchaba sobre ruedas, todo lo miraban con gran atención y a veces se hacían repetir las explicaciones. Tiraban fotografías a docenas y yo veía con placer su alegría y satisfacción. La corrida da toros fus, desde nuestro punto de vista, muy mala; pero para ellas fue curiosa y completa, ya que en ella hubo de todo: sol, colorido, dos toros saltaron la barrera muy cerca de donde estábamos, otro lo echaron al corral con la consiguiente salida de los mansos... en fin, que salvo que no hubo toreo la corrida no pudo ser más completa. Y aquí empezaron las dificultades: les entró la afición y se hacían traducir las crónicas taurinas. Tomaban mil notas y nos abrumaban a preguntas que nos dejaban perplejos. ¿Qué quiere decir ¡ole! ¿Y morlaco Y querían que se les explicara la traducción de toda la jerga taurina. Traté de ilustrarme en los diccionarios sin conseguirlo, pues el significado de estas palabras en ellos, tan familiares para nosotros, no era suficiente y nos quedábamos confundidos al darnos cuenta que nosotros tampoco lo sabíamos. Por ese tiempo había recibido un interesante y ameno libro dedicado por su autor (1) que dedicaba unos párrafos a esta materia y que me resolvió el problema. Es evidente que los toros en España son mucho más antiguos que la invasión árabe, y que la palabra ole no puede derivar, como dice el Diccionario de la Lengua, de Wa- illach Ole quiere decir en vascuence gusto, complacencia, con sus compuestos olski a placer, a gusto, y olerki poesía, que deben ser parientes lejanos del olbos griego, que significa feliz, afortunado. Según este autor, morlaco como se suele llamar al toro, sin saber lo que decimos, es una corrupción de la palabra vascuence miur- 1- ako que quiere decir de puntas retorcidas. También se suele llamar al toro de lidia burel que no tiene significación al- guna en castellano en relación con el toro, y sí en vascuence, pues bur- ele quiere decir ganado de testuz o de cabeza. En el campo, la garrocha con que se acosan los toros es en vascuence, aga- eroxtza es decir, el palo largo para hacer caer. Cuando un toro está manchado de un color sobre otro se dice que es berrendo predominando el color sobre el que se extiende la mancha, y basta con especificar el color de ésta y decir, berrendo en negro o berrendo en colorado; esta palabra nada dice en castellano y sí en vascuence, de birridu que quiere decir esparcido, disperso. Y gracias a este sorprendente libro pude salir del paso ante las preguntas de mis jóvenes japonesas, que anotaron cuidadosamente todo lo que se les dijo, muy agradecidas. Confieso que la lectura de este libro me dejó confundido y preocupado, pues la tesis que sostiene abre nuevos e insospechados caminos para la etimología de nuestro lenguaje. Juan COMENGE fl Da Gran Marcha I! riea -José Luis Comenge.