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Córdoba de Alhanquem Et, qus se inscribe en el siglo X de nuestra historia, ofrece la libre floración, p e r m i t i d a y ayudada por un espíritu atraído hacia todos los rumbos del sabar de su tiempo, sustentado por el más tolerante y el más liberal de los califas españoles. Establecida relación entre los españoles y la cultura islámica oriental, desde la segunda mitad del siglo VIH, cuando Abderrahmán I contuvo la ruina del Islam en la Península, Córdoba, luego de sufrir las convulsiones que tanta sangre hicieron correr por sus calles en tiempos de Alháquem I, el de Abderrahmán II vio iniciarse el desarrollo de suntuosidades fastuosas, alentadas por los califas con el afán de vencer en el cultivo de las letras a los soberanos de Damasco y ds Bagdad. E nacionalismo bullidor comprometió H más adelante esa orientación, pero Abderrahmán m desplegando una política fuerte, mantuvo a raya a la aristocracia y supo lograr que los estímulos intelectuales se coronasen de nuevo en los días de Alhaquem II. Si todos estos califas cordobeses sintieron entusiasmo por la poesía y se mostraron fieles amigos de los libros, ninguno de ellos lo fue como Alhaquem n cuyo califato corresponde a la X centuria. Bajo su mando vivió Córdoba el momento más brillante de los Omeyas, cuajando el empeño de máxima solidez triunfal en la producción musulmana, que tanto habría de influir en tiempos posteriores en el desarrollo de la civilización. Existía tal afán de saber en la capital cordobesa, se sentía tan inclinado a favorecerlo el califa, que se propuso reunir en su palacio la mayor biblioteca que lograr pudiese. Y no porque le guiasen, únicamente, apetencias o manías de coleccionista, ansias de bibliófilo. Al obrar tal como obraba, atendía con ello a satisfacer su propia afición, pues no caía en sus manos libro alguno que al punto no leyese. Y como inequívoco testimonio de las copiosas lecturas en que se ocupaba, Alhaquem H anotaba en hojas sueltas no sólo el nombre del autor de la obra, su título y el año en que se había publicado, sino también los datos genealógicos y el apellido familiar del autor, la tribu a que pertenecía, el año en que había nacido y el de su muerte, completado todo ello, siempre de su puño y letra, con las anécdotas que de aquel contaran las personas que le hablan conocido. Gran devoto de ¡as genealogías, lectura- favorita de Alhaquem n eran l a s biografías. ritu liberal, ansiosos de ensanchar los horizontes de su apetito de saber, se habían establecido en tierra cordobesa dotados por la naturaleza de un noble sentido de la tolerancia, pocas veces conocido en t a n ejemplar grado de convivencia espiritual con sus iguales. En ella concertaban sus ánimos la razón y las distintas religiones, capaces de vivir sin destrozarse. Cristianos, judíos y musulmanes, colaboraban con vivo entusiasmo y muy digna generosidad en un noble proceso de civilización. A pesar de estos principios, no pudo evitar Alhaquem II que, entre los grupos de estudiantes acudidos a las mezquitas cordobe- cuitar sus ambiciones de usurpador d e l trono. El edicto persecutorio que Almanzor firmara consiguió destruir la influencia lograda en Córdoba por los filósofos. Los observantes de la ley declaraban impuros a los amantes de las ciencias, y al llegar la centuria XI tuvieron los sabios que enmudecer y ocultarse. No bastando a los perseguidores la destrucción de los libros, descargaron sus iras con los edificios. Ello amplió la dispersión de alguna parte que se habia librado del fuego exterminador. Lo poco que, por verdadero müagro, se salvó, benefició más adelante a los sabios de CÓRDOBA, EMPORIO DEL SABER sas, centros activos de estudios filosóficos Para hallarse al corriente de cuanto en los pueblos orientales habia preparado y y científicos, prendiese la torva semilla del fanatismo religioso, lepra capaz de provodispuesto para darse a luz. enviaba bien car la ruina del florecimiento cultural proprovistos de áureos dinares agentes que lle- movido por las iniciativas del califa. vaban el encargo de adquirir para él, unLe sucedió al morir su hijo- Hischam, que fuese a peso de oro, cuanto libro de interés encontrasen n Persia o en Siria; de cuya voluntad se adueñaría Almanzor. esos agentes llevaban la orden de obtener Este, para tener a los imanes por amigos para su señor el primer volumen, fuese co- sumisos a su poder de favorito, ayudóles mo fuese, de lo que allí se publicaba. En- en la enemiga sentida por ellos contra totre esas victorias se sabe la obtenida con da clase de obras de filosofía, astronomía su adquisición de la famosa Antología de y otras ciencias, apoyadas en dictados de Abulfaradj, entregando mil dinares para la razón. Esos fanáticos, hez de la ciudad, conseguí: -se conociese y se leyera lo mis- invadieron un día la biblioteca tan celomo en la tierra andaluza que an el Irak. samente formada por Alhaquem II. sacaron Tenia al servicio de su biblioteca una a la calle los libros y les prendieron fuego, legión de copistas, de encuadernadores y formando con ellos hogueras en las plazas de iluminadores, sabiéndose llegó a reunir públicas. Otros libros se arrojaron a los un fondo de cuatrocientos mil volúmenes, pozos y cisternas del palacio califa! catalogados con toda escrupulosidad biblio ¿Qué objeto tenía el bárbaro Almanzor gráfica, y que el catálogo abarcaba cua- al favorecer ese vil atropello a la cultura renta y cuatro gruesos tomos. Si alguna universal? Gayangos nos cuenta, tománvez hubo que cambiar los libros, el tras- dolo del historiador Said de Toledo: prelado dio trabajo a multitud de servidores tendía aquel caudillo hacerse popular enen tarea que duró seis meses. tre la multitud, hallar así menos oposiEstos árabes andaluces, gentes de espí- ción en sus actividades de favorito, y fa- Occidente, en Francia e Inglaterra, al tomar contacto con los nombres esclarecidos del aragonés Avempace, del médico Abubeker, de Abenzar y de Averroes. Este último, nacido en Córdoba en 1126, con tanta fuerza de vivir que llegó a ochentón, procedía de una familia de jurisconsultos; su abuelo y su padre fueron caides de la ciudad. Averroes fue el primer canonista de su tiempo, empinándole los latinos en la escala de su consideración hasta el lugar en que habían situado a Aristóteles. Bekkari recoge de él una anécdota, que nos transmite Gayangos, por la que descubrimos las características culturales más destacadas de sevillanos y cordobeses. Discutían en presencia de Almanzor 2l sevillano Aubeker y el cordobés Avsrroas. cuando el segundo detuvo la disputa diciendo: Si muere en Sevilla un sabio y quieren vender sus libros, los traerán a Córdoba, donde encuentran siempre salida segura: por el contrario, si un músico muere en Córdoba, van a Sevilla a vender los instrumentos.