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y poesía cada día En la valoración crítica de la llamada generación del 27 v en la estimación de las rriás jóvenes y actuales promociones literarias gana constantemente una preferencia la figura ele Luis demuela. Renovamos hoy la presencia suya en esta vagina y ofrecemos un extenso poema que permite una aproximación a su rico v misterioso mundo. HIMNO A LA TRISTEZA Fortalecido estoy contra tu pecho de augusta piedra fría, bajo tus ojos crepusculares, ¡oh madre inmortal! Desengañada alienta en ti mi vida, oyendo en el pausado retiro nocturno ligeramente resbalar las pisadas de los días juveniles, que se alejai apacibles y graves, en la mirada, con una misma luz, compasión y reproche: y van tras ellos como irisado humo los sueños creados con mi pensamiento, los hijos del anhelo y la esperanza. La soledad poblé de seres a mi imagen, como un dios aburrido; los amé si eran bellos, mi compañía les di cuando me amaron, y ahora, como ese mismo dios, aislado estoy, inerme y blanco tal una flor cortada. Olvidándome voy en este vago cuerpo. Nutrido por las hierbas leves y las brillantes frutas de la tierra, el pan y el vino alados, en mi nocturno lecho a solas. Hijo de tu leche sagrada, el esbelto mancebo hiende con pie inconsciente la escarpada colina, salvando con la mirada en ti el laurel frágil y la espina insidiosa. Al amante aligeras las atónitas hora de su soledad, cuando en la desierta estancia la ventana, sobre apacible naturaleza, bajo una luz lejana, ante sus ojos nebulosos traza con renovado encanto verdeante la estampa inconsciente de su dicha perdida. Tú nos devuelves vírgenes las horas del pasado, fuertes bajo el hechizo de tu mirada inmensa, como guerrero intacto en su fuerza desnudo tras del broquel broncíneo, serenos vamos bajo los blancos arcos del futuro. Ellos, los dioses, alguna vez olvidan él tosco hilo de nuestros trabajados días, pero tú, celeste donadora recóndita, nunca los ojos quitas de tras hijos, los hombres, pos el mal hostigados. Viven y mueren a solas los poetas, restituyendo en claras lágrimas la polvorienta agua salobre, y en alta gloria resplandeciente la esquiva mirada del magnate henchido, mientras sus nombres suenan con el viento en las rocas, entre el hosco rumor de torrentes obscuros, allá por los espacios donde el hombre nunca puso sus plantas. ¿Quién sino tú cuidas sus vidas, les das fuerza para alzar la mirada entre tanta miseria, en la hermosura perdidos ciegamente? ¿Quién sino tú, amante y madre eterna? Escucha cómo avanzan las generaciones sobre esta tierra misteriosa; marchan los hombres hostigados bajo la yerta sombra de los antepasados, y el cuerpo fatigado se reclina sobre la misma huella tibia de otra carne precipitada en el olvido. Luchamos por fijar nuestro anhelo, como si hubiera alguien, más fuerte que nosotros, que tuviera en memoria nuestro olvido, porque dulce será anegarse en un abrazo inmenso, vueltos niebla con luz, agua en la tormenta; grato ha de ser aniquilarse, marchitas en los labios las delirantes voces, pero aun hay algo en mí que te reclama conmigo hacia los parques de la muerte para acallar el miendo ante la sombra. ¿Dónde floreces tú, como vaga corola henchida del piadoso aroma que te alienta en las nupcias terrenas con los hombres? No eres hiél ni eres pena, sino amor de justicia imposible, tú, la compasión humana de los dioses...