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ABC, M A R T E S 36 DE A G O S T O DE 1969. EDICIÓN DE LA MAÑANA. PAG. 45. ros, que alternaron en banderillas. Peralta dio la vuelta al ruedo, y Lupi cortó una oreja. Su labor fue más espectacular que torera. Toreo a caballo apenas vimos, lo que me extrañó en Lupi, al que en otras ocasiones admiré la eficacia y belleza de su hípico torear. Dámaso Gómez banderilleó al primero como ahora banderillean todos los matadores, sin apartarse de la vulgaridad. Con la muleta estuvo valiente por breves momentos, porque el toro le cogió con mucha fiereza, propinándole un puntazo leve en un muslo, que Dámaso Gómez, con pundonor, no tomó en consideración, matando al toro de una estocada. Después de la vuelta al ruedo pasa a l a enfermería. Serranito se aprovecha de las suaves embestidas del segundo, suavidad que perdió en seguida, toreando con pases asimismo templados. Sufre una aparatosa voltereta, y mata de tres pinchazos y dos descabellos, dando la vuelta al ruedo. El sexto trajo de cabeza a los banderilleros. Serranito comprendió que el toro no era tan fiero como creían los apocados peones, y con reposo y serenidad torea de muleta y acaba el festejo de un pinchazo y estocada. Pallares no logró ni un instante vencer su falta de ánimo y de valor. A ninguno de sus toros torea de muleta. El tercero se muere de tres pinchazos y tres medias, y al quinto se lo dejó ir vivo al corral. Esta tarde a las cinco media me va a parecer mentira no perderme en la arena del desierto de los toros. -Antonio DIAZCAÑABATE. El premio que concede el Club Cocherito al toro más bravo de la feria de Bilbao fue otorgado al primer toro de la segunda corrida, perteneciente a la ganadería del señor marqués de Domecq y hermanos. OCTAVA CORRIDA DE LA FERIA DE BILBAO LL DEÜ I VIAJE POR EL DESIERTO DELOS TOROS Plaza de toros de Bilbao. Un toro de don Lisardo Sánchez y otro del señor marqués de Domeca. vara los rejoneadores ion Rafael Peralta y don José Manuel Lupi, y cinco toros de don Celestino Cuadri v uno de doña María Pallares, para Dámaso Gómez, Agapito García Serranito y Paco Pallares. A las ocho y inedia de la noche del domingo cae muerto el último de los cincuenta toros que hemos visto lidiar en la feria de Bilbao. A las cinco y media de la tarde nos habíamos sentado en nuestra localidad. Tres horas de una sentada. Una sentada de tres horas no es nada bien arrellenado en cómodo sillón, entretenidos en amena charla o en deleitosa lectura. Tres horas en un asiento de cemento armado de todas las armas de dureza, sin respaldo, rodeado de gente que no para de chillar y de hablar sin fundamento, contemplando un espectáculo que nada tiene de atractivo e interesante, es, no diré que un suplicio, pero sí algo que se le da un aire. Nos abrumaba el terrible peso del tedio. Sólo allá en la claridad del cielo, brillaba una estrella. ¿Una estrella en pleno día? Era una estrella invisible para todos los espectadores. Sólo mis ojos la distinguían. Era la luz radiante que me anunciaba el final de dieciséis días de peregrinar por dieciséis corridas de toros. Como es sabido, las corridas de toros se celebran sobre la arena de un ruedo. De arena también son los más acreditados desiertos. La mayor parte de estos dieciséis días de caminar taurino han sido como jornadas consumidas por rutas de arenales desérticos, inalterables en su monotonía, sólo turbada por la aparición de algún que otro oasis en donde triunfa, al lado de un manantial nacido misteriosamente, la verde pompa de una vegetación a la que alegran plantel de policromas flores y enhiestas palmeras, que graciosa y levemente agitan sus anchas hojas. En el desierto de los toros que tarde tras tarde hemos recorrido, nos hemos encontrado, como no podía ser por menos, estos descansos físicos y del ánimo. ¿Palmeras, flores, verdura, en el ruedo de- una plaza de toros? Pues según como se mire. Tal vez un tareero puede ser una palmera; flores, los pases de una faena; verdor, la alegría del toreo. Con un poco de imaginación se arregla todo. Mas para ello es preciso encontrarse con un oasis. En el desierto de la monotonía es imposible apreciar otra cosa que la inmensidad arenosa. No conozco el desierto de Sahara. Me lo figuro perfectamente después de presenciar cerca de cien faenas de muleta tan vacías de variedad como la arenosa inmensidad. En el desierto de la monotonía taurina no hay palmeras que valgan, no hay flores que sobresalgan con su vivo colorido, no hay verdor que regocije. Arena, más arena, que ofusca los ojos ansiosos dial brinco de lo vario en la mayoría de las corridas. La última de la feria de Bilbao fue la más penosa de las dieciséis viajatas por los arenales de los toros. Ahora un avión nos planta en tres horas a miles de kilómetros, libréale Dios de asegurar que un viaje en avión es divertido. Las nubes vistas de lejos no están mal. Las nubes se entretienen en formar caprichosos y extraños dibujos, y el sol los aureola y azul los embellece. 1 Visitas de cerca son como una inmensa cantidad de algodón en rama desparramado sin orden ni concierto. Pues prefiero pasarme tres horas envuelto en algodón como si fuera un dedo con pupa, a ver ima corrida como esta última de la feria de Bilbao. Y conste que de monótona no tuvo nada, dicho sea en su honor; al contrario, abundaron los incidentes y hasta lo insólito, como, por ejemplo, el que un torero escuche los tres avisos y el toro se vaya vivo al corral. La corrida, como todas las que han salido este año por el chiquero bilbaíno, ha sido una seria corrida de toros por su gran trapío. En este aspecto, 1 que se queje es por vicio. Los toros han sido lo que tenían que ser: toros. Esta al parecer perogrullada no lo es, porque ahora por los toriles salen sucedáneos que de toros tienen muy poquito, a veces ni los cuernos. Les toros de esta última de feria, a más de presencia, tenían dureza de carácter, más genio que raza. Tan sólo uno, el segundo, embistió franco en la primera parte de la faena de Serranito Los demás, a sus dificultades naturales se añadieron las derivadas de la desordenada y muy mala lidia, por la ignorancia e inexperiencia y desconfianza de los toreros, que sucumbieron en la batalla que presentaron los toros. Porque, más que una corrida, vimos una guerra, la guerra de los toros, que siempre es ofensiva y no defensiva. Y no solamente en esta corrida. En casi todas hubo su pelea, en la que, por lo general, los toreros han llevado la peor parte. Al principio y en mitad de la corrida disfrutamos de dos treguas o armisticios. Los dos toros de rejones, a cargo de Rafael Peralta y José Manuel Lupi. Estuvieron muy lucidos y brillantes ambos caballe- CORRIDA EN MADRID UN VALIENTE CON LOS TOROS DE MAS DE MEDIA Plaza de toros de Madrid, casi lleno. Un novillo bravo, de doña María Paz Gomendio para el rejoneador don Manuel Vidrié, que cortó una oreja. Seis toros que dieron, en general, mal juego, de don Alejandro Espinosa de los Monteros para Joaquín Bernadó, bronca, aviso y bronca; Adolfo Avila El Paquiro vuelta y saludos desde el tercio, y Morencio Casado El Hencho que confirmaba la alternativa, saludos desde el tercio y ovación. Peso de los toros: 537, 588. 542, 520, 524 y 540. Ignoro el porqué de esa contumacia de la Empresa en colocar, como prólogo a la corrida, el aperitivo del toro de rejones, máxime cuándo algunos caballeros del rejoneo están más cerca de los hipódromos que de los redondeles. Se vio, una ves más, el domingo, cuando el codicioso novillete de María Cruz Gomendio alcanzó varias veces las jacas del maestrante Manuel Vidrié, que cabalgó lo suyo, clavó por los adentros y no logró nunca una buena reunión. Luego con sentido jardinero dejó la inmarchitable rosa en el morrillo de Castellano entre los aplausos de un público del agosto tierra de nadie plausible e injusto. Mató Vidrié de un buen rejón y el presidente mostró su generosidad vencido por el flamear de unos cuantos pañuelos, otorgando una oreja inmerecida e indigna de la primera plaza de toros del mundo. A este paso, con tanta dadivosidad, cortar orejas en las Ventas equivaldrá vara el rejoneo, a cuatro galopadas por los adentros y a matar de un rejón. Tras el exordio ecuestre comenzaron a salir los seis toros de don Alejandro Espinosa de los Monteaos, unos morlacos bien presentados, sosos, sin raza, con sentido, tardos e inciertos que hicieron una floja pelea con los caballos y acusaron mansedumbre. En suma: una moruchada que trajo a las cuadrillas por la calle del miedo y por la plaza de la capea; porque hubo tercios, como el de banderillas, donde la lidia El caballo del rejoneador señor Vidrié se arrodilla y así ve morir al toro. fue un desconcierto y los garapullos encontraron más veces el llano del albero que los morrillos de los toros. Confirmaba la alternativa Florencio Casado El Hencho que, apenas comenzar la lidia ordinaria, estuvo a punto de sufrir un grave percance cuando, por su ignorancia, al no llevar toreado a Novalero en los vuelos del capote éste hizo por él en las tablas del ochó. Luego, el diestro cordobés se fue a los medios y comenzó la