Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
E D I T A DO POR P R E N S A ESPAÑOLA, SOCIEDAD M A D ANÓNIMA R I D FUNDADO EN 1908 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA ABC tres de la madrugada, sin despuntar el alba, empezaba la batalla por las alas a cargo de las respectivas caballerías. Pareció inclinarse la decisión hacia los españoles y, al salir el sol, los Tercios viejos, núcleo y centro del dispositivo de Meló, tiraron al aire los chambergos saludando la aparente victoria. Pero Conde reorganizó la dispersa hueste y volvió a la carga, esta vez para deshacer la línea española, destrozar los escuadrones y poner en fuga a italianos y alemanes, que sostenían el esfuerzo, con las milicias de Borgoña, de los hombres de a pie. El jefe del estado mayor de Meló, Fontaine, noble lorenés de gran experiencia, pero enfermo e inválido, había muerto en el primer ataque. Desde las ocho ya no quedaron en el centro del extenso campo, de casi seis kilómetros de largo, sino los cinco Tercios, impertérritos, formados en cuadro, con sus lanzas, sus mosquetes y sus arcabuces. En el centro, los jefes. Velandia, Mercader, Villalva, Castellví, Garcíes... Todo el Ejército francés se lanzó para acabar con los pedís basanés los morenitos, aquellos soldados menudos, enjutos, de tez renegrida que habían forjado y detenido durante siglo y medio el curso de la historia de Europa. Conde, exasperado, quiso terminar la resistencia con fuego de cañón sobre las impasibles vietlles bandes de veteranos. El vencedor escribiría, años después, evocando el episodio: Fue una tan bella y extraordinaria resistencia que en los siglos por venir parecerá increíble. Inverosímil era todo. Las murallas humanas sostenían como fortalezas la metralla del atacante. Eran- -exclamaría Bossuet en su célebre Dis- REDACCIÓN ADMINISTRACIÓN Y TALLERES: SERRANO, 6 1- MADRID L A ruta que lleva a las Arderías desde Laon se adentra entre bosques cuando se aproxima al confín de Flandes. Todavía el valle del Mosa, especie de cuña estratégica envuelta en la espesa fronda de los hayedos y robledales, pertenece a Francia hasta el viejo portillo fortificado de Dinant. Pero desde Rocroi hacia la frontera belga, por el norte, no hay apenas una legua. Allí se adivina aún la pequeña ciudad amurallada con su foso y sus recintos, sus bastiones y galerías, como era y aparece en los grabados del siglo XVII, centinela vigilante de invasiones procedentes de los Países Bajos. Ante sus muros se presentó un día de mayo de 1643 el Ejército que mandaba el gobernador don Francisco de Meló y Braganza, dispuesto a rendir la ciudadela y anunciar con ello que empezaba la invasión Se Francia. Era el gesto, contrapunto obligado de la angustiosa situación militar y política de la España de Felipe IV, con Portugal sublevado, Cataluña invadida, Ñapóles en rebeldía. La guerra en Europa, que iba ya para treinta años, en declive para los imperiales, y el clima de resignada apatía que predominaba en la corte de los rezos y de los milagros. No era Meló un general de oficio, sino político y negociador afortunado que quiso probar la ventura de las armasTenía en Madrid buenos valedores, entre ellos el Conde- Duque y el propio Rey. Sus primeras campañas en Flandes mismo fueron victoriosas y le valieron el marquesado de Tordelaguna. Cuando Meló llegó a Rocroi y acampó frente a- la plaza con sus veintidós mil hombres no pensó que las fuerzas enemigas llegaran a tiempo para salvar a los sitiados. El. más cercano Ejército francés estaba en Amiens, a muchas jornadas, y lo manJaba un príncipe de veintidós años todavía inexperto, Luis de Borbón, duque de Enghien, hijo del general vencido en Fuenterrabía pocos años antes. Luis de Borbón, el futuro gran Conde, iba a ser con Turena el mejor caudillo militar de su siglo. Su reacción fulgurante fue traerse cuanta gente de a pie y a caballo pudo levantar desde la Picardía hasta el Mosa. El 18 de mayo ya estaba en los bosques y prados que rodean a Rocroi por el sur, desplegado en orden de batalla. Tenía poco más o menos los mismos hombres que Meló. Se avistaron los Ejércitos y chocaron sus vanguardias volantes. Al día siguiente, a las LAS ULTIMAS PICAS curso -t orres q u e tenían la virtud dereparar sus brechas. Pero no era la carne sola la que resistía, estoica, el aluvión. Eran soldados que vivían en el culto del honor, fe arrolladora que sostenía ánimo y le hacía capaz de las mayores zanas. Género de milicia excepcional sin precedentes en la historia- -escribe Cánovas- mezcla de caballeresco espíritu, fidelidad, orgullo y religión. Gente por lo regular pobre, mal pagada, austera, sobria, pero igualada en honra al más linajudo magnate. Voluntarios y aventureros, hidalgos pobres y otros que venían a rehacer su vida escapando quizá de la justicia o de la persecución y se convertían en hombre de pro al servir con una pica en las filas de los Tercios. Las picas tenían veintiséis palmos de vara y eran propiedad de cada soldado. Su construcción requería compleja sabiduría de artesano. En su manejo habilísimo y heroico se había fundado la superioridad de nuestra milicis desde el Gran Capitán. Todavía el duque de Alba escribía que un Tercio de picas no lo puede romper la caballería Pero de esto hacía ya muchos años, y en aquella madrugada de Rocroi se demostró que la antigua táctica a pie y a caballo estaba superada. Como si fuera una fortaleza mandó por fin Conde dos emisarios a pedirle a Garcíes que se rindiera con honores de castillo sitiado. Eran las diez de la mañana. Habían muerto casi cuatro mil españoles de los seis mil que formaban los Tercios. Muchos quedaron en pie, arracimados, con sus picas erguidas en la mano relata un testigo de la contienda. Los supervivientes desfilaron, con sus banderas al viento, en silencio, ante el emocionad vencedor. El campo de la lucha, que un hito modesto rememora, es hoy conjunto de praderías rientes donde pace el ganado lustroso de la cabana valona. Despojos y osamentas vacunos se adivinan en los bordes del yerbazal que ios fresnos y castaños rodean. Oú furent les grandes actions de guerre deja blanchit la machoire d áne escribió Saint- John Perse. Unos abetos gigantescos levantan us siluetas oscuras e impecables al fondo del paisaje que el sol de la tarde dora. Yo sueño que son las últimas picas que España dejó ahí en píe y que la Naturaleza en un postrero homenaje ha querido se tornen en árboles de solemne y perenne verdor. José María de AREILZA MADBIO 2657802- BARCELONA 2305838 VALENCiA. 272826 Fábrica. Santiago de Compostela