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vera, cuando ya es demasiado oscuro para hacer cualquier cosa y aún lo bastante claro para no encender la luz. Están quietas las hojas. I as flores del jardín nuslsn más fuerte y el ladrido de los perros de ganado resuena en el silencio de la Naturaleza como batido por mil tambores. La atmosfera es tan nítida, tan serena, que las imágenes se recortan desde muy lejos como agrandadas por una lente. Es cuando vuelven las ovejas a su cuartel de noche, envueltas en polvo, rodeadas de muchachos y de perros, una tras la otra, una tras la otra, y la gente, acabado su diario quehacer se sienta a la puerta de su casa para verlas pasar. Ei pudiera pararse ese momento crepuscular y dejar por un instante la escena quieta, como una fotografía, üué hermoso cuadro para los ojos de un artista: el ganado, los chicos, el polvo, los árboles, la mujer sonriente a la puerta de su hogar y el marido apoyado en el muro con su traje oscuro, el rio. la paz... Si estoy en la ciudad y cae la noche pienso en las ovejas qáe estarán volviendo, me parece ver la carretera y el río. el pastor y la gente. No hay nada más dccil que un borrego. Hala! ¡hala! -dice el pastor guiándolas de frente, y allí van todas empujándose las unas a las otras en su prisa. ¡A la izquierda! ¡a la izquierda! ladra el pequeño y malhumorado perro carea y todas dan media vuelta sin rechistar, sin reflexionar, sin pararse a pensar. Sin pararse a pensar ¿No somos nosotros los humanos, dotados de cerebro, muchas veces como ovejas? ¿Elegimos por nosotros mismos o seguimos el camino que nos marcan los otros? ¿Pertenecemos a un partido político poi convicción o porgue está de moda? ¿Cuándo defendemos o criticamos a los hippies sabemos realmente lo que es un hippie ¿Somos conservadores porque nos parece la actitud conveniente o porque lo fue nuestro abuelo? ¿Tenemos nuestro dinero empleado en una cosa porque lo creemos lo más productivo, o porque asi lo heredamos en su momento? ¿Vivimos en una ciudad porque nos gusta o nos conviene, o porque somos de allí? ¿Hemos considerado seriamente cual es el problema de la universidad y cuál sería la forma de ponerle remedio, o hablamos por hablar? ¿De verdad nos agrada hacer lo que hacemos, o es que tenemos miedo a la vida, a la novedad y a la lucha? ¿Estamos enamorados de esa chica o nos conviene? ¿Y si nos conviene porqué no nos casamos con ella por conveniencia sin mentirnos a nosotros mismos? ¿No es más fácil pensar lo mismo que nuestros antepasados que pararnos a reflexionar en que si ellos hubieran vivido en nuestra época también habrían actuado de otra manera? ¿No es cómodo vestirse como todos, opinar lo mismo que todos, actuar como todos sin pensar como nosotros mismos? ¡Hala, hala! -grita el pastor- cualquier cosa pasada fue mejor; la gente de ahora no tiene categoría; conserva hasta la muerte esas acciones del abuelito; sigue con tus ideas de nace un millón de años que nunca te paraste a desempolvar o a considerar... -y un nutrido número de hombres- ovejas le sigue sin rechistar, criticando todo lo moderno, suspirando por el pasado, renegando del progreso, de todo lo nuevo. Porque son demasiado perezosos para pensar y como nunca llegaron a adultos nunca fueron capaces de tener un guste formado, de actuar por si mismos. ¡A la izquierda! ¡A la izquierda! -ladra el carea joven- todo lo antiguo está decrépito; los listos protestan de todo, se oponen a todo; ningún orden establecido es bueno; las mujeres deben de llevar minifalda aunque tengan las pier- r ñas gordas y dos piezas por muchos michelines que les salgan en el estómago... -Y allá se va el otro rebaño de borregos tan contento: tropezando los unos con los otros por llegar antes, felices, trotando alegres sin pensar. Porque tampoco son personas mayores y sólo saben actuar como la masa, dejándose guiar por lo que dicen los demás, por lo que los demás opinan: los periódicos, la televisión, el ambiente todo. Es triste pensar siempre como los otros, sean éstos los que sean. El hombre de verdad recapacita, opina, pesa las cosas con cuidado en la fría balanza del sentido común y luego decide por si mismo. No e s reaccionario porque lo fuera su padre ni de ideas avanzadas porque lo sean sus compañeros de clase y no quiera que le tilden de anticuado. Mejor es la persona que se equivoca por sí misma, leal a sus ideas propias, consciente, adulto, que el que triunfa siguiendo los pasos de su propio rebaño, obediente a la voz de un pastor, guiado por las indicaciones de alguien sin pararse a pensar en si son o no adecuadas. SóloJMos no puede errar. El es la única verdad absoluta; los humanos todos se