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A B C S Á B A D O 23 DE A G O S T O DE 1969. EDICIÓN DE LA MAÑANA. PAG. 27 EL MITO HIPPIE EN IBIZA MILES DE INDESEABLES HAN INVADIDO LA BELLÍSIMA ISLA Viven sumidos en la degeneración del sueño artificial de las drogas HAY UNA REACCIÓN I BICENCA EN DEFENSA DE LAS BUENAS COSTUMBRES Ibiza 22. Por el grupo de información de la Guardia Civil de Ibiza han sido identificados y puestos a disposición del juez de instrucción veintiséis individuos como consumidores de drogas. El gang ocupaba una vieja casa de campo denominada Can Mata en el pueblo de San Jorge, que, según parece, habían alquilado dos de dichos individuos a mediados de julio pasado. El servicio se inició al descubrir que uno de los componentes de la banda andaba desnudo por los campos, al que siguió la Guardia Civil, hasta dar con la casa de su paraíso artificial Allí vivían sin discriminación de sexos, ocupando incluso algunas corralizas contiguas a la masía. Al proceder al registro les fueron ocupados treinta y seis gramos de diversas drogas, una pistola de calibre 6,35 sin munición, varias navajas de tamaño mayor y puñales, así como veintiuna pipas y cincuenta y una boquillas para fumar los narcóticos. La banda estaba formada por ingleses, escoceses, franceses, norteamericanos, canadienses, turcos, italianos y tres españoles. -Mencheta. Ibiza. (De nuestro enviado especial. A medida de que el avión nos acerca a ella, Ibiza se presenta como un faro de intensa luz que, emergiendo del azul Mediterráneo, deslumhra y atrae irremisiblemente, con la fuerza insospechada de su siempre sorprendente paisaje. Ibiza es, em efecto, tal y como cantara en sus versos catalanes. María- ViÜangómez, un súbito ardor de luz La mayor de las Pitiusas- -Ebusus que iuera para los romanos- -no desmiente a sus clásicos. Es, toda ella, como una maravillosa sinfonía cromática en la que el verde de sus pinos, el rojo ocre de su tierra calcinada por el sol y el purísimo azul de las aguas en que se baña, parecen fundirse en el blanco de cada una de sus características edificaciones, en el blanco de sus milenarias salinas, multiplicando así su intensidad. Una vez en ella, a ese indescriptible encanto se unen otros muchos que el visitante, quizá embriagado de tanta luz, va descubriendo al recorrer sus campos o bien, ya en Ja capital ibicenca, al adentrarse por las trepantes callejuelas que son y continuarán siendo por muchos años el corazón de la minúscula ciudad... Con pena, en esta ocasión, hemos pasado como auténticos meteoros por entre tanta beU a natural. Nuestra misión informativa nos obligó a soslayar la luz y, aun en la claridad estallante de los días isleños, nos llevó hacia la oscuridad artificialmente creada por los Hombres en tan paradisíaco escenario. Las horas de nuestra estancia en Ibiza han transcurrido prácticamente envueltas por ese medio ambiente en el que el germen de la perversión convierte muchos de los rincones de aquellos dos trozos de tierra española, casi virginales, en perfecto pudridero de juventud. La nueva invasión de l a s Pitiusas Como es sabido, tanto Ibiza como su hermana menor, la isla Formentera, han soportado a lo largo de su historia las más variadas y ocasionales invasiones. Abandonadas o casi abandonadas a su suerte por la Península, sus habitantes se vieron obligados durante siglos a convertir en improvisadas fortificaciones sus blanqueados hogares, defendiendo en ellos continuamente todo aquello que les era entrañable. Hace sólo veinte años que los isleños comenzaron a experimentar los efectos de una nueva invasión: el turismo. Veinte años en los que, despertando de su obligado letargo, tan ido descubriendo los indudables beneficios que, para su economía, representaba ese alud de gentes extrañas y dispares, ávidas de sol y de tranquilidad. Cuatro lustros en los que el ibicencoy alejándose del campo, olvidando en parte incluso su tradicional industria salinera, ha hecho prácticamente del turismo su única fuente de ingresos. De ello, a título de ejemplo, dan fe las veinte mil plazas hoteleras, a las que atienden los cincuenta mil habitantes de Ibiza. En este tiempo de indudable prosperidad, la no menos indudable herencia fenicia de las islas ha acogido, admitido y soportado, aun con indiferencia, todas y cada una de las excentricidades propias de las distintas corrientes creadas por el snobismo de posguerra. Atraídos por su luz, artistas afectos a todos los ismos conocidos vivieron por más o, menos tiempo- -muchos las viven todavía- -las cálidas jornadas ibicericas. Y tras ellos acudieron también desde el ácrata el existencialista o el poeta pensador hasta el joven y rebelde folusson noir A todos ellos se les debe en gran parte- -nadie lo ignora en las isJas- -el conocimiento que en el mundo existe de las bellísimas Pitiusas. La llegada de los hippies y su amoralidad Seis años atrás, aproximadamente, arribaron los primeros ihippies Y con ellos la suciedad, el abandono y la amoralidad más absoluta... Ya no era. lo misnío. Hasta el punto de que, ahogando esa Üiereneia fenicia a que antes nos hemos referido, tanto en Formentera como en Ibiza se han formado grupos de jóvenes y viejos isleños que tratan de contrarrestar los efectos del pacífico e impasible modus. vivendi de quienes atenían continuamente contra aquella moral que fue siempre patrimonio de la mujer y la familia isleña. No exageramos. Sobre la existencia de estos grupos de represión que actúan en la clandestinidad de la nocihe hemos tenido confirmación, si ño oficial, sí oficiosa... Existen, es cierto- -se nos ha dicho- Pero, como es lógico, aun comprendiendo las razones que les mueven, tenemos que combatirlos. Nadie puede ni debe aplicar Ja violencia por sí mismo como ley... También hemos hablado con muchos isle- CAE DESDE UN SEXTO PISO Y SIGUE VIVO Valdoviño (La Corana) 22. Gracias a mi montón de arena, José Manuel Futicoba Gardia, de dieciocho años, pudo llegar con vida basta un centro sanitario después de haber caído desde un sexto piso. José Manuel Puticoba trabajaba como albañil en un edificio en construcción. Por causas que no han sido determinadas, cayó al suelo desde el sexto piso, en el que se encontraba trabajando, pero en vez de dar en el suelo, cayó en un gran montón de arena que había a pie de obra, y si bien sufrió graves lesiones, la arena amortiguó el golpe y pudo salvar la vida. -Cifra. ños. Gentes sencillas los unos, y otros, no pocos, acaudalados comerciantes... En todos ellos hemos encontrado una misma y total repulsa hacia una situación que nada tiene que ver con el turismo ni con los beneficios que del mismo puedan derivarse. Y aunque así fuera! -se nos afirma; Tienen mucho más valor para nosotros la formación y el futuro de nuestros hijos. La situación creada por la presencia de los hippies es tal- -se nos continúa, diciendo- -que, de no. ser corregida en poco tiempo, ya estamos pensando en buscar vivienda en Valencia para alejar a nuestras familias de este ambiente. Esto es. triste y resulta indignante. Mucho más indignante si se piensa en qu no todos los ibicencos están en posición d tomar medidas tan extremas como necesarias de. seguir así las cosas. No deben ser considerados turistas En realidad, quienes se conocen, viven y se presentan como faippies no pueden ni deben ser considerados como turistas. A la hora de enfrentarse con el problema de sil no deseada permanencia, no cabe consideración alguna desde ese punto de vista. Por su forma de vivir, por su público comportamiento, desde, la más indulgente atalaya moral sólo pueden merecer una calificación: indeseables El pacifismo de que hacen gala, sa rebuscada entrega a la indolencia incluso esa su, al parecer, continua búsqueda de la verdad no deben ni pueden engañar a nadie con sentido común. Proceden de los más diversos rincones del mundo, aunque en su mayoría, y según se nos afirma, se trata de jóvenes desertores norteamericanos, hijos de familia adinerada, que huyen del Vietnam. De llevar a cabo una investigación a fondo, sólo una mínima parte de los miles de Mppies afincados en las islas podría justificar sus medios de vida... Pero todos viven- -si a eso se le puede llamar vivir- -porque se protegen económicamente entre sí. Ese espirito de evidente solidaridad sería, posiblemente, lo único de salvarse, i detrás de él no existieran los más viles intereses. Y, además de los hippies están ellos Nos referimos a unos cuantos desechos humanos, cargados de dinero y de vicios, que, desgraciadamente, han creado, bien en las blanquísimas casas de campo ibicencas o en los camarotes de lujosos yates anclados en el puerto, auténticos templos a Ero en los que noche tras noche se sacrifican las má puras e ilusionadas mentes juveniles. Ninfómanos y ninfamanas, deformados mentalet de toda especie son, en un trasfondo fácilmente sorideable, la fuente económica en 1 qiie bebe ese triste fenómeno llamado hippies que, hoy por hoy, ensucia nuestra blanquísimas Pitiusas. -Alfredo