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DE ANTIGÜEDADES sus postes de amarre de embarcaciones, boga el gondolero. El señor Genova es hombre curtido en estas lides de recibir visitantes; y como la suya es casa de categoría, lo hace con señorío y finos modales. Por añadidura, bien sé que el comerciante italiano es abierto al diálogo intrascendente que, bien llevado, puede dar rendimiento. ¿Qué desea usted? me dice el señor Genova. Desecho mi viejo truco de interesarme por un reloj de arena del Tn n fimi ntn para evadirme de la compra y poder curiosearlo todo. El cuadro y los personajes son distintos de las de la orilla izquierda del Sena. Por ello difiere mi contestación, que en el fondo se acomoda a la realidad. En vez del socorrido reloj de arena... en busca del cual tampoco seria verosímil hacer un viaje hasta Venecia, ni visitar la noble casa del señor Genova, mi subconsciente sale a mis labios y, aun convencido de que pido algo imposible, señalo aquello en que pienso y que en el fondo busco: Me gustaría- -le replico- -encontrar una estatua mitológica, de tamaño monumental, de los siglos XVU o XWH, que no sea precisamente un capo lavoro que si digna: de material noble, piedra o mármol, y sobre todo decorativa. Busco, además, un Cristo de talla de madera, más o menos de los mismos siglos; que me inspire devoción y que esté en buen estado de conservación, o sea de restauración fácil, la. estatua la destino al jardín de nuestra Embajada en París. El Cristo a la cripta de un convento, en donde están enterrados mis padres y a donde, al final de mi vida, yo iré también a parar. El señor Genova, italiano típico, es de f á c i l repentizar. Fulminantemente- -tictac- -me contesta: El Cristo está justo detrás de usted, y la diosa mitológica, desnudo el torso y con su cornucopia desbordante de frutas variadas, la vamos a ver ahora en el jardín. Sin reparar en lo que aquellas compras iban a tener como consecuencia: embalajes, seguros, transportes instalaciones, restauración del Cristo, pe desCal para la estatua... con sobrio gíta aso el trato quedó sellado. Por destinarse a un convento, a de su perfección, fue gratuita la restaura ción del Cristo en nuestra ejemplar Escuela de Restauración del Casón del Betiro. La diosa Ceres luce su gallardía 3 sus senos turgentes, tal vez gracias a si pétrea constitución, en el fondo del romántico jardín de nuestra Embajada parisiense. El Cristo, antes carcomido y descascarillado y hoy sólo sangrante, pero sai desperfectos, señorea el altar de mi futura residencia, que espero, por Su Gracia, convertida en morada de refrigerio dicha de descanso y claridad de luz; par que yo mismo lo escogí para que fue mi guia, primero, y mi compañero, después en mi último viaje: el definitivo. CASA ROJAS