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pillándose sus preciosos pantalones claros. Sólo le faltaban los botines y el monóculo. Las cuatro preciosas chicas que les acompañaban lucían atuendos diversos: dos, blue jeans viejísimos y polvorientos, jerseys de algodón desteñido, una, camisita de vichy cortísima a ingenuos cuadros blancos y rosas y chorreras de encaje en cuello y mangas; la cuarta se había disfrazado por las buenas de echadora de cartas (lo que más me gusta de la moda actual es que cada uno puede ponerse exactamente lo que le dé la gana sin llamar la atención por raro que sea) con un pañuelo de colorines atado en la frente, collares, pendientes formando inmensas anillas, los pies descalzos y una larguísima falda llena de volantes. Parecían estárselo pasando bomba todos juntos, lo que no era extraño porque lo mismo nos hubiera pasado a cualquiera, vestidos tan alegremente y en sus todavía mucho más alegres circunstancias: veinte años, libertad, vacaciones, un mundo hecho para la juventud y etcétera y etcétera: -Es un película formidable de cine de ensayo, genial la secuencia aquella del final cuando se suicida la chica... Hablaba el falso Larra todo entusiasmado. -Yo adoro las cosas aue terminan mal, las novelas donde no se casan, las obras de teatro llenas de gente pobre y desgraciada, esos films en los que la chica se suicida al final... Y la llena de plisados y volantes sonreía dulcemente. -Porque estás anticuada- -intervino el más sucio de los blue jeans masculinos- empieza a estar otra vez de moda el folletín romántico, las historias llenas de amor, el cine en color con fondo de pueblecito idílico con cura, maestra, vecinos felices y muchas ovejas... -Sí, pero entonces la chica no puede suicidarse al final... -Eso no. Se quedaron todos como tristes. Pero yo ya no les escuchaba porque se me iban los ojos detrás de una pareja de señoras, estupendas aunque ya no completamente jóvenes, que cruzaban entre las mesas con sus ñiños y sus perros, llevando vestiditos de bebé con braguitas de puntillas enseñando por debajo. Nadie las miraba. Tampoco el señor gordísimo del pantalón corto y la camisa a flores. Ni la chica vestida de cuero de la cabeza a los pies en pleno mes de agosto. A mi lado, aquellos muchachos seguían discutiendo desilvanadamente: -Pues yo prefiero que se suicide al final. -Eso va en gustos. Terminé mí Coca- Cola. iAy, que hermoso es el verano, brillante y demasiado corto, bello y esquivo, alegre y perecedero como el amor! Mañana lloverá, tendremos que volver. No hay que pensar en eso viviendo esta luminosa tarde tan inquieta, tan perfecta, tan estable que parece eterna, como la Gloria de Dios. Pero áolo es bella y dorada, corta, igual que la terrena felicidad. f, Begoña GARCÍA- DIEGO