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deben a los veraneantes, que sólo vienen dos meses como mucho, procuraría sacarles honradamente todo el dinero posible, en el bar y en la playa, en el paseo y en la piscina. Gruñimos cuando nos cobran diez pesetas por poner nuestra sombrilla sobre la arena para que no se cuezan vivos los niños bajo el sol de agosto, y suspiramos en la pastelería, en la librería y sobre todo en el restaurant típico llegado el terrible momento de pagar la cuenta. Pero luego nos reímos, estamos en vacaciones y eso ocurre únicamente una vez al año. Demasiado pronto se nos echarán encima los once tediosos meses de trabajo, en fila uno tras el otro como silenciosos monjes grises, sin sol ni risas, donde todo valdrá lo que debe valer, haremos lo que tenemos que hacer y cada mañana será igual a la siguiente y exacta a la anterior. Sin emabrgo, en este cálido y loco verano de 1969, con sus hombres paseando por la luna, el franco francés otra vez encogiendo, galas en los casinos de todas las costas, Ted Kennedy en apuros y el Cordobés toreando por las aldeas, lo más divertido, y también lo más barato, es observar a la gente. Ahora que las vacaciones están ya llegando a la mitad de su vida y nuestro bolsillo empieza a acusar el cansancio, y la flaccidez de una joven romántica cuando estaba de moda morir de anemia perniciosa, resulta económico, y sobre todo divertido, sentarse en el café al aire libre de una ciudad de verano, cerca de la playa, y ver pasar a la gente joven escuchando al mismo tiempo sus conversaciones. Así lo hice yo, ayer por la tarde, después de una larga y reparadora siesta, merecido descanso luego de una perfecta mañana sin dar golpe. Estoy en pueblo del Norte, de gente todavía bastante conservadora. Hay algunas mujeres que no llevan minifalda ni pantalones sin sentirse por ello más que un poco desplazadas. He visto hombres sin el pelo largo y también maillots de una sola pieza. Pero de todas formas es un gusto ver pasar a los jóvenes in A mí me encanta el inconformismo de sus vestimentas. Y España es una fiesta repleta de turistas de todos los colores y categorías, trotamundos, millonarios, hippies ingleses, oficinistas escandinavos, intelectuales franceses y guapas chicas esbeltas de todos tos países. Sentarse a fisgonear en la calle es bastante más entretenido que ir al cine o ver la televisión. A mi lado había una graciosa pandilla de tres melenudos sucísimos y muy necesitados de un afeitado a fondo en compañía de otro joven completamente disfrazado de señor antiguo, como los que había en el álbum de la abuelita y nos los enseñaba mamá los domingos por la tarde solamente si estaba lloviendo y además habíamos sido buenos: ¿Y este señor vestido tan raro... -Es el tío Ernesto, que salió rana y se lo quitaron de encima mandándole a Buenos Aires... ¿Era una rana? Parece un hombre con bigote. Anda, pero si lleva cadena como los perros y el abrigo se le ha quedado corto... -No seas necia, criatura, la cadena es del reloj y lo que usa es una levitaBueno, pues el chico aquel era exacto al retrato de mi niñez. A diferencia de sus amigos, daba la impresión de haberse pasado un par de horas en el cuarto de baño puliéndose el romántico bigote, dándose pomada en la bien cuidada melena y ce-