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A B C. S Á B A D O 16 DE A G O S T O DE 1989. EDICIÓN DE LA MAÑANA. PAG. 29. ¡Qué bonito es Castro... y unas notas musicales es el slogan turístico que lucen los automóviles de muchos veraneantes pegado en el cristal trasero. Y tiene razón. Bonito, animado y con personalidad. Personalidad en su parte antigua, monumental; en su zona social, variada; en su playa, de extraordinaria animación. Personalidad en un veraneo que ofrece el mar y la montaña, el sosegado paseo y el estruendo de los clubs musicales, los snack- bar sofisticados y las tascas de más rancio sabor, la cita de automóviles con matrícula de todo el mundo y el bullir de infinidad de bicicletas tripuladas por la gente menuda. Como en los pueblos de la sierra de Madrid, en Castro (nadie le llama Castro Urdíales) viven juntos, pero perfectamente diferenciados, el pueblo y la colonia de veraneantes. El pueblo que baja a la playa los domingos y que después baila en la plaza adornada con bombillas de colores, alternando los sones que atruenan desde los altavoces con la música más ye- yé y los tradicionales ritmos que la banda municipal lanza al aire desde el quiosco. Las chicas salen juntas a bailar y los mozos se pasean alrededor hasta decidir qué pareja separan. Justo en el centro de la playa se alza un hotel que polariza, por la mañana, por la tarde y hasta las primeras horas de la madrugada, ii: in parle importante de la actividad Su planta buja, a ras de la arena y defendida contra las acometidas del mar cuando se enfurruña por un fuerte muro de piedra, es a la vez vestuario para los bañistas, bar para el aperitivo, salón pop para bailar por la tarde y por la noche, punto de concentración de una juventud bulliciosa que puede encontrar aquí su amor del verano. Las casetas y los toldos de los habituales hacen difícil encontrar una sombra. Pero el dulce clima de estas latitudes no requiere, en verdad, huir del sol. Los domingos apenas se encuentra un trocito de arena donde tirar la toalla, especialmente si el mediodía coincide con pleamar. Hasta tal extremo que muchos miran en el periódico las horas de las mareas antes de ponerse en camino. La invasión de excursionistas, sobre iodo desde Bilbao, desborda la playa y se extiende sobre las rocas próximas y más allá de la desembocadura del río, donde se han instalado unos estratégicos merenderos que hasta disponen de estacionamientos. Al anochecer, la carretera brilla con fas luces de los automóviles de los que regresan a sus hogares y en el pueblo queda una sensación de alivio. Por todo el paseo marítimo, las bicicletas de los chicos complican la vida al automovilista, quien en el fondo les da la razón y añora aquellos tiempos de pedaleo y largas vacaciones escolares. En las tardes, mientras las añas (últimos ejemplares) con los moños cubiertos por la toca, los largos pendientes y las medias blancas cuidan orondas de la proís que les tienen confiada en los jardinciJios llenos de rosca y de petunias gigantes, se reúnen grandes peñas de señoras en las terrazas de las cafeterías dale f Be te dale a las agujas de trícotar. Quien quiere chiquitear y abrirse (o cerrarse) el apetito a la vista de bandejas repletas UNA NUEVA COSTA Es la Costa del Sol variopinta en su div e r sitiad. Tor r e molinos es d i f e r e nte a Fuengirola y Fuengrirela distinta que Marbella. Nerja es única. Salobreña, Almuñécar y Motril en poco se parecen. Ni siquiera el mar es el mismo. Distintas tonalidades en su azul, escasa semejanza en su fuerza. Si allí besa, aquí hiere y empuja. No digamos nada del turismo que llena, hasta hacer escasas, sus costas. Colorista y multiforme el. de Torremolinos; tranquilo y permanente el de Marbella; abigarrado y confundido el de Fuengirola; indígena y escondido el de la Costa granadina. Almuñécar, a donde llego ahora, era liaefe unos pocos años una cala marinera y una playa recortada y caliente. Como Laredo. Igual que Benidorm. Unas cuantas casitas casi se amontonaban unas sobre otras, extendidas sus fachadas encaladas al sol y él mar. Nada hacía presagiar el boom Marineros viejos me hablan de paz y de sosiego. De tranquilidad y calma. Suenan las palabras dulces y lejanas, como el eco de una caracola. Todo es distinto hoy. Desde las playas del Lance de la Virgen, Alcazaba y la Juana, en el límite con la provincia de Málaga, hasta el cabo Sacratif, cien kilómetros de costa han sido cuidadosamente vestidos de verbena veraniega. Aquí un habitat Más allá una urbanización. Pequeñas ciudades recién nacidas festoneando un litoral que a veces recuerda los acantilados gerundenses y otras SOL abre de par en par al sol sus playas finas. Un microcosmos de oro, tendido a la luz mediterránea. Después de la Torre de Guaiños, siguiendo el hilo de la costa, nace como un susto la Rábita en la margen derecha de la Rambla de Albuñol. Redes de pesca tamizando la claridad salada. Gaviotas blancas, como pañuelos que dijeran adiós. Luego, la Torre de Melicena, derruida en su mayor parte, jugando a ser vigía ante el avance de las olas. Castell de Ferro, próximo a la ensenada de Calahonda, deja que el mar le quiera y le desee. Salobreña, Almuñécar y Motril, más al fondo, disputándose el beso de las olas. Y en cualquier punto, miles de toldos, de sombrillas, de cármenes marineros, de color encendido de bañadores y toallas. Delicioso pie éste de Granada. Extraordinariamente bello én su brevedad. Maravilloso el pasear Almuñécar. Cuidado, urbanizado, con macetas de flores aquí y allá, despierto en su color y su luminosidad. Hotelitos bajos y tranquilos, barquichuelas diminutas con nombres de mujer, viejos pescadores repasando sus redes, mimo- en la brisa del atardecer. Magnífico, también, el cruzar sus noches, apenas heridas por el neón rutilante de algún snack Noches tibias, tranquilas, en que el rumor marino se mete dentro para romperse en el alma. Y amaneceres cálidos, como lo son todos en el Mediterráneo. La vega de Granada, que es de un verde esmeralda en Motril, se hace oro fino al contacto con el agua. Pepitas de sol desgranadas en la arena de la playa de Almuñécar, que tiene algo de novia dispuesta a darse al mar. -Francisco BERtGASA. mismo punto, siguen paralelas hasta desembocar en la plaza del Ayuntamiento. Una puerta si y otra no están dedicadas a estos menesteres. Los whisky- club de entrada misteriosa y nombre exótico, contrastan vivamente con las sencillas fachadas de las casas. Asomados al largo espigón, los pacientes afU donados a la pesca con caña arrojan sus sedales rodeados de mirones que hacen un alto en el paseo. Pequeños panchos, chochas y algún pinto coletean en los cubos, o en las bolsas de plástico, o agonizan simplemente sobre el suelo. Muchas veces los que más ejemplares obtienen son los que no van provistos de caña y usan sólo un corcho y un sedal. Cuestión de suerte, habilidad y paciencia. Los días de mar embravecido, él número fuerte del espectáculo consiste en contemplar desde un puentecillo de la parte antigua hasta dónde llegan las espumas que rompen contra si castillo y se elevan rugientes hasta casi alcanzar el faro- -Miguel TORRES. de pinchos, o quien busque los snack- bar de poca lux y ambiente espeso, tiene para recorrer dos calles estrechas que, partiendo de un Aprenda a DISECAR aves, mamíferos, peces y toda clase ds animales. Le enseñaremos por correspondencia en sus horas libres. Conserve sus trofeos, adorne su casa. Diviértase y gane diiwaro desecando para otros. Pida folleto informativo gratis al Instituto Jungla Sección CB- Apartado 9.183- MADHID (Autorización Ministerio Educación n. 27.