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MEDITACIÓN NAPOLEÓNICA L A exposición del Grand Palais de París sobre Napoleón me pareció grandiosa y espléndidamente colocada y resuelta, como saben hacerlo los franceses, pero sobre todo creo que es un buen tema de meditación. En la entrada, con músicas militares de la época, hay unas vitrinas con maniquíes que muestran variados uniformes de coraceros, granaderos, mariscales, etcétera, y dentro comienza el peregrinaje, desde la juventud del joven oficial Bonaparte, retratos de Madame Mere, de los hermanos, y luego la gloria, el trono, cuadros de la coronación, telas bordadas en oro, la corona de laurel de oro macizo que ciñe las sienes del emperador de los franceses. Mantos de corte, el trono de bronce, rojos y oro con las águilas, la mesa para la boda con María Luisa, con magníficos Sévres y finísimo cristal, bordados uniformes de mariscales, retratos de Napoleón en todo su apogeo de poder... Y un detalle tierno: la cuna del rey de Roma con ese lujo propio del Imperio. Pero yo voy buscando las pequeñas cosas en pequeñas vitrinas, la carta autógrafa del Primer Cónsul, la tabaquera con el retrato de Josefina, un guante, un anillo, un dibujo por él hecho a lápiz de- un plano militar, su estuche de toilette que llevaba a las campañas, los detalles íntimos y personales de aquet gran hombre. Y después de un rato en que estamos inundados de gloria y oro, empieza la decadencia. Cuadros- -como el del barco inglés camino del destierro- en que se le ve gordo y vencido, su cuarto en Santa Helena. Su pobre cama, unas modestas mesas, sólo como detalle un jarro de plata con agua para lavarse. Allí está en aquella pintura dictando sus memorias, en bata, enfermo o envejecido... A mí me atrae mucho más su famoso capote militar gris, su sencillo y clásico sombrero negro con la escarapela, su tienda de campaña, con libros, la cama plegable, la mesa con los planos, todo ello tan militar y sencillo, que los oropeles, los oros, sedas y bronces de la corte. Y- -lo más patético- la última vitrina, sólo con su dramática mascarilla de hundidos pómulos, boca entreabierta y afilada nariz, con la frente lisa, ya sin el personal mechón, y una triste expresión de hombre que ha sufrido mucho. Junto a ella, la funda de su almohada última, sobre la que murió, fina y bordada, y el crucifijo que besó. El amo del mundo, dueño del poder absoluto, emperador de los franceses, rey de Italia, amado de su pueblo, adorado por sus soldados, a la hora de la muerte está lejos de las mujeres que había amado, de sus hijos. Muere en el mayor abandono de todos. Entre extraños. Meditamos sobre lo efímero de la gloria humana, sobre la traidora política, sobre lo tornadizo de la fortuna y el poder... Sólo los fieles Bertrand y Marchand le acompañan en sus últimas horas: A veces siento el infinito en mí decía, y al final: He sido el instrumento de Dios. Me sostuvo mientras yo ejecutaba sus propósitos, luego me rompió como si fuera un vaso de vidrio. Fino y valioso vaso de vidrio que con- tuvo el poder del mundo, la gloria del mundo, y volvía a su Dios para pasar por siempre a la Inmortalidad. Aurora LEZC