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MIRADOR José María Sánchez Silva César González Ruano- un excelente trozo de prosa, del que eli- ble y anónima afición. Nadie menos jo, sin contar- -pero contando- -con el hincha que un niño que lee. Y en esa inventor, un trozó más pequeño para soledad, José María Sánchez Silva ha loustedes: Tengo seis tiijos; he plantado grado su lAnidersein y su gloria, y su muchos árboles; tengo un perro; vivo doctrina: Si no me leen, me leo nos en un monte sobre el mar, por los ve- dirá; o cambio libros por dinero para ranos, y tengo un estudio minúsculo en comprar libres Sí; algo así como la El Escorial. Desde el monte, veo Ibiza y bufanda- que se muerde la cola, la del Castellón; desde el estudio, veo los Yé- escritor que ¡ha puesto hace poco una cabenes de Toledo. Estoy un poco cansado. seta en la Feria del libro para tratar de y no muy sano También me dies que vender sus cuartillas a ver si puede pagar ha elegido otros cuentos para que acom- la luz crue necesita para escribir sus cuarpañen a Marcelino en esta nueva sa- tillas. lida, y que ha procurado que el libro tenga cierta unidad religiosa, precisamente porque no está de moda La tercera noticia nos ¡La noticia, como ven Ustedes, se re- Galopa- -o trota- -entre la- llega yalacaballo. vida fiere a la sencilla cima de un escritor te. Habla de César González- Ruano. muerAyer que, después de muchas vueltas, sigue mismo ha entrado en ese café del Paseo sintiéndose hombre de letras por encima de Recoletos, donde escribía César todas de todo, y que exhibe su vocación liada las mañanas, donde no le gustaba que le al cuello, como un abrazo o como un hablaran hasta que ya estaba escrito dogal... El hombre de la bufanda se una mujer que no era joven, una mujer llamaba el primer ¡libro suyo que encontré que no era vieja. Ha preguntado sencillaen la Cuesta de Moyano, hace ya unos mente: ¿Es aquí donde escribía César cuantos años. González- Ruano? Y a una- señal del caLa noticia es estimulante y nos trae marero, ha encontrado la respuesta exacuna razón de vida una razón de ta, en una placa de mármol: Aquí esamor de una especie de Robinson de cribía César González- Ruano. Se ha senla literatura; porque- si el escritor ejer- tado bajo la inscripción, y toa leído disce su oficio, casi siempre en solitario, traídamente unas cartas; luego, un libro; nunca como cuando se escribe para los después, las cartas otra vez. ¿Hay que niños se está, más lejos de la inalcanza- decir si era guapa o fea... Eugenio Montes asegura que de una mujer no se puede decir que es bella hasta que no ha cumplido los cuarenta años. Y Luis Calvo hablaba, hace unos días, de la enorme belleza que tenía hoy la cabeza de Picasso... No; la señora no llegaba a los y tantos del pintor, y sí había cumplido la marca estelareoedora para Montes. Dos o tres veces, ha levantado la cabeza, entre su lectura, para mirar la placa. Hacía mucho calor. El aire estaba quieto; ni un gclpecillo de viento podía alterar en el cuello, todavía erguido, los grises cabellos, casi azules, que el viento mueve, esparce y desordena en la amada de areilase; que amor sacó entre el oro de sus minas en la de Góngora... ¿Qué buscaba aquí esta mujer... Sólo César y nada, sólo César y nadie podrían haber hedhc una frase certera y desenfadada sobre el frescor de ultratumba. Sólo él podría haberse inventado quizá la realidad de que el libro que leía era suyo, y las cartas suyas también. Pero nosotros no hemos sabido nada más... La señora ha dejado su café en la taza a la que no ha acercado les labios. Ha vuelto los ojos hacia la inscripción, ya desde los escalones que llevan a la calle, con una mirada de confianza, de confirmación. iCésar, ¿será ésta la gloria de una tarde de verano? José GARCÍA NIETO