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crónica semanal dé las letras D ADOS el carácter progresivamente tecnológico de la sociedad moderna; la participación creciente en l o s bienes de la cultura de los sectores de población tradicionalmente excluidos de ella; el aumento, con carácter incontenible, de los censos de la enseñanza, tanto de la primaria como de la secundaria y universitaria; la exigencia, cada día más perentoria, de la explotación a fondo del potencial de inteligencia de cada pueblo; la agresividad competitiva en el área internacional de las influencias o colonialismo socio- económico a través de los previos sojuzgamientos ideológicos; se comprende que el libro, como exponente y conductor de esas fuerzas del espíritu, haya alcanzado una posición preeminente y sea considerado boy como un valor excepcional, por encima de cualesquiera otros. Consecuentemente pudiera decirse que el signo de nuestro tiempo es el libro y que las posibilidades de desarrollo de un individuo o de un país están en relación directa, no tanto, ni mucho menos, de sus recursos materiales como de sus recursos intelectuales. A la vista están, si no, esos países pródigamente dotados por la naturaleza y que, sin embargo, viven sometidos a la influencia de otros más pobres, por la sencilla razón de que estos últimos han alcanzado un nivel de desarrollo espiritual- -cultural- -superior. En la actualidad, cada Estado tiene que preocuparse fundamentalmente, si quiere que el país goce de verdadera autodeterminación, que no caiga en las postraciones de los países coloniales, de la promoción cultural de su pueblo. Ha de estimular prioritariamente las vocaciones de estudio, la investigación y la creación propias en todas las dimensiones del pensamiento humano: científica, técnica y artística. En estos tiempos, tos centros de energía creadora de un país son sus universidades, institutos, escuelas, laboratorios, centros de experimentación, seminarios, círculos y fundaciones culturales, teatros, bibliotecas y gabinetes de trabajo de profesores, pensadores, escritores y artistas. El hierro, el petróleo, la ganadería y la producción del campo, por ejemplo, valen en la medida que llevan incorporados valores de la inteligencia, traducibles en técnicas transformadoras, de cruce y perfeccionamiento de razas, de selección de terrenos, abonos y semillas, etcétera. En realidad, la inteligencia es el verdadero patrón monetario de todos los valores transferibles del mundo. Si esto es así y lo contrario apuntarse a la incierta quiniela de la suerte, es obvio que la producción editorial goce de ciertos privilegios financieros y fiscales en sus fases de creación, transformación y difusión. En primer lugar, no se trata de un negocio más o menos rentable para sus promotores, sino de un servicio público de rentabilidad segura, con índices insuperables, para la comunidad. En segundo lugar, sin una industria editorial- -creación, multiplicación y difusión de libros- -a nivel competitivo, no es posible aspirar al progreso y desarrollo sustanciales, puesto que el vacío que su debilidad produce en el ámbito de la cultura, o deja al país con-