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y poesía, cada día Llena de acentos hispánicos, la figura romántica de Juan Zorrilla San Martín ha sido una de las más sobresalientes en la poesía de lengua española de la otra orilla. Nacido en Montevideo, en 1855, fue orador brillante, diputado y embajador de su vals en Madrid. Gran símbolo del Uruguay, en su obra, de evidente vuelo épico, hay también reconocible un gran transfondo lírico. Tuvo mucha afinidad emocional con Gustavo Adolfo Béequer. El poema Tabaré del Que ofrecemos unos fragmentos, objeto de muchas versiones, explica expresivamente el fuerte aliento personal de Zorrilla San Martin. TABARÉ El Uruguay y el Plata yivían en salvaje primavera; la sonrisa de Dios, de que nacieron, aún palpita en las aguas y en las selvas aún viste al espinillo en amarillo tipoy; aún en la hierba engendra los vapores temblorosos, y a la calandria en el ombú despierta; aún dibuja misterios en el mhurucuya dé las riberas, anuncia el día, y, por la tarde, enciende en último beso en la primera estrella; aún alienta en el viento qae cimbrea blandamente las palmeras, que remece los juncos de la orilla, y las hebras del sauce balancea; y hasta el río dormido baja, en el rayo de la luna llena, para enhebrar diamantes en las olas, y resbalar o retorcerse en ellas. Parece flor de sangre; sonrisa de un dolor; es la primera gota de llanto que, entre sangre tanta, derramó España en nuestra virgen tierra. Pálida coiao el lirio, sola con vida entre los muertos queda. Caracé, que a su lado se detiene, con avidez felina la contempla, mientras los rudos golpes de las hachas de piedra del postrado español en la armadura y en los cráneos inmóviles resuenan Duerme, hijo mío. Mira: entre las ramas está dormido el viento; el tigre en el flotante camalote, y en el nidio los pájaros pequeños; hasta en el valle duermen los ecos. Duerme. Si al despertar no me encontraras, yo te hablaré a lo lejos; una aurora sin sol vendrá a dejarU entre los labios mi invisible beso; duerme; me llaman, concilla el sueño. Yo formaré crepúsculos azule 3 para flotar en ellos; para infundir en tu alma solitaria la tristeza más dulce de los cielos. Así tu llanto no será acerbo. Yo empaparé de aladas melodías los sauces y los ceibos, y enseñaré a los pájaros dormidos a repetir mis cánticos maternos... El niño duerme, duerme sonriendo. La madre lo estrechó; dejó en su frente una lágrima inmensa, en ella un beso, y se acostó a morir. Lloró la selva, y, al entreabrirse, sonreía el cielo. ¡Cayó la flor al río! Los temblorosos círculos concéntricos balancearon los verdes camalotes, y entre los brazos del juncal murieron. Las grietas del sepulcro engendraron un lirio amarillento. Tuvo el perfume de la flor caída, su misma extrema palidez... ¡Ha muerto! Así el himno cantaban los desmayados ecos; así lloraba el urutí en las ceibas, y se quejaba en el sauzal el viento.