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R u s i a parece un país s normal. La vida es pobre, mezquina, desesperadamente gris, pero al exterior no hay signos de la nueva represión que se ejerce de manera oculta. La vida cotidiana es tranquila, es decir, s ó l o perturbada por 1 o s codazos por obtener el par de calcetines de abrigo, la naranja milagrosame n t e descubierta, los pequeños lujos valiosísimos en un océano de penuria. Y esta normalidad externa hace la realidad interna todavía más aterradora. Los occidentales van y vienen sin sospechar nada. No hace mucho tiempo el anhelo de obtener una visión directa de las cosas me alejó de mis círculos h a b i t uales- -comp u e s t o s por jóvenes rusos que han sido mis amigos durante varios años- -para acercarme a un f a m o s o restaurante del Intourist, en Leningrado. Un grupo de norteamericanos que habían llegado en autobús degustaban su caviar, un placer olvidado para los rusos corrientes (d u r a n t e más de un año el caviar se ha vendido exclusivamente en las tiendas para extranjeros, que sólo admiten el pago en monedas duras y en los almacenes especiales para los altos funcionarios del Gobierno) Acababan de mostrarles las delicias arquitectónicas del viejo San Petersburgo y una selección de los gigantescos proyectos urbanísticos soviéticos, y hablaban con entusiasmo de su feliz descubrimiento de que Rusia es una gran nación, al fin y al cabo. Los dos afables caballeros sentados a mi mesa demostraban hasta qué punto los occidentales son capaces de no enterarse de las cosas. No eran turistas, sino hombres de negocios británicos q u e pasan varios meses al año en Rusia. Después de almorzar, nos alejamos de las mesas del restaurante (que tienen lama de estar plagadas de micrófonos ocultos) y yo intenté decirles lo que estaba sucediendo en Rusia, es decir, lo que mis amigos me habían contado y lo que yo quiero relatar a q u í Quedaron visiblemente desconcertados por mi angustia. Hemos vivido en Rusia durante algún tiempo. No conozco a nadie que hable como usted. Mire a su alrededor: la gente es completamente normal. Francamente, me parece que está usted un poco bajo de forma Nos separamos. Nada que yo pudiese decir les convencería. Su Rusia y la mía raramente coinciden. Para penetrar bajo la superficie hay que ganarse la confianza de los rusos ajenos al mundo oficial. Ni una persona entre mil, de las que han sufrido bajo la nueva cam p a ñ a pro- ortodoxia, se a un extranjero. Incluso los a n t i g u o s amigos adoptan precauciones de t i p o paranoide, antes de hablar de política. MI AMIGO VOLODYA u aaa v v oiooya no tiene empleo desde que fue despedido de su trabajo y está sostenido por su amante y sus ami os) y pasamos al interior. n la soledad de la sala de vapor, Volodya se descargó de su miedo y tristeza: -Las cosas se ponen cada vez peor y más amenazadoras. Leningrado está en vilo. do. No supe como contestarle. ¿Cómo es posible consolar a alguien por las acciones de su Gobierno? Y cuando comenzó a hablar sobre sus circunstancias- -había sido nuevamente amonestado d e s d e que le yi por última vez- me sentí angustiado. x uua la ciuaau esta remuian P OCO después de s a l i r del restaurante del Intourist, acudí a una cita con mi amigo Volodya. Debíamos habernos encontrado en una cafetería instalada en un semisótano, no lejos de la Perspectiva Nevsky. El sitio de costumbre dijo rápidamente, casi farfullando, Volodya, a n t e s de colgar. Pero no estaba en la ajetreada cafetería, llena de olor a col, y decidí marcharme; algo me decía que no me convenia ser visto remoloneando a 11 i. El empleado del guardarropa, un anciano de movimientos t a r d o s y aquejado de elefantiasis (le habíamos dado buenas propinas durante los últimos años) me cogió del brazo y susurró: ¿Espera usted a Volodya? No está aquí. Vaya a la sala de espera principal de la estación de Moscú. Recorrí a pie la Perspectiva Nevsky temblando en el húmedo f r í o La estación de Moscú estaba abarrotada, como lo están todas las estaciones del ferrocarril en todas las ciudades rusas, día y noche. En la s a l a de espera principal, entre campesi n o s vestidos con ropa de fabricación casera y cargados de bultos, vi a Volodya poniéndose su boina. Me indicó que no me acercase a él. Con la cabeza y los ojos me indujo a seguirle a distancia hasta una estación del Metro. Manteniendo una separación de 15 metros entre los dos, entramos en un vagón por los e x t r e m o s opuestos. Pasamos dos estaciones y luego salimos precip i t a d á m e n t e mientras las puertas se cerraban y subimos a otro tren que marchaba en dirección opuesta. Después, un tranvía, un taxi y o t r o tranvía, hasta llegar a un modesto barrio residencial de la ciudad construido poco después de la guerra. Por fin nos apeamos, seguros de que nadie nps seguía, en la larga y silenciosa calle y nos encaminamos hacia una casa de baños municipal. El banya es una de las delicias de las ciudades rusas. y también un l u g a r donde puede hablarse libremente en días demasiado crudos para pasear por el parque. La casa de baños elegida por Volodya es más destartalada que la mayoría de los establecimientos similares de Leningrado, pero estaba casi vacía a primera hora de la tarde. Le di unos cuantos kopecs para pagar la en- EL AVISO DEL K. G. B. V OLODYA es un joven ingeniero químico ligeramente tartamudo y entusiasmado por la guitarra, las canciones clandestinas y la poesía inédito. Solíamos pasar las veladas juntos en su pequeña habitación, pero hace casi un año que no he estado allí. Sus visitantes y sus movimientos son ahora vigilados por un vecino de su piso comunal y telefonea solo desde cabinas públicas, porque su teléfono está controlado. La vigilancia comenzó en la primavera pasada, después de haber sido convocado por el K. G. B. donde se le maltrató y se le amenazó con en- so de Alexander Ginzburg. Desde entonces no ha podido encontrar otro empleo y se expone a ser desterrado de la ciudad en concepto de parásito En cualquier caso, el oficial del K. G. B. le advirtió suave m e n t e Otro movimiento en falso y nunca volverá a ver Leningrado. Y aunque está más amargado que nunca, se esfuerza por no hacer ese movimiento en falso, por mantenerse libre de sospechas, con la esperanza de que el K. G. B. le permitirá trabajar de nuevo y quedarse en Leningrado. -No hay dos caminos. Si quieres ser fiel a tu concien- W viarle a mezclar cemento durante tres años en unas obras de construcción en Siberia. Luego le despidieron de su empleo en una gran fábrica. Su crimen había firmado una petición contra el proce- da tienes que aceptar cinco años en un campo. Yo no soy Litvinov, no me siento capa? de ser mártir. Por tanto, me humillo ante mis amos. Acepto la realidad de mi impotencia. NEOEST 4 LIJVISMO P ARA apreciar el clima de la Rusia contemporánea hay que tener diariamente encuentros c o m o éste. Las cosas están considerablemente peor que hace sólo unos meses. El país está nuevamente atenazado por una grave represión, que tiene mucho en común con el stalinismo. Desde la muerte de Stalin, los observadores occidentales han tendido constantemente a suponer que Rusia se haría automática m e n t e cada vez más liberal. Los primeros síntomas de deshielo, en la época de Jruschov, se consideraron como parte de un proceso continuo. El tiempo y la creciente mejora del nivel de vida bastarían para devolver lentamente a Rusia a la normalidad occidental. El diagnóstico, incluso entonces, pudo pecar de optimista era un análisis occi-