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Vuelta de la caza. so de la fortuna, tres grandes colecciones bía ido reuniendo. A mí me tocaron las de cosas bellas, cuyo goce supremo es la armas. Salva está la armadura real, porcontemplación: que en m i s continuos desplazamientos, una, de libros: incunables, el miniado de siempre viajó en mi compañía. Durante Horas de Francisco I, vinculado a España nuestra última guerra, las Juventudes Libertarias que pasaron a instalarse en mi desde la batalla de Pavía. Otra, de armas nobles y raras; la arma- domicilio hicieron tabla rasa de mi arsedura ds nuestro Rey Luis I, aún niño, fa- nal, en otros tiempos bélico; no sin que su posesión dejase de servir para añadir bricada en París en 1719. inculpación contra En ella, por primera vez, figuran con- una nuevacon estos pertrechos, mí: la de una juntamente los Uses borbónicos y nuestros preparar, abortada gracias al genio seria castillos y leones; todos dorados a fuego, sublevación, aquellos jóvenes bárbaros. desLo sobre un acero que sigue incorruptible. -El tructor de fusil que usó mi bisabuelo durante su lar- que más sentí de aquella furia salvaje fue ga campana, como soldado voluntario, en el destrozo del fusil de chispa de mi panuestra guerra de la Independencia (1808- triótico abuelo, que por su ejemplar ha 1813) -El puñal de Máximo Gómez- Mi- zaña fue premiado por el Rey con una sericordias florentinas, de cinceladas em- medalla personal con el muy honroso lepuñaduras renacentistas y mortales heri- ma de Modelo de Patriotismo das, por el calado de encaje de sus hojas Por desgracia, de mi padre heredé pocas triangulares. cualidades. Una sí, ciertamente: el irresisPor último; una tercera colección, que tible afán de curiosear en el mundo de él tuvo en gran estima y enriqueció con las, antigüedades y aun de comprar lo que tenacidad y paciencia: la numismática. Me- me atrae y está a mi alcance pecuniario, dallas conmemorativas. Monedas de varia- aunque no tenga cabida ostensible en mi da procedencia; las más de remota anti- casa. París es tierra abonada para satisfagüedad y noble metal. Otras, por el con- cer esta pasión, que cuando infecunda sirtrario, tan sólo de un valor histórico. Re- ve por lo menos, como dicen los franceses cuerdo que, de niño, le oí decir que había con gracia, para enjugar al ojo (rincer pagado 2.500 pesetas por un ochavo mo- l oeil sin dispendios. Cuántas tardes, reruno de cobre, cuyo valor facial era sólo duciendo a lo mínimo decoroso mi permade céntimos. nencia en cócteles mortales o recepciones Cuando murió mi padre, con buen sen- empalagosamente protocolarias, corrí a la tido artístico y práctico mi madre, con orilla izquierda del río de todos los refinuestra anuencia, en vez de dividir por ter- namientos para recrearme: primero, en el ceras partes las colecciones entre sus tres otear de águila de las vitrinas de los inhijos decidió echarlas a suerte, prescin- numerables anticuarios allí instalados y, diendo de toda valoración pericial. Cada luego, sn el huronear en los amasijos, de uno de los tres hermanos vino a tener así cosas, hacinadas al desgaire. Aunque de una colección completa de una rama de cuando en cuando caía en la tentación de lo que, con tantos desvelos, mi padre ha- adquirir, eran más aquellas en que me li- mitaba a ver, palpar y dialogar, con ostensible contrariedad de aquellos especialistas franceses, tan ricos en conocimientos como prevenidos contra el despilfarro improductivo del tiempo. Para seguir escudriñando, sin ser hoscamente tratado, se me ocurrió emplear una fórmula que me dio resultado satisfactorio. De entrada, el tendero, harto de tanto curioseo inoperante, solía preguntar: ¿qué desea usted? ¿En qué puedo servirle? En una tienda de antigüedades no se entra casi nunca a comprar un queso o una pastilla de jabón. Se va para curiosear, para descubrir, y, sobre todo, para recrearse mirando. Pero a los vendedores en general, y de modo especial a los franceses, este flirteo superficial con su mercancía no les agrada. Desean el matrimonio vincular, la compra efectiva. Yo no podía, sin embargo, comprar cada tarde; pero en cambio me gustaba ir, con la mayor frecuencia, como vulgarmente se dice, de anticuarios Mi defensa fue rudimentaria y perentoria. En cuanto sonaba la campanilla de la mampara, a la pregunta d. a ritual respondía: Desearía comprar un reloj de arena del siglo XV. El anticuario se quedaba perplejo, tratando de pasar revista ín mente a los más extraños objetos en su poder. Por fin, se daba por vencido y me franqueaba el paso diciendo incauto: Pase usted y vea por sí mismo. Claro que el reloj de arena no aparecía, pero a veces, como consecuencia del examen, compraba una chuchería, lo que servía para calmar la ambición comercial del tendero. Así visité a placer los bajos fondos de muchas tiendas de esta clase, vedadas a los que procedían de buena fe, diciendo que venían sólo a ver. CASA ROJAS