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EDITADO PRENSA SOCIEDAD M A D POR ESPAÑOLA, ANÓNIMA R I D FUNDADO EM 1806 POR DON TORCUATO CUCA DE TCNA BC REDACCIO Y N ADMINISTRACIÓN TALLERES: 61 SERRANO, L A China de Mao Tse- tung ha cometido la descortesía de ocultar a su pueblo la l l e g a d a de los norteamericanos a la Luna, y el mismo silencio ha impuesto en Corea del Norte y en Vietnam del Norte. En épocas de menos rudeza que la actúa! se decía que, como prueba de civilidad y educación, la cortesía era la gala- -el vestido- -de la moral pública. China y sus acólitos h a n presentado, pues, sus desnudeces. Esto, en cuanto al exterior. Respecto a sus sojuzgados subditos es un acto más de violencia privarles de conocer un hecho sensacional, inscrito con signos eternos, que sólo se borrarán si la Humanidad desaparece de la Tierra. Por la magnitud de la proeza, la mordaza colocada por Mao es ejemplo máximo de esos sistemas que emplean la fuerza para impedir a sus respectivos países el conocimiento de escritos o actitudes que alcanzan importancia en determinadas circunstancias históricas. Pero ¿c ó m o exigir flexibilidad o cortesía a quien, como el dictador de Pekín, atrepella la conciencia individual e impone sus propios pensamientos? La cortesía, hoy tan olvidada y no sólo por el comunismo, es una mezcla de amable generosidad y finura, muy superior a la simple corrección y a la convivencia. Este elevado tono de las relaciones sociales alcanzó en China fórmulas tan exquisitas como la de aquel director de periódico que devolvió un artículo porque- -dijo- es tan maravilloso que si lo aceptara, ¿qué podría publicar ya en el futuro? Ahora que gentes que ocupan posiciones importantes rompen las cartas sin contestarlas, ese ejemplo de cortesía china llega a parecer emocionante. Pero no hay que ir a país tan lejano ni recurrir a tan viejas historias. El insigne doctor Marañón no se limitaba a contestar su correspondencia: escribía espontáneas misivas para felicitar a los autores de cualquier trabajo- -literario, artístico o científico- -que merecía su atención. La cortesía hace olvidar las más constantes pasiones del hombre: soberbia, envidia y vanidad. Supone un homenaje rendido a la virtud, ai rango o a la amistad, una prueba de nobleza de corazón. En los tiempos caballerescos se decía que no la practicaban quienes hacían almoneda de su honor y así recibían el castigo más oprobioso. Contrasta la conducta de Mao con lo que fueron costumbres de su pueblo. El refinamiento chino hacía que los mandarines, para pulir las yemas de sus dedos, manejaran pequeños jades dentro d e l agua, con lo que adquirían mayor sensibilidad en el tacto de la seda. La sociedad se regía por el Código de los Ritos, ceremonial tan sumamente complicado y difícil que el que lograba dominar las múltiples reglas de la etiqueta se hallaba DESCORTESÍA CHINA capacitado para los más altos cargos del Gobierno. Esto, que parece un anacronismo, es sólo un precedente de la enrevesada especialización de la etiqueta a que tienen que someterse los negociados de protocolo en nuestros días. No se olvide que por el puesto asignado en una mesa se han producido, no pocas veces, incidentes diplomáticos y sociales. En tiempos del imperio, los personajes chinos salían a la calle sentados en un palanquín que transportaban los servidores, y con un amplio cortejo de domésticos, signos exteriores de su importancia. Los allegados al emperador tenían que ir seguidos, como mínimo, por un centenar de acompañantes. Esta antigua estampa oriental demuestra que han cambiado las formas, no las costumbres, y que el Occidente no es menos cultivador de la magnificencia. En las altas ceremonias- -por ejemplo, la presentación de sus cartas credenciales por los embajadores- las carrozas con caballos y palafreneros llevan también numerosos servidores de gran uniforme. En otros actos a que asisten las más elevadas representaciones del Estado, aumenta la solemnidad la presencia de los dignatarios del Gobierno, del Ejército y, en los países confesionales, de la Iglesia. El automóvil transforma, pero no suprime los alardes de la suntuosidad. Gran número de lujosos coches siguen al de la suprema magistratura, que llega rodeado por su brillante y multicolor escolta. En aquella China, aún tan reciente- -la dinastía manchú reinó hasta bien entrado este siglo- había gentes opulentas que se arruinaban por cumplir los mandatos que a su posición social imponía la cortesía. Agasajaban a sus amigos con banquetes que se prolongaban toda la noche y en los que se servían los platos más raros, costosos y exquisitos. ¿Ocurría eso sólo en China? ¿No extremaba MADRID, 26 S 78O2- BARCELONA. 230 S 838 VALENCIA. 2728 Fábrica. Santiago de Composteta. Orloff las más dispendiosas delicadezas con Catalina la Gran- de? ¿No f u e a s í también la vida del pródigo y generoso duque de Osuna? Oí contar a un diplomático alemán que, en los tiempos en que Viena era la brillante capital del refinamiento y de la cortesía, en las salas de fiesta era costumbre obsequiar a las damas con flores, bombones, perfumes, muñecas y otros objetos que muy gentiles vendedoras of re- y cían por las mesas. Eso- -exclamó uno de los presentes- -tenía que resultar muy caro. Sí- -contestó el diplomático con visible nostalgia- pero al salir del local, vendedoras y camareros se colocaban en dos filas y hacían cada uno su reverencia. Dice un personaje de Benavente: ¿Quién renuncia a parecer un dios por satisfacer un deseo de hombre En la Conquista de Méjico cuenta Sons que Hernán Cortés recibió al cacique con agasajo y cortesía Y Cervantes escribe: En llegando el mancebo a ellos les saludó con voz desentonada y bronca, pero con mucha cortesía. Con mucha cortesía, cuatro buques y 560 hombres llegó el comodoro Perry a las costas del Japón el 8 de julio de 1853. Entró en el puerto de Uruga violando todos los derechos tradicionales, portador de una carta en la que el presidente Fillmore solicitaba del emperador la firma de un tratado comercial. La carta iba encerrada en una valiosa caja de oro y prometía también favorecer la emigración japonesa a los Estados Uni- dos, donde los emigrantes chinos obtenían ya cuantiosas ganancias. Tanta cortesía, sumada a la repetición de la visita por el mismo comandante Perry, esta vez con diez barcos de guerra y dos mil hombres, además del amenazador aspecto de los cañones, convencieron a las autoridades niponas de la inutilidad de cualquier resistencia, y el Imperio del Sol Naciente quedó abierto a la civilización occidental. Se rectificaba así una política secular que culminó en 1636 con un edicto imperial prohibiendo a los barcos japoneses abandonar las costas nacionales y condenando a muerte a los subditos que salieran de su patria. Portugal envió a cuatro embajadores con cincuenta y siete acompañantes para entablar relaciones comerciales. Todos fueron decapitados, menos trece, a los que se entregó un mensaje que decía: No penséis más en nosotros; considerad que hemos dejado de existir en el mundo. Algo parecido han hecho ahora los chinos, decapitándose para no enterarse de que en la Luna los norteamericanos han dejado la huella de sus pies. Por faltar a las reglas de la cortesía les ha ocurrido, como en los tiempos caballerescos, que han recibido el mayor oprobio: la ignorancia. Vicente GALLEGO