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NUESTRAS CRITICAS Editorial Lumen- Alianza Editorial. O VISUAL. -Reúne este volumen, y los pone a nivel popular, dos relatos de Miguel Delibes, el que titula él libro y el que se rotula La perdiz roja publicados con muy bellas fotografías respectivamente de Rafael Masáis y Oriol Maspons. Quiere decir esto que los precedentes editores entendieron habérselas von dos narraciones en las que lo visual, lo plástico, tiene una fuerza decisoria. Digamos, para empezar, que la fuerza de evocación del narrador, la enérgica precisión de su vocabulario, no exige perentoriamente el complemento del grabado. Pero deberemos añadir que, una vez más, el paisaje elegido, en la paramera castellana, no permite lujo alguno de paladeos sensorittles. Véase: Todo eso es de la parte de poniente, camine de Pozal de la Culebra. De la parte del naciente, una vez que se sube por las trochas al Cerro Fortuna, se encuentra uno en el páramo. El páramo es una inmensidad desolada, y el día que en el cielo hay nubes, la tierra parece el cielo y el cielo la tierra, tan desamueblado e inhóspito es. Cuando yo era chaval, el páramo no tenia principio ni fin, ni había hitos en él, ni jalones de referencia. Era una cosa tan ardua y abierta que sólo de mirarle se fatigaban los ojos. (Pág. 28. VIEJAS HISTORIAS M CASTILLA LA VIEJA De Miguel DELIBES Por Guillermo DIAZ- PLAJA De la Real Academia Española L ironía labriega despliega todo su misterioso saber, halla en el narrador la pluma intencionada y caricatural. (Algunos de los relatos como La Sisinia, mártir de la pureza o Los nublados de Virgen a Virgen son sencillamente antológicos. El novelista sangra por la herida de la miseria del páramo: Castilla no da un chusco para cada castellano dice uno de los personajes. Pero, lo que es más grave, esta precariedad traería consigo una elementalidad- -ya he aludido a ello- -en el espíritu. Cuando el Isidoro, antes de decidirse a emigrar, intenta unos estudios, le dice el profesor de Aritmética: siéntate, llevas el pueblo escrito en la cara (pág. 12) El cuadro se complementa con la visión de otros aspectos de miseria, envidia y superstición, en contraste con la ciudad personificada por la presencia rauda de los cazadores que, en sus jeeps devastan los cotos y se van dejando atrás la atroz monotonía del vivir labriego. LO VENATORIO. -El tema aparece especialmente en el segundo de los textos aquí recogidos, La perdiz roja Vuelve Delibes a su bien conocida pasión venatoria, que nos ha procurado a todos el saboreo de libros como el Diario de un cazador (1955) El Juan Gualberto- taimado y sentencioso cauto y cogitabundo -dialoga con el escritor en torno a los mil y un secretos del placer venatorio. Y al escritor se le ocurre contrastar esta doble experiencia con eí pensamiento de Ortega sobre la casa, desarrollado en el sabroso preámbulo que escribió para el libro del Conde de Yebes. Desde la ladera de su personal entendimiento, Delibes acepta la tesis orteguiana de que el cazador lo es por el gusto durante unas horas o unos días de ser paleolítico pero añade que el ejercicio venatorio es una gozosa fatiga a la busca de la meza, extraña o difícil, ante la cual no siente, como cree Ortega, un fondo inquieto de conciencia ante la muerte que va a dar al encantador animal sino el goce de rematar un esfuerzo con el placer de la pieza cobrada. De la meditación de Delibes surge la confirmación de nuestra vieja sospecha de que Ortega era bastante más filósofo que cazador. EL IDIOMA. -El campo, las animalías, lo elemental, tienen extraños y difíciles nombres. Delibes se los sabe todos. Leerle fs una fiesta. Verbos recónditos salen constantemente de su pluma. El vuelo de las perdices, el correteo de las libres, el escurrirse de cada bestia montes tienen modos específicos que sólo una inmersión y tna atención constante en el habla campesina permiten conocer. El tema tiene su nesgo, pues no evita al escritor que en I monólogo memorial de el Isidoro se ieslice alguna expresión de la lengua cultivada. En cambio, la operación no falla uando se pone en boca de las gentes que permanecen aferradas a la tierra elemen al, que guarda una secular sabiduría de rugosas y sabrosas palabras. LO CAMPESINO. -Va resultando tópica la declaración de que, en un fondo de tal monocromía, lo que interesa no es el goce de las cosas, sino el conocimiento de los seres que sobre ellas se asientan. Delibes lo sabe bien, y puebla su relato de criaturas auténticas, de carne y hueso. El Isidoro protagonista de estas páginas, evoca la aldea de su infancia, desde la lejanía de su condición emigrante. Son, pues, recuerdos personales referidos a tipos del lugar: Antaño el Corsario, la tía Bibiana, los hermanos Hernando, la Sisinia, Don Justo del Espíritu Santo, lá Rosa Mari, caracterizados en luz y sombra, con enérgicos trazos al carbón. Son, como puede imaginarse, criaturas pintorescas y elementales. Lógicamente, no permiten al escritor análisis psicológicos importantes, finura de diseño. Son personajes que como los muñecos de cartón, o como los modetos de Solana, pueden pintarse con trazo grueso y colores primarios. ¿Cómo no advierten esto nuestros novelistas empecinados en el relato rural? Cierto que el contorno natural, en cambio, se presta a una vasta explanación de saberes, arcanos para las pobres criaturas de asfalto que somos nosotros. ¡Qué maravilla de conocimientos agrarios, zoológicos, campesinos y venatorios! Miguel Delibes nos colma todas tes medidas. En cuanto al relato en sí se cifra en pequeñas historietas en las que ia Miguel Delibes 47 123 EL METAL DE LOS MUERTOS Por Concha Espina 75 ptas. Editorial Magisterio Español, S. A. CaUe Quevedo, 1, 3 y 5- Madrid- 14 NOVELAS u CUENTOS