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UNA DE LAS TREINTA MONEDAS E NTRE los amargos pasajes evangélicos figuran los relativos a la entrega de Cristo por Judas, -a aquella venta cuyo precio exacto de treinta monedas, treinta siclos de plata, lo anota San Mateo. El horror que siempre inspirara este dinero maldito no fue obstáculo para darte calidad de reliquia, al igual que a todos los objetos relacionados con el Redentor, aunque el caso no resultase demasiado claro y se prestara a interpretaciones, según se desprende de un documento conservado en los protocolos trujillanos. El 25 de agosto de 1701, en la histórica ciudad extremeña de Trujlllo, ante el escribano Gabriel Becerra, otorgó un largo testamento Ana Rodríguez, que se encontraba gravemente enferma y era viuda del boticario Pedro Barbero Coronado. Entre las joyas de la testadora se reseña literalmente esta: Una moneda con una efigie por un lado y por otro una rosa, que se dice es de los treinta dineros que dieron por la venta de Nuestro Señor y Redentor Jesucristo, la cual dicha moneda está metida en un librito de oro con sus puertecitas esmaltadas. Prescindiendo de los problemas de la Improbable autenticidad y de la procedencia ignorada, lo único que aquí interesa es el detalle curioso de la existencia de la moneda en Trujillo y de los escrúpulos que suscitó, reflejados en las páginas del aludido testamento. Ana Rodríguez lega la descrita joya al monasterio trujillano de San Francisco, con la obligación de celebrar perpetuamente una misa cantada el Lunes Santo, por su alma y la de su esposo. Caso de no aceptar los franciscanos, dispone que se entre- gue a los Jerónimos del monasterio de Guadalupe; si tampoco aceptan, al convento que quiera la reliquia y, en último extremo, al de recoletos de Villaviciosa, cercano al pueblo de Deleitosa, sin carga ya de misas. Los problemas van surgiendo, indudablemente, mientras se redacta el testamento, ante el temor de que ninguna comunidad de frailes acepte una moneda de aquel dinero que la Sagrada Escritura llama precio de la iniquidad menos aún como pago de misas. Tantas debieron ser las dudas planteadas que, al final, en las mismas páginas testamentarias, se anula la donación a conventos y se incorpora la moneda al mayorazgo que en aquel acto funda la testadora, con orden expresa de que la conserve siempre el poseedor, sin poderla vender jamás. Ni antes se supo, ni después se ha vuelto a saber nada de tal joya. Cómo simple curiosidad vale la pena quede constancia de que en una ciudad histórica y artística de España, en Trujillo, hubo una moneda que se dijo ser una de las treinta por ¡as que Judas vendió a Cristo. El conde de CANILLEROS